Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 61
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Cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, a Elaine le costó tanto despertarse que pidió dos cafés expreso dobles al servicio de habitaciones y se los bebió uno tras otro.

Acordó con Dmitry desayunar juntos en la habitación de él, ya que quería pasar lo más desapercibida posible en el hotel. Cuanto menos los viera el personal, mejor.

Mientras comían huevos benedictinos y blinis rusos con mermelada, Dmitry fue a encender las noticias de la televisión, pero Elaine simplemente dijo:

—No lo hagas.

Le explicó que los medios rusos estaban difundiendo demasiada desinformación y que prefería obtener información fiable de la policía. Pero sí accedió a ver el tiempo, que aparecía en el canal de circuito cerrado del hotel. Nieve, nieve y más nieve, con temperaturas bajo cero sin tregua.

A las 8:30, salieron del garaje del hotel en el todoterreno y se dirigieron por las calles llenas de aguanieve hacia el museo.

La misión de Dmitry esa mañana era conseguir la dirección de la dacha de Viktoria Kaspárova, costara lo que costara.

Él le había dicho que probablemente habría largas colas en el Ministerio de Desarrollo Económico y que podría llevar todo el día obtener copias de las escrituras de cualquier propiedad que tuviera Viktoria.

Elaine sabía lo suficiente sobre Rusia como para saber que el dinero aceleraría el proceso, ya fuera en forma de «tarifa de agilización», «servicio VIP» o algún otro soborno apenas disimulado, si no uno descarado.

Le dio varios cientos de dólares, una mezcla de dinero estadounidense, euros y rublos.

Dmitry la dejó en el mismo lugar que el día anterior.

—Necesitamos la dirección de esa dacha, es extremadamente importante.

—Entendido, Janyet.

—Buena suerte.

—Igualmente. ¡Rómpete un pie!

Elaine se rio entre dientes.

—Se dice «rómpete una pierna».

—¡Chort! Pie, pierna, brazo, mano... ¡tenéis demasiadas palabras en inglés!

Cuando Elaine se acercó al museo, aminoró el paso y luego se detuvo en seco. Hoy el lugar estaba sumido en otro caos. Había una multitud que se extendía por la acera desde la entrada del museo hasta el final de la manzana, serpenteaba por otra esquina y continuaba por parte de la avenida Nevsky.

Cientos de almas tiritando hacían cola, apiñadas contra el frío. Personas de todas las edades: hombres, mujeres, ancianos, adolescentes... Algunos iban vestidos con harapos y parecían indigentes.

«¿Qué demonios está pasando ahora?», pensó Elaine mientras caminaba por la acera, por un estrecho pasillo junto al bordillo que la policía mantenía despejado.

Al acercarse a la entrada, llegó a una barricada.

Mostró su placa del FBI a uno de los policías de la calle, uno al que había conocido el día anterior.

—¿A qué viene toda esta multitud?

—¿No se ha enterado de la recompensa?

—No...

El agente señaló un gran cartel colorido pegado a un costado del edificio, con una imagen de La bebedora de absenta.

—El gobierno ofrece cuarenta millones de rublos por cualquier información que conduzca a la recuperación de las pinturas robadas.

—Oh, Dios —gimió Elaine, volviendo la vista hacia la multitud.

—Además —dijo en voz baja, con nieve pegada a la nariz—, hemos recibido otra nota de rescate hace un momento.

«Qué rápido», pensó Elaine, molesta. Había confiado en que Cattoretti aguardara unos días. Pero era listo: probablemente estaba aprovechando que el mal tiempo persistía, lo que dificultaría atraparlo durante las entregas del rescate.

Ahora tenía aún menos tiempo del que había pensado para encontrarlo.

Volvió a mirar el cartel. Cuarenta millones de rublos. Parecía una suma astronómica, pero echando cuentas, era solo un millón de dólares aproximadamente. Aun así, en Rusia, bien podría haber sido mil millones. Algunas personas de la multitud empujaban y trataban de adelantarse.

—¡Sé dónde están las pinturas! —gritó una mujer en ruso, con la esperanza de llamar la atención de alguno de los policías que intentaban mantener el orden.

Elaine continuó por la acera helada hacia la entrada del museo, pisando la sal gorda que habían esparcido por todas partes.

Al menos la barricada reducía el número de reporteros que pululaban por allí: ya no había sitio para ellos.

Las furgonetas de televisión habían sido desplazadas calle abajo, en dirección al Jardín de Verano.

Justo cuando bordeaba el extremo de la multitud que se agolpaba ante la entrada del museo, le pareció oír a alguien gritar «¡Elaine!».

Supuso que lo había imaginado, entre la cacofonía de charlas y gritos. «Será el estrés», pensó.

—¡Elaine!

Ahí estaba otra vez. Una voz femenina que se abría paso entre el alboroto.

Elaine se tensó en el escalón inferior, pero no se volvió. ¿Quién demonios podía haberla reconocido en San Petersburgo, Rusia?

—¿Elaine Brogan? —gritó la voz femenina por encima del estruendo.

Ahora era una pregunta, y el tono denotaba desesperación.

Elaine se volvió despacio, como si simplemente hiciera una pausa para echar un vistazo a la multitud...

Había una mujer joven con una melena alborotada de rizos que agitaba los brazos frenéticamente, tratando de llamar su atención. Llevaba la ropa sucia: parecía una indigente.

El policía con el que Elaine acababa de hablar se acercó a la chica y le gritó, empujándola con firmeza hacia atrás: había empezado a trepar por el cordón.

