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Normalmente no tenían calefacción, salvo un pequeño calentador eléctrico, por lo que los propietarios solo se quedaban allí durante la primavera tardía, el verano y principios del otoño, hasta el final de la temporada de recolección de setas, en octubre.
Recoger setas en otoño era una costumbre rusa profundamente arraigada.
—¿Hay alguna manera de conseguir la dirección exacta o la ubicación de la dacha? —preguntó Elaine.
—Ya estoy pensando en este problema. Es posible obtener información de la oficina del gobierno, el Ministerio de Desarrollo Económico. Toda propiedad debe estar registrada allí. Pero la oficina está cerrada ahora, creo. Debo esperar hasta mañana por la mañana.
Dmitry hizo una pausa.
—¿Qué debo hacer ahora?
Estaba en el todoterreno a unas manzanas del apartamento de Viktoria.
—Espera un segundo.
Elaine miró hacia Amperov, al otro lado de la sala.
Un par de minutos antes, Viktoria había entrado en la sala de casos.
Ahora estaba hablando con Amperov, pero Elaine no tenía ni idea de qué trataba la conversación.
Esperaba que la mujer aún no supiera que alguien que se había hecho pasar por su hermano había estado husmeando en su edificio.
Cuando Viktoria se enterara, probablemente asumiría que Amperov la estaba investigando, y no le haría ninguna gracia.
Pero no parecía molesta en ese momento, solo exhausta.
Hablaba con aire despreocupado, quizás sobre el pago del rescate o la restauración del Picasso acuchillado.
Poco después salió del despacho de Amperov y abandonó la sala sin siquiera mirar hacia Elaine.
Elaine miró el reloj. Eran las 5:05. El avión con el dinero del rescate despegaría en menos de una hora.
—¿Sigues ahí? —preguntó Elaine al teléfono.
—Da —respondió Dmitry.
—Vuelve al museo, puede que te necesite aquí.
Aparca lo más cerca posible de la entrada principal.
Con las placas diplomáticas, nadie te dará problemas.
Si los policías o los guardias de seguridad del museo preguntan qué haces, diles que es un asunto confidencial y oficial del Consulado de EE. UU. Eso los ahuyentará.
En Rusia, nadie quería meterse con nadie del Consulado o la Embajada estadounidense.
—Horosho —dijo Dmitry.
Unos minutos más tarde, Elaine subió y se unió al resto del equipo de Amperov en la Sala Rembrandt.
Habían elegido aquel espacio como centro de mando para la entrega del rescate por su ubicación en el piso superior del museo: permitiría una recepción y transmisión clara de las señales de radio necesarias para comunicarse con el avión de entrega y con el ladrón.
Cuando Elaine entró en la sala, los técnicos de la policía tenían una ventana abierta y estaban pasando cables hasta varias antenas montadas en el tejado.
Una mujer rechoncha de cabello negro llamada Polina era la experta en informática del equipo y estaba ocupada preparándolo todo.
Elaine se enteró de que Polina era la hermana menor de Katya.
La mujer era completamente sorda. Al parecer podía leer los labios en ruso, pero dependía de Katya, que sabía lengua de signos, para comunicarse verbalmente con el resto del equipo.
Mientras se hacían todos los preparativos técnicos, Elaine deambuló por la sala, ya nerviosa por la entrega.
La «Sala» Rembrandt era en realidad cinco pequeñas salas separadas por tabiques.
Más de veinte pinturas del maestro holandés estaban expuestas.
En una pared colgaba el conocido David y Jonatán de Rembrandt.
Elaine se detuvo y leyó la placa junto a él. Al parecer, Pedro el Grande había comprado la pintura en una subasta en Ámsterdam en 1716. En otra pared estaba El regreso del hijo pródigo, que según la placa Rembrandt había pintado poco antes de morir.
La ventana abierta hacía que la sala estuviera fría.
Viktoria estaba cerca, con las manos entrelazadas, preocupada por el efecto del aire frío y húmedo en las obras maestras de valor incalculable.
Le preguntó a uno de los técnicos si podían cubrir las ventanas de alguna manera.
Él le aseguró que cerrarían la ventana en una «minutka» —un minutito—, pero estaban teniendo problemas con el cableado.
Polina y varios otros técnicos manipulaban radios y ordenadores instalados en mesas plegables.
En una gran pantalla de ordenador se proyectaba un mapa electrónico de la Región de Leningrado, con una línea roja discontinua que partía del Aeropuerto de Púlkovo y trazaba la ruta inicial del avión de entrega.
Amperov acababa de entrar en la sala y caminaba de un lado a otro por el desgastado suelo de parqué, con su taza MY WAY OR THE HIGHWAY en una mano, esperando a que todo estuviera listo. Él mismo parecía ajeno a las impresionantes obras de arte que lo rodeaban.
Eran las 5:35 de la tarde.
Elaine estaba inquieta.
Volvió a mirar las pinturas, con la esperanza de que la calmaran. Reconoció una obra de sus cursos de arte en la universidad: Dánae.
Al leer la placa, recordó los detalles. El 15 de junio de 1985, un ciudadano lituano había acuchillado el lienzo dos veces y luego le había arrojado ácido.
Los testigos dijeron que el ataque había reducido el desnudo reclinado a una «masa oscura y efervescente».
Los expertos del museo habían pasado doce largos años restaurando meticulosamente la obra.
