Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 54
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Durante la siguiente media hora, la sala de operaciones fue un hervidero de actividad.

Se estaban haciendo los preparativos iniciales para el lanzamiento aéreo del dinero del rescate.

Elaine aún no tenía ni idea de cuál era el plan exactamente; parecía que al menos iban a fingir que seguían las instrucciones de la nota de rescate y recomprarían los primeros cuatro cuadros, pero no estaba segura.

Después de lo que Amperov había dicho en el coche, le costaba creer que fuera a permitir que el museo los recomprara.

Un desfile de trajes entró en la oficina acristalada de Amperov, uno por uno; algunos se quedaban solo un par de minutos e intercambiaban unas pocas palabras.

El inspector les hablaba con brusquedad a algunos y a otros los trataba con deferencia.

Elaine no estaba segura de quiénes eran: políticos, administradores del museo, gente del gobierno o de la compañía de seguros...

En un momento dado, sonó el teléfono de Amperov y ella lo vio mirándola mientras hablaba con quienquiera que hubiera llamado, con el ceño fruncido hacia ella a través del cristal. Estaban hablando de ella, Elaine estaba segura.

Finalmente, Amperov salió de su oficina.

—¡Reunión táctica! —anunció, dando unas palmadas—. En la sala de conferencias.

Cogió su taza de té, fue nombrando a los que asistirían y siguió a los cinco hacia la puerta.

Aminoró el paso y miró hacia atrás, a Elaine.

—Usted también está invitada —dijo—, siempre y cuando no cause problemas.

Elaine se preguntó qué querría decir aquello. Cogió su tableta y siguió al grupo hacia la puerta.

La sala de conferencias ocupaba otra elegante estancia del palacio, equipada con un sistema completo de audiovisuales, pizarra blanca, etcétera.

Todos se sentaron alrededor de la larga mesa de conferencias, pulida y reluciente, pero Amperov permaneció de pie.

Dio un sorbo a su té mientras ordenaba sus pensamientos.

Les informó de que se había acordado un plan preliminar con el FSB y «los de arriba».

Ahora, como equipo, tenían que concretar los detalles.

Amperov lo expuso todo, tomando notas en la pizarra mientras hablaba.

Para sorpresa de Elaine, la administración del museo y la compañía de seguros habían dado luz verde para recomprar los cuatro cuadros.

Estaban reuniendo el efectivo en varios bancos locales y lo enviarían al aeropuerto de Púlkovo en un coche blindado.

No llevaría marcas. No habría rastreador GPS oculto, ni trampas explosivas, ni bomba de tinta.

El efectivo estaría limpio, con números de serie aleatorios, tal como había exigido el ladrón.

—Desplegaremos dos helicópteros de la policía de antemano —dijo mientras dibujaba un diagrama—. Volarán a cada lado del avión de lanzamiento a una distancia de diez kilómetros, presumiblemente demasiado lejos para que el ladrón los detecte, a menos que tenga radar.

Amperov hizo una pausa y sonrió; hubo algunas risas.

—Cada helicóptero irá equipado con aparatos de triangulación electrónica, una moto de nieve y un grupo de tres comandos Spetsnaz.

Los Spetsnaz eran las Fuerzas Especiales de Rusia, los soldados mejor entrenados del país.

Ahora Elaine entendía el plan. Estaban fingiendo acceder a las demandas del ladrón, pero no tenían intención de entregarle el dinero. Iban a atraparlo antes de lanzar el rescate desde el avión.

—Cuando el ladrón dé las instrucciones de lanzamiento por radio —continuó Amperov—, localizaremos su posición. Entonces los helicópteros volarán hasta esas coordenadas y aterrrizarán, y los equipos Spetsnaz irán tras él por tierra y lo detendrán.

Elaine luchó contra el pánico que crecía en su interior. Tenía que detener aquello.

—¿No es peligroso usar helicópteros con este tiempo? —interrumpió Elaine.