—¡Elaine! —volvió a gritar.

Aquello era malo. Muy malo. Elaine miró a su alrededor para ver si alguien se había fijado, pero había tanta conmoción que la voz de la chica era solo una entre cientos.

Se acercó tranquilamente al policía y dijo en voz baja:

—Déjeme hablar con esa joven del pelo negro rizado —y señaló para indicar a quién se refería—. La esperaré junto a las furgonetas de televisión.

Elaine se dio la vuelta y se alejó, desapareciendo tras una barricada.

Unos segundos después apareció el policía con la chica, agarrándola firmemente del brazo. El agente la soltó y la dejó a solas con Elaine.

La joven no tendría más de veinte años y era bastante guapa, a pesar del abrigo mugriento y las botas desgastadas. Tenía unos grandes ojos marrones, cejas oscuras y un rostro esculpido y llamativo: podría ser de origen italiano del sur, o quizá griego.

Parecía alterada y asustada, y se quedó allí plantada, mirando boquiabierta a Elaine.

—¿Por qué sigues gritándome?

—¿Usted es Elaine Brogan, verdad? —preguntó con voz temblorosa—. ¡Reconocí su cara!

Elaine miró a su alrededor, pero estaban relativamente a solas; algunos policías y guardias del museo iban y venían, pero nadie les prestaba atención.

—¿Qué te hace pensar que soy esa tal Elaine-lo-que-sea?

—Vi su foto. ¡Sé quién robó los cuadros!

Elaine frunció el ceño. ¿Algún idiota del equipo de Amperov había publicado su foto en algún sitio? —¿Dónde viste exactamente mi foto?

—¡Sé quién robó los cuadros! —insistió la chica.

¿Qué demonios le pasaba a esta rara?, pensó Elaine. —Vale, ¿quién robó los cuadros?

—Xavier Dente.

Elaine suspiró. —Mira, esto es muy serio, jovencita. Necesito saber dónde viste esa foto mía y por qué crees que me llamo Ela...

—¡Giorgio Cattoretti! Ese es su verdadero nombre. ¡Giorgio Cattoretti!

Elaine se estremeció al oír el nombre en voz alta. Agarró a la chica del brazo y miró a su alrededor, pero nadie se había dado cuenta. —No vuelvas a decir ese nombre, ¿me entiendes?

Ahora la chica parecía aún más asustada. Asintió rápidamente.

Elaine sacó su teléfono desechable y llamó a Dmitry. —Ha habido un cambio de planes. Vuelve con el coche al museo; quedamos en el mismo café de ayer. ¡Date prisa!

Unos minutos después, Elaine escoltaba a la joven por la avenida Nevsky y luego por la calle lateral donde estaba el café.

Fingía ir de la mano con ella en señal de amistad, como a veces hacían las rusas entre amigas, pero su agarre era firme; no iba a dejar que esa joven se le escapara, fuera quien fuese.

Elaine aún no sabía nada de ella, solo que se llamaba Lexy y que afirmaba ser de la isla de Chipre.

Cuando cruzaron al otro lado de la calle y habían recorrido media manzana, sonó un claxon detrás de ellas. El todoterreno se detuvo junto a la acera, delante de ellas.

—A partir de ahora me llamas solo Janet, ¿entendido? —dijo Elaine antes de subir al coche—. Nada de Elaine.

—Vale.

Sin soltarla, Elaine abrió la puerta del coche y las dos se subieron al asiento de atrás.

—Da unas vueltas —le dijo a Dmitry, mientras este observaba a la chica con curiosidad por el retrovisor.

En cuanto arrancó y Elaine se aseguró de que nadie las seguía, se volvió hacia la chica. —Ahora quiero que me expliques exactamente cómo conoces el nombre de Giorgio Cattoretti.

Cuando la chica terminó de contar su historia, habían llegado al otro extremo de la avenida Nevsky. Se llamaba Lexy. Los últimos minutos los había pasado sollozando.

—¡Me robó a mi bebé! —gimió por tercera vez.

Como ella misma era madre reciente, Elaine sintió empatía y un fuerte impulso de consolar a la chica, pero se contuvo y se limitó a ofrecerle un pañuelo.

Dejó que Lexy se calmara un par de minutos.

Era una historia descabellada... pero muchas piezas encajaban.

Lexy afirmaba que Giorgio Cattoretti había estado viviendo en Chipre haciéndose pasar por un español llamado Xavier Dente, que la había contratado como ama de llaves y después la había violado y dejado embarazada.

Que le había arrebatado al bebé y la había chantajeado para que lo ayudara con el robo, prometiéndole que le devolvería al niño cuando todo terminara.

Elaine había estado tomando notas y las repasó. El siguiente paso era verificar la historia. —¿Dices que te dejó ahogándote en la lancha después de cometer el robo?

—¡Sí! ¡Saltó de la lancha, subió corriendo las escaleras del malecón y me dejó allí tirada, con la lancha hundiéndose! ¡Quería que me ahogara! —señaló su pasaporte, que ya le había enseñado a Elaine—. Por eso mi pasaporte está húmedo.

—¿No podías haber saltado por la borda y nadado hasta el malecón? No estabas atada ni inmovilizada de ninguna forma, ¿verdad?

—No, pero tenía la pierna atascada en el casco —dijo Lexy, sorbiéndose la nariz—.

Él abrió un agujero en el fondo con un hacha.