55
Elaine no tardó en volver a pensar en Viktoria Kaspárova.
Durante la reunión táctica se le había ocurrido una idea curiosa.
Si Viktoria había ayudado a Cattoretti con el crimen, era muy posible que no solo le estuviera dando refugio, sino que también ocultara las pinturas.
Cortadas de sus marcos, apiladas unas sobre otras y enrolladas en uno o más cilindros, no ocupaban mucho espacio; así era como Cattoretti las había sacado del museo.
Enrolladas eran tan compactas que podían esconderse prácticamente en cualquier parte.
No creía que él las perdiera de vista. Las cuatro que planeaba vender esa noche probablemente estaban con él en ese momento, pero las diez restantes tenían que estar guardadas en algún sitio, muy probablemente en el mismo lugar donde él se escondía.
Si lograba hacerse con esas pinturas, podría usarlas para sacarlo de Rusia.
—¿Detective Bailey? —llamó una voz.
Miró al otro lado de la sala. Amperov sostenía un cuadro enmarcado en las manos. Era la copia falsa de La bebedora de absenta que el ladrón había usado para engañar a Viktoria.
Elaine se levantó lentamente de su escritorio y cruzó la gran sala mientras el corazón le empezaba a latir con fuerza. Había evitado acercarse a ese cuadro por la huella dactilar de Cattoretti, que estaba en el interior del marco.
—¿Sí? —dijo al llegar junto a Amperov.
Sin apartar los ojos de ella, el inspector le dio la vuelta al cuadro.
Se encontró con la brillante huella dactilar amarilla de Giorgio Cattoretti mirándola fijamente.
Algún técnico forense había usado un polvo amarillo casi fluorescente para lograr el máximo contraste contra la madera oscura y sucia de la parte posterior del marco.
El impacto visceral resultó desconcertante; para Elaine, era casi como si Giorgio Cattoretti estuviera allí mismo, delante de ella. Casi podía olerlo.
—Una huella dactilar perfecta —reflexionó Amperov—, dejada en la parte posterior del marco. Una huella que no coincide con ninguna en todo el mundo...
Elaine intentó no mostrar ninguna reacción. El FBI había obtenido una coincidencia, por supuesto, pero la habían mantenido en secreto; habían informado a Raj, y por eso estaba ella allí.
Solo podía imaginar lo que pensarían Amperov y su equipo si supieran que ella había estrechado la mano que dejó esa huella, y que esa misma mano le había acariciado el rostro y la había tocado íntimamente, la había tocado de maneras que no quería recordar.
—Podría ser de cualquiera —soltó Elaine, y sintió una gota de sudor correrle por la espalda—. Podría pertenecer al artista que hizo la falsificación, suponiendo que el ladrón no la hiciera él mismo. Podría ser un artista frustrado.
—No me refiero a eso.
—¿Entonces a qué se refiere?
—Estamos hablando de un criminal que, hasta donde puedo deducir, no ha cometido ni un solo error al llevar a cabo este robo extremadamente complejo y meticulosamente planeado.
¡Ni un solo error! Y sin embargo, «accidentalmente» deja esta huella dactilar perfecta, de manual, en el marco de la falsificación.
Usted no ha mencionado esto desde que llegó. ¿No le parece extraño?
—Quizás está intentando incriminar a otra persona —dijo Elaine con una sonrisa forzada—. Sin segundas intenciones.
Amperov no le devolvió la sonrisa.
Nikolái y varios de los que ocupaban escritorios cercanos los observaban.
—Bien, ¿eso es todo lo que el FBI tiene que decir al respecto? —preguntó Amperov.
—¿Todo lo que tenemos que decir sobre qué?
—Sobre que el ladrón está intentando incriminar a alguien.
Elaine volvió a mirar la chillona huella dactilar amarilla. No sabía si Amperov estaba realmente interesado en sus teorías o si solo la estaba provocando. ¿Sospechaba que conocía al ladrón?
—Tiene razón —dijo—, podría ser su propia huella, dejada allí a propósito.
Podría ser su forma de hacer un corte de mangas a la policía, retándonos a atraparlo.
O tal vez simplemente quería que todos supiéramos que no tiene antecedentes penales y está orgulloso de ello.
Quizás tiene un ego enorme y este es su primer gran golpe.
—Elaine se encogió de hombros—. Quién sabe qué pasa por la mente de un criminal así.
Podemos especular todo el día, pero no estoy segura de que sea productivo.
Es mejor centrarse en pruebas concretas.
Amperov bajó lentamente el cuadro con gesto escéptico. Reparó en la bandolera que llevaba al hombro.
—¿Se va? La entrega es en menos de tres horas.
—Vine directamente del aeropuerto. Necesito ducharme y arreglarme un poco; ha sido un vuelo muy largo. Volveré a tiempo para la entrega.
—Ya veo —dijo Amperov—. Katya, por favor tome los datos de contacto de la Sra. Bailey antes de que se vaya.
Katya era la rubia de gafas negras que había mostrado las grabaciones de seguridad esa mañana.
Elaine ya veía que era la mano derecha de Amperov, por así decirlo, al menos en cuestiones administrativas.
Katya tendría unos treinta años y era bastante guapa; tenía los típicos pómulos eslavos altos, comunes entre los rusos, y llevaba el pelo sedoso recogido.