Por su entrenamiento en Laurel, con el Marine One, el helicóptero del presidente, sabía que aterrizar un helicóptero en la nieve, especialmente nieve profunda y suelta, era arriesgado.

Las aspas levantaban los copos y creaban una minitormenta de nieve alrededor del aparato, lo que provocaba una condición llamada «whiteout» que podía hacer que el piloto perdiera toda orientación y se estrellara.

—Los pilotos rusos están muy bien entrenados para estas condiciones —dijo Amperov—. La nieve forma parte de nuestra vida diaria, detective Bailey.

Elaine intentó encontrar más obstáculos. Sabía mucho sobre triangulación de teléfonos móviles y señales de radio porque el Servicio Secreto también utilizaba esa tecnología.

—¿No cree que el ladrón preverá la triangulación por radio?

Eso lleva tiempo. Podría simplemente dejar que el avión vuele en línea recta y luego dar la orden por radio de arrojar el dinero.

Puede decir «¡Láncelo ahora!» sin más. Eso no lleva más de dos segundos; no es tiempo suficiente para hacer una triangulación.

—No va a dejar simplemente que el avión vuele en línea recta y decir «Láncelo ahora» —dijo Amperov, irritado.

—¿Por qué no?

—Porque tendremos policías apostados a lo largo de esa línea cada medio kilómetro, listos para atraparlo.

Amperov dio un golpe en el diagrama que había dibujado.

—El ladrón lo sabe, así que le ordenará al piloto que haga uno o varios giros para que el punto de lanzamiento sea completamente impredecible. Cuando nos dé las instrucciones de giro por radio, triangularemos su posición y los helicópteros lo encontrarán.

El inspector hizo una pausa y miró a Elaine como si apenas pudiera contener su irritación.

—¿El FBI tiene más preguntas?

No sabía cómo rebatir su argumento, pero tenía que encontrar alguna manera de evitar que atraparan o mataran a Cattoretti tan pronto, o su misión habría terminado.

—Además de los helicópteros de triangulación —continuó Amperov—, tendremos un tercer helicóptero que seguirá al avión de lanzamiento a dos kilómetros de distancia.

—¿Un tercer helicóptero? —dijo Elaine, incrédula.

El rostro de Amperov enrojeció.

—¡Sí, un tercer helicóptero! Uno, dos, tres —bramó, y golpeó los círculos que había dibujado en la pizarra.

—Yo iré a bordo de ese helicóptero —le dijo Nikolái a Elaine, con aire de bravuconería.

Miró al resto del equipo, que se había quedado allí sentado sin decir nada, y luego volvió a mirar a su señor y amo.

—No entiendo su estrategia, inspector. ¿Está diciendo que simplemente va a ignorar las instrucciones del ladrón y que el destino de los otros catorce cuadros se vaya al diablo?

—No, vamos a capturar a este bastardo arrogante y obligarlo a revelar dónde está el resto de las obras. Tengo plena autoridad para seguir adelante con este plan.

—¿Y si lo matan?

Miró a Nikolái y al resto del equipo.

—¿Qué pasará entonces? Puede que no recuperen nunca los cuadros. ¿A ninguno de ustedes le importa el valor cultural de estas obras?

Amperov dejó lentamente el rotulador en la bandeja, con los ojos clavados en Elaine.

—Permítame que le deje algo claro. No me cae bien, y no la quiero aquí. No pedí ayuda al maravilloso y mundialmente famoso Equipo de Delitos Artísticos del FBI.

Dio un puñetazo en la mesa.

—¡Rusia no negocia con terroristas!

Lo gritó tan fuerte que a Elaine le zumbaron los oídos.

Elaine se esforzó por mantener la calma. Miró a los demás.

—¿Así que ahora el hombre que robó las pinturas es un terrorista?

—¡Por supuesto que es un terrorista! —bramó Amperov.

—No veo cómo puede meterlo en esa categoría. Que yo sepa, no ha hecho daño a nadie.

