55 #3
—La información viaja entre ellas más rápido que una conexión de Internet de alta velocidad.
Elaine se rio, pero Dmitry tenía quizás más razón de la que él mismo sabía. La CIA y otras agencias policiales estadounidenses clasificaban la inteligencia en cuatro categorías: humana, de señales, de fuentes abiertas y geoespacial. La inteligencia humana, o HUMINT, se consideraba la más valiosa.
—¿Crees que podrías sacarles la información a estas babushkas si se nos ocurre una buena tapadera para ti?
Dmitry se encogió de hombros.
—Puedo intentarlo.
Media hora más tarde, Dmitry aparcó el todoterreno de la embajada a una manzana del edificio de apartamentos de Viktoria Kaspárova. Sacó la maleta del asiento trasero y la arrastró por la acera helada, con la cabeza gacha, abriéndose paso entre los edificios hasta llegar al patio trasero.
Había tenido razón sobre la Sarafannoe Radio.
No había ningún vestido veraniego a la vista, pero ya podía ver a media docena de mujeres de mediana edad y ancianas sentadas en los bancos cerca de la entrada principal, bien abrigadas contra el frío con gruesos abrigos, gorros y bufandas.
Entre ellas había varios cochecitos de bebé.
Frente a las mujeres, en el parque infantil, había casi tantos niños correteando, gritando, jugando en los columpios y toboganes y lanzándose bolas de nieve.
Dmitry arrastró la maleta tras de sí, alzando la vista hacia el edificio de apartamentos: tenía unos ocho pisos.
A medida que se acercaba al grupo de mujeres, estas charlaban entre sí.
Las conversaciones fueron apagándose hasta cesar cuando pasó con la maleta.
Al entrar en el edificio, sintió todas las miradas clavadas en él.
Consultó el directorio del vestíbulo para ver en qué piso estaba el número 37, luego subió en ascensor hasta el quinto piso y salió.
Se acercó nervioso al número 37 y fingió llamar al timbre, presionando el marco de la puerta justo al lado.
Esperaba de veras que Viktoria Kaspárova no estuviera en casa, sino trabajando en el museo, como debería.
Dmitry esperó, fingió pulsar el timbre de nuevo y luego hizo como que miraba el móvil en busca de mensajes. Finalmente volvió al vestíbulo.
Cuando salió de nuevo al patio, todas las mujeres lo observaron en silencio mientras pasaba con la maleta.
Vaciló, vio un banco vacío, le quitó la nieve y se sentó.
Dejó escapar un gran suspiro, como si estuviera agotado del viaje.
Miró al grupo de mujeres, les hizo un gesto educado con la cabeza y luego sacó un sándwich del bolsillo interior de la chaqueta y empezó a mordisquearlo.
Había muchas palomas alrededor. Empezó a partir trozos de pan y a lanzarlos a la nieve.
Las aves se abalanzaron sobre ellos en bandada.
Pasaron al menos dos o tres minutos. Algunas de las mujeres volvieron a hablar entre sí, pero en voz baja, sin quitarle ojo. Era evidente que hablaban de él.
—¡Zdrastvuytie! —llamó finalmente una de ellas, mirándolo con una sonrisa. Era corpulenta, de unos cincuenta años, y tenía dos hoyuelos muy marcados.
—¡Zdrastvuytie! —respondió él, con una sonrisa más amplia.
—¿Visitando a alguien? —preguntó ella.
—Sveta —siseó otra mujer—. ¡Métete en tus asuntos!
—Da. He venido a visitar a mi hermana, Vika.
—¿Tu hermana? —preguntó Sveta, y miró a las demás.
—Sí, Viktoria Kaspárova. Por desgracia, parece que no está en casa.
De repente, todas las mujeres se pusieron a charlar entre sí sobre el robo del museo, como si él fuera una celebridad.
—Supongo que este desastre del museo la ha dejado totalmente confundida —murmuró Dmitry, lanzando más pan a las palomas—. Seguramente olvidó que venía esta semana.
—¡Ay, ese robo es una vergüenza! —dijo Sveta.
—Qué pesadilla —dijo otra.
—¡Tu pobre hermana! —chillaron otras.
—No sabía que Viktoria tuviera un hermano —dijo Sveta.
Le lanzó un pestañeo coqueto, pensó Dmitry. Llevaba el pelo rubio decolorado y era bastante corpulenta, pero tenía la cara bonita. En sus buenos tiempos, reflexionó Dmitry, seguro que estaba muy buena.
—La gente puede decir lo que quiera sobre la Unión Soviética —refunfuñó otra—, pero un robo así en un museo jamás habría ocurrido bajo aquel gobierno.
Esta mujer parecía ser la cabecilla. Rondaba los sesenta, tenía las piernas como troncos de árbol y no dejaba de mecer un cochecito de bebé. Dmitry no estaba seguro, pero le pareció que tenía bigote.
—Trabajé veintitrés años en la misma fábrica y mi pensión es solo...
—Ya sabemos cuánto cobras de pensión, Irina.
—Si no fuera por ese imbécil de Gorbachov, lamiéndoles el culo a los americanos, las cosas serían distintas. ¡Él lo empezó todo!
—No sabía que Viktoria tuviera un hermano —repitió Sveta—. ¿Tu esposa no vino contigo?
La cabecilla puso los ojos en blanco.
—Soy viudo —dijo Dmitry, bajando la mirada y fingiendo tristeza.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Sveta, aunque sonaba más contenta que compungida.
Todas volvieron a guardar silencio.
—¿Has llamado a tu hermana? —preguntó Sveta a Dmitry.
—Sí, pero no contesta. Seguro que está muy liada con todo el revuelo del museo...
Dmitry suspiró y miró el reloj.