El resultado era asombroso: aún se notaba que la pintura había sufrido daños, pero el lienzo estaba razonablemente intacto, como si simplemente se hubiera deteriorado por un manejo y cuidado deficientes.
Elaine hojeó la descripción del proceso de restauración. Se preguntaba si podrían restaurar La bebedora de absenta a su estado original cuando un nombre le llamó la atención.
M. Amperov. El nombre figuraba en la lista de restauradores del museo.
Elaine lo miró, preguntándose si M. Amperov sería pariente suyo. Sus miradas se cruzaron. Él echó un vistazo al cuadro que ella observaba y se acercó.
Ahora se arrepentía de haber leído la placa.
—Mi padre —dijo Amperov, señalando la placa como si se adelantara a su pregunta.
Elaine había notado que parecía muy cómodo en aquel museo.
—No sabía que su padre fuera artista.
—Estudió en la Academia de Arte de San Petersburgo. Al terminar, se dedicó a la restauración.
—¿Sigue trabajando en el museo?
El rostro de Amperov se ensombreció.
—No. Por desgracia, murió el año pasado. Cáncer.
—Oh, cuánto lo siento.
Amperov tragó saliva, con aspecto desvalido y abatido.
—A veces la vida nos trata muy mal.
Para su sorpresa, Elaine sintió compasión por él. La pérdida de su propio padre había sido lo más doloroso que le había ocurrido en la vida.
Decidió cambiar de tema.
—¿Usted estudió arte?
Sabía que sí por la biografía que aparecía al final de su libro.
Amperov volvió la vista hacia el cuadro y dejó escapar una risa amarga.
—Asistí a la academia de arte de aquí durante un tiempo, sí.
—¿Y...?
Se encogió de hombros.
—Descubrí que me faltaba un pequeño ingrediente para llegar a ser un gran artista.
—¿Cuál?
—Talento.
Elaine se rio. Por primera vez en todo el día, asomó un atisbo de sonrisa en los labios de Amperov.
Contempló pensativo el cuadro de Rembrandt.
—Nunca logré encontrar mi «musa», o como quiera llamarlo. Pero, por suerte, descubrí que sí tenía cierto talento para combatir los delitos contra el arte.
La miró de reojo.
—A pesar de lo que pueda pensar, detective, me produce una gran satisfacción saber que contribuyo a preservar estas obras maestras.
—Lo sé —dijo ella, aunque no estaba segura de que lo dijera en serio.
Uno de los técnicos los interrumpió.
—Inspector, estamos listos para enseñarle a manejar los transmisores de radio.
Unos minutos después, hacia las 5:40, Elaine notó algo extraño.
Tras haberse ocupado minuciosamente de la temperatura y la humedad de la sala, Viktoria se había acomodado finalmente en una silla del rincón y se había puesto a hablar por el móvil.
Pero ahora se había levantado, había cogido el abrigo de una silla y le había dicho algo al detective más cercano con aire despreocupado.
Elaine oyó que él respondía «Horosho, se lo diré al inspector» en ruso, y acto seguido Viktoria abandonó la sala.
La entrega tendría lugar en menos de media hora. ¿Y Viktoria se marchaba? Saltaron todas las alarmas en la cabeza de Elaine.
Sacó la tableta del bolso y se acercó al hombre con el que Viktoria acababa de hablar.
—Disculpe, ¿adónde ha ido Viktoria?
Fingió consultar algo en la tableta.
—Quería hacerle una pregunta...
—Se ha ido a casa.
Elaine tuvo que contenerse para no mostrar su sorpresa.
—¿A casa?
—Da.
—Bueno, entonces se lo preguntaré mañana, gracias.
Elaine se alejó, algo aturdida. ¿Una mujer que había sido engañada para participar en el mayor robo de arte de la historia simplemente se había «ido a casa» cuando dicho ladrón estaba a punto de revender cuatro de los cuadros al museo en una entrega de dinero del rescate cargada de tensión desde un
avión?
Aquello no tenía ningún sentido. Además, a Elaine le pareció un comportamiento muy sospechoso.
Miró hacia Amperov, al otro lado de la sala.
Estaba ocupado con los preparativos de la entrega, hablando con los técnicos.
Ni siquiera sabía que Viktoria se había marchado.
Por lo visto, el detective al que ella se lo había comunicado no lo consideró lo bastante importante como para informar a su jefe, al menos no de inmediato.
Al parecer, ni Amperov ni nadie de su equipo sospechaba lo más mínimo de Viktoria, lo que a Elaine le resultaba muy extraño. Quizá simplemente la consideraban por encima de toda sospecha debido a su alto cargo en el museo.
Pensando a toda velocidad, Elaine salió de la sala y se metió en el hueco de la escalera. Sacó el teléfono desechable y llamó a Dmitry lo más rápido que pudo.
—¿Dónde estás? —susurró.
—Aparqué fuera del museo, como me dijiste.
—Viktoria Kaspárova está a punto de salir —susurró—. Quiero que la sigas y veas adónde va.
—Vale. ¿Tiene coche?
Elaine vaciló.
—No lo sé. Puede que use transporte público.
«Maldita sea», pensó Elaine: sin esa información, Dmitry podría tener problemas para seguirla.
—Intentaré seguirla.
—¡No la pierdas de vista, Dmitry! ¡Que no se te escape, pero que no te vea siguiéndola!