61 #3
La casera no se había tragado lo de la hija, pero le daba igual; dijo que parecían buena gente.
Apenas recordaba nada más, salvo que el apartamento había quedado limpio y que había una generosa propina para la asistenta sobre la cómoda: un billete de veinte euros.
Elaine seguía inquieta y molesta por lo que Lexy había dicho: que Giorgio Cattoretti estaba «enamorado» de ella.
Resultaba espeluznante saber que había hecho bocetos de su rostro en su cuaderno personal.
Esperaba que Lexy simplemente hubiera confundido la obsesión que un criminal puede desarrollar hacia la policía que lo persigue —una obsesión bastante común— con amor o enamoramiento romántico.
Elaine observó a Lexy terminar el agua mineral —se bebió la botella entera.
La ropa de la chica parecía aún más sucia ahora, en contraste con el elegante sofá de la habitación del hotel en el que estaba sentada, y Elaine percibía su olor corporal.
Por lo visto, Lexy llevaba viviendo en la calle desde el viernes por la noche, desde el robo.
Una «babushka» se había compadecido de ella y la había dejado entrar en un apartamento cerca de donde se había hundido la lancha, donde había secado la ropa en un radiador.
Lexy le dijo a la anciana que se había resbalado en el hielo y había caído al río.
A Elaine le sorprendía que Lexy no hubiera sufrido hipotermia, pero tenía la impresión de que la chica estaba en perfecta forma física y, bajo su suave apariencia femenina, era dura de pelar.
Cualquiera que hubiera sobrevivido un par de años viviendo con alguien como Giorgio Cattoretti tenía que serlo.
Cuando la ropa de Lexy se había secado lo suficiente para ponérsela, había dejado el apartamento de la anciana, temiendo que la relacionaran con el robo, y se había dedicado a vagar por el centro de San Petersburgo, durmiendo en las estaciones de tren y comiendo en restaurantes de comida rápida.
Llevaba un poco de dinero guardado en el sujetador cuando cayó al canal.
El día anterior había decidido ir a la policía y entregarse, pero no la escucharon; pensaron que estaba loca.
Cuando esa mañana temprano vio aparecer los carteles de recompensa, se apresuró hacia el museo... y allí fue donde vio a Elaine.
Elaine se recostó en el sofá y observó a Lexy durante un largo momento, evaluándola.
Era un bicho raro, de eso no cabía duda.
Tenía algo de tímida —no miraba a Elaine a los ojos.
Eso la hacía parecer huidiza, hasta que Elaine comprendió que se trataba simplemente de timidez e inseguridad.
Lexy era bastante introvertida, pensó Elaine, y parecía haber pasado mucho tiempo aislada.
La memoria fotográfica no hacía sino acentuar su rareza.
—Quiero hacerte una última pregunta —dijo Elaine—. ¿Te suena el nombre de Viktoria Kaspárova?
Lexy se lo pensó y luego negó con la cabeza.
—¿Debería?
Elaine no respondió.
—Bueno —dijo Lexy—, hay algo que acabo de recordar... Podría ser importante.
—¿El qué?
—Estaba hablando con alguien por teléfono y mencionó una dacha. Hablaba en ruso, así que no pude entender nada más, solo esa palabra: dacha.
Elaine y Dmitry intercambiaron una mirada.
—¿Cuándo fue eso?
Lexy hizo memoria.
—El día antes del robo.
Elaine se animó de repente.
—Tenemos que encontrar esa maldita dacha, Dmitry.
—¿Qué dacha? —preguntó Lexy.
Elaine no respondió. Se quedó mirándola fijamente, pensativa. De una cosa estaba segura: si Lexy no mentía y Cattoretti sabía que seguía viva, la mataría.
Elaine se dirigió a Dmitry:
—Necesito que hagas lo que tenías previsto hoy, pero tendrás que llevarte a Lexy.
Dmitry pareció sorprendido y Lexy, asustada.
—Puedo quedarme aquí —dijo ella rápidamente.
—No puedes, es demasiado peligroso. Tengo que volver al museo, y estarás más segura fuera con Dmitry que aquí sola en la habitación. Mientras vayas bien disfrazada, no pasará nada. Lleva puesto ese gorro de lana en todo momento, con el pelo recogido debajo. Y no te quites las gafas de lectura.
Lexy asintió a regañadientes. Cogió el gorro y entró en el baño para ponérselo.
Elaine sacó su Sig, comprobó que el cargador estuviera lleno y le tendió el arma a Dmitry ofreciéndole la empuñadura.
Dmitry abrió los ojos de par en par al ver el arma.
—¿Qué?
—La necesitarás para protegerla.
—¿Yo? —exclamó Dmitry con voz chillona.
—Sí, tú. Eres la única persona en quien confío.
Él se quedó mirando el arma.
—Venga, cógela.
Lentamente, cogió la pistola de su mano.
—¿Sabes usarla? —preguntó ella.
—Mi padre tenía un rifle de caza.
—Entonces seguramente disparas mejor que yo.
Su torpe intento de aligerar el ambiente cayó en saco roto: Dmitry parecía aún más nervioso cuando ella le mostró cómo quitar y poner el seguro.
Elaine se colgó el bolso al hombro y echó un vistazo a la puerta del baño. Luego le dijo a Dmitry en voz baja:
—Esa chica no debe perderse de tu vista hoy por ningún motivo, ¿entendido?
Él asintió.
—Lo digo en serio, Dmitry. No puedes dejarla llamar a nadie desde tu teléfono ni desde ningún otro. Me da igual la excusa que ponga, tienes que tenerla pegada a ti en todo momento. Si quiere dar a luz a otro bebé, que lo haga en el todoterreno.
Dmitry se rio entre dientes. —Entiendo, Janyet.