—Solo me quedo unos días, estoy aquí por negocios.
—¿Y qué negocios son?
—¡Sveta! —siseó la cabecilla.
—Si no es secreto, claro —añadió Sveta—. No pretendo ser cotilla.
—No te estás entrometiendo. Me dedico a la importación y exportación de madera.
—Ah —dijo Sveta, asintiendo, como si fuera una experta en la materia.
—Un negocio muy aburrido, me temo —dijo Dmitry—. Vivo en Ekaterimburgo.
Esbozó una sonrisa torcida.
—Allí hay muchos árboles.
—Oh, qué ciudad tan encantadora. El marido de mi mejor amiga era de Ekaterimburgo.
—Los Urales —suspiró otra con aire soñador.
—Da. Las montañas son preciosas.
Dmitry decidió que había llegado el momento de actuar. Esperaba no meter la pata.
Se levantó, le sonrió a la cabecilla y se asomó al cochecito.
—¡Qué niña tan preciosa!
La mujer sonrió, algo ruborizada.
—Oh, no es mi hija, es mi nieta.
Dentro del cochecito había lo que sin duda era el bebé más feo que Dmitry había visto en su vida. Parecía un monito peludo y daba la impresión de haber heredado el bigote de su abuela.
—La niña tiene tus ojos —dijo Dmitry, que era lo más amable que se le ocurrió decir de ella.
—Spasibo —dijo la cabecilla, volviendo a ruborizarse.
—Yo también tengo una nieta —ofreció.
—¡Oh, qué maravilla! —exclamó una de las mujeres.
—¿Tienes foto? —preguntó Sveta.
Dmitry sacó su teléfono personal. De repente todas las señoras se pusieron de pie y se apiñaron a su alrededor. Había quitado la tarjeta SIM, pero por lo demás el teléfono funcionaba perfectamente.
—Se llama Elena —dijo, mostrando una foto de su nieta de verdad—. Y esta es mi hija, Tanya.
Todas las mujeres se deshicieron en halagos mientras él iba pasando las fotos, girando el teléfono de un lado a otro para que todas pudieran ver bien la pantalla. En el momento justo, deslizó el pulgar en la otra dirección sobre la foto de su hija.
Apareció entonces en la pantalla una foto en blanco y negro de un hombre adulto.
—¿Quién es ese? —dijo Sveta con un leve jadeo.
El rostro masculino era moreno y peligrosamente atractivo, con una tenue cicatriz que le recorría la mandíbula. En realidad era una foto policial cuidadosamente recortada que Janet le había dado, presumiblemente del ladrón que había robado el museo.
—¿No lo reconoces? —dijo Dmitry.
—Nyet —dijo Sveta, mirando a las demás, desconcertada—. ¿Debería? ¿Es famoso?
Dmitry se rio.
—No, no es famoso, solo es mi primo Alex. Es arquitecto. Estuvo aquí la semana pasada visitando a Viktoria. Pensé que lo habrían reconocido.
—No —dijo Sveta.
—No, no —dijeron algunas de las otras.
—Qué raro —dijo Dmitry—. Se quedó en su apartamento tres o cuatro días. A veces lleva gafas. Y a veces se deja barba o bigote... Hace años que no lo veo.
—Yo lo recordaría, con gafas, con barba o sin nada —dijo Sveta, casi babeando—. ¡Qué ojos tan oscuros e intensos!
Varias de las mujeres se rieron. La cabecilla le lanzó una mirada de reproche.
—Bueno —dijo Dmitry, guardándose el teléfono—, tengo que hacer unos recados antes de que Viktoria vuelva a casa.
Se dio la vuelta, pero de pronto tuvo otra idea y se sintió inspirado.
—Solo espero que no esté en Karvala.
—¿Karvala? —dijo Sveta—. ¿Por qué iba a estar allí?
Dmitry se arriesgó.
—En su dacha.
—¿Con este tiempo? —dijo Sveta—. Lo dudo mucho. Nunca va a su dacha cuando acaba la temporada de setas.
—Además —dijo otra—, la dacha de Vika está en Manushkino, no en Karvala.
—Así es —dijo la líder del grupo—. Manushkino.
—Ah, da, Manushkino —Dmitry se encogió de hombros con aire avergonzado—. Mi memoria ya no es tan buena...
Les dedicó otra cálida sonrisa.
—Disfruté charlando con todas ustedes.
—¡Nosotras también! —dijo Sveta.
Tomó su maleta y se alejó.
Cuando Elaine recibió la decepcionante llamada de Dmitry, ya estaba de vuelta en el museo.
Su corazonada de que Viktoria Kaspárova estaba involucrada en el robo había sido tan fuerte que casi estaba convencida de tener razón.
Sin embargo, por lo que Dmitry acababa de contarle, estaba claro que Giorgio Cattoretti no había estado en el apartamento de Viktoria, a menos que hubiera ido en plena noche.
Pero cuando él le habló de la dacha de Viktoria y de cómo la había descubierto, sus esperanzas renacieron un poco.
—Muy ingenioso. Buen trabajo.
—Spasibo.
—¿Dónde está Manu...? ¿Cómo se llamaba el pueblo?
—Manushkino. A unos cien kilómetros al sureste de San Petersburgo, camino a Moscú. Lo encontré en el mapa.
Una dacha, pensó Elaine. Sería el lugar perfecto para que un fugitivo se escondiera, especialmente en invierno.
La dacha rusa típica no era una villa espaciosa y lujosa en el campo, como solían mostrar las películas.
Millones de rusos de clase media poseían dachas.
La dacha típica, como la del amigo de Nick, era simplemente una modesta casa de madera en el campo con un par de habitaciones, rodeada de suficiente terreno para plantar un pequeño huerto.