Estaba realmente impresionante con el uniforme de policía; Elaine reparó en que tenía unas piernas largas y torneadas que parecían llegarle hasta la barbilla.
Pero Katya mantenía una actitud seria. Elaine tuvo la impresión de que estaba entregada a su trabajo, era extremadamente leal a Amperov y perfeccionista, el tipo de persona que no cometía muchos errores y era muy dura consigo misma en las raras ocasiones en que ocurría.
La «información de contacto» que Elaine facilitó fue en realidad escasa: le dijo a Katya que se alojaba en un apartamento del complejo del Consulado Americano.
Había sido idea de Raj. Si Katya o cualquier otra persona llamaba al consulado, el guardia de servicio diría que no conocía a nadie llamado Janet Bailey, y quien llamara asumiría que era solo una precaución de seguridad.
Como número de teléfono de contacto, Elaine le dio el de una Blackberry del FBI que Raj le había proporcionado.
En cuanto terminó, cruzó el museo a toda prisa hacia la entrada principal. Con suerte podría investigar un poco sobre Viktoria Kaspárova antes de la entrega de ese día.
Cuando salió por la puerta principal del abarrotado museo al aire fresco y frío, seguía nevando con fuerza.
También seguían allí las furgonetas de los informativos y los reporteros pululando por todas partes.
Algunos la vieron y se acercaron, pero Elaine se giró enseguida y caminó lo más deprisa que pudo por la resbaladiza acera hacia la avenida Nevsky.
Fue con cuidado al bajar por la calle nevada donde estaba el café en el que se suponía que Dmitry la esperaría.
Para asegurarse de que no la seguían, se detuvo varias veces y miró en los reflejos de los escaparates, poniendo en práctica las técnicas que le habían enseñado en la academia del Servicio Secreto y también un par de trucos que Nick había compartido con ella.
Encontró al ruso corpulento y afable sentado en un rincón del café, justo donde habían quedado. Echó un vistazo a la sala: había unos cuantos hombres de aspecto desaliñado repartidos por el local, bebiendo café y charlando mientras veían una gran pantalla de televisión detrás de la barra.
Cuando se acercó a la mesa de Dmitry, él se levantó y apartó la silla para ella.
—No hay tiempo para sentarse —dijo ella—. Tenemos que irnos.
—¿Algo gordo en marcha? —preguntó él, limpiándose la boca con una servilleta.
Elaine sonrió al oírle usar jerga de gánsteres estadounidenses.
—En realidad, no.
—¿Solo la entrega del rescate?
Elaine se quedó boquiabierta.
—¿Cómo demonios sabes eso?
Él señaló hacia el otro lado de la sala, hacia la gran pantalla de televisión. Elaine miró con más atención: un reportero se encontraba frente a la entrada del Museo del Hermitage, hablando ante la cámara. Debajo, en ruso, se leía: NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA - ¿ENTREGA DE RESCATE?
—Maldición —murmuró Elaine, mirando de nuevo a Dmitry. ¿Acaso nada de lo que ocurría en este país podía mantenerse en secreto?
Salieron y él la guio calle abajo hasta donde estaba aparcado el todoterreno.
—¿Conseguiste los teléfonos? —preguntó ella mientras subían al vehículo.
—Da. —Dmitry metió la mano en el bolsillo y le entregó los dos, aún en sus embalajes.
—¿Estás seguro de que no te siguieron?
—Seguro. Siempre muy cuidadoso, Janyet. —Echó un vistazo al retrovisor y salió a la calle.
—Revisaré el coche en busca de GPS en cuanto aparquemos.
—Horosho. —Si Dmitry se preguntaba por qué estaba tan preocupada por que la siguieran y rastrearan, no lo demostró—. ¿Adónde ir ahora?
—Al Hotel Astoria. ¿Sabes dónde está?
—Claro que sé, todo mundo conoce este hotel. Aquí se alojó presidente Bill Clinton cuando vino a Rusia. Superlujo.
—Sí, se supone que es un lugar agradable.
—El hecho de que un presidente estadounidense se hubiera alojado allí era precisamente la razón por la que lo había elegido.
Si la distribución básica y los sistemas de seguridad eran lo suficientemente buenos para el Servicio Secreto, entonces tenía que ser el hotel más seguro de la ciudad—. Estoy segura de que te gustará.
Dmitry le lanzó una mirada de reojo.
—¿Qué quieres decir, me gustará?
—Porque es donde nos vamos a alojar.
Los ojos de Dmitry se abrieron como platos.
—Nyet.
—¿Por qué no? —dijo ella, preguntándose si había ocurrido algo allí que desconocía.
—No necesito hotel, soy simple taxista. Duermo en coche.
—No digas tonterías. No puedes pasar toda la noche en este todoterreno. Te vas a morir de frío.
—Muy acostumbrado a dormir en coche. A menudo duermo en mi Lada. —Dio unas palmaditas al volante—. Este jeep mucho más grande que Lada, más cómodo.
Elaine se preguntó si alguna vez se había alojado en un hotel.
—Dmitry, tienes que dormir en el hotel, en una habitación cerca de la mía, en el mismo piso. Ya te hice una reserva y pagué por adelantado.
—Pero...
—Déjame ver tu pasaporte falso —dijo ella, con la esperanza de cambiar de tema.
Dmitry sacó un documento granate del bolsillo interior de la chaqueta y se lo entregó.