—¿Ah, no? —dijo Amperov, señalando hacia la sala de casos—. ¿Ha echado un vistazo a la conservadora de este museo? ¡El ladrón la ha dejado hecha un manojo de nervios! ¡Probablemente perderá su trabajo! Toda su carrera, veinticinco años como experta en arte de renombre mundial, ha quedado destruida.

—Lo lamento, pero me refería a violencia física...

—¡Este ladrón es un terrorista cultural!

—Oh.

«Eso sí que es nuevo», pensó Elaine. Miró a los demás. La mayoría parecía tragarse aquellas tonterías, o simplemente estaban demasiado intimidados por Amperov para decir lo contrario.

El inspector se recompuso durante unos segundos, ahora consciente de que había perdido el control. Elaine pensó que Raj debía de haber movido todos los hilos políticos a su alcance para conseguir que los políticos rusos obligaran a Amperov a prestarle tanta atención.

Amperov miró a Elaine con frialdad, pero ella se dio cuenta de que lo que estaba a punto de decir iba dirigido al equipo, no a ella.

—Permítame explicárselo en términos que estoy seguro de que puede entender, incluso siendo estadounidense.

Si dejamos que este criminal se salga con la suya, es como decirle a cada hombre, mujer y niño de Rusia que nuestros tesoros artísticos nacionales están ahí para quien quiera llevárselos,

que es perfectamente aceptable saquear nuestros museos para «poner a prueba nuestros procedimientos de seguridad» y luego revendernos el botín.

¡No pienso permitirlo! Va en contra de todo lo que defiendo.

Todos se quedaron allí sentados, mirando a Elaine para ver si respondía.

No lo hizo.

Con gesto de satisfacción, Amperov dijo:

—Ahora bien, me han pedido que escuche su opinión y la tenga en cuenta, detective Bailey, y así lo he hecho. Si no tiene más preguntas, me gustaría volver al asunto de atrapar a este miserable.

La reunión terminó unos minutos después y Elaine salió de la sala. Se había apoderado de ella una fría indiferencia.

Bien, que Amperov intentara atrapar a Cattoretti; no creía que lo lograran.

Lo estaban subestimando. Ella también tenía acceso completo a las pruebas y la información que estaban recopilando, minuto a minuto.

Si era lo bastante lista, podría encontrar a Cattoretti antes que ellos.

¿Por qué? Ella conocía al hombre y ellos no.

Nikolái pasó por allí con aire despreocupado, le lanzó una mirada de fastidio, luego se volvió y se plantó frente a ella.

—Dígame, por favor, ¿por qué usted no querer atrapar al ladrón?

—Quiero atraparlo.

«Más de lo que te imaginas», pensó.

—Pero de momento no ha hecho daño a nadie, y preferiría que la devolución de las pinturas fuera lo prioritario. Son obras maestras irremplazables, de gran valor cultural. Lo sabes, Nikolái.

Él lo consideró.

—Da, lo que usted decir es cierto, pero yo estar de acuerdo con inspector: no debemos negociar con criminal. Dar muy mal ejemplo, hacer que otras personas también querer robar arte.

—También entiendo tu punto de vista —dijo Elaine—. Pero de verdad creo que intentar atraparlo...

De repente tuvo un mal presentimiento sobre lo que sucedería esa noche; temía por la vida de Nikolái.

—¿De verdad tienes que ir con el equipo Spetsnaz?

Nikolái frunció el ceño, algo ofendido.

—¿Por qué yo no ir?

—Es solo que...

Miró hacia el despacho de Amperov para asegurarse de que no los estaba observando.

—No conoces a este criminal, Nikolái. No sabes de lo que es capaz.

—¿Y usted sí?

—Yo... no, claro que no. Pero según su perfil psicológico...

—Yo no entender a usted. En reunión usted decir que él no ser peligroso, ahora decir que ser peligroso. ¿Cuál de las dos? A mí parecer que usted no poder decidirse, hermosa detective de arte estadounidense.

Se alejó.