Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 52
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En ese mismo momento, Giorgio Cattoretti se alejaba del Museo del Hermitage mientras las sirenas aullaban a lo lejos. Conducía una furgoneta GAZelle que llevaba cuatro días alquilada.

El Gato estaba de excelente humor. Una amplia sonrisa le cruzaba el rostro. Se detuvo junto con el resto del tráfico para dejar pasar a un equipo SWAT de la Policía rusa. No le cabía la menor duda de que el museo había recibido el paquete y de que este había llegado a manos de Serguéi Amperov.

Resultaba irónico, pensó Cattoretti, que el detective de fama mundial que había escrito El Manual de Delitos Artísticos —un libro que le había resultado tan útil para planificar y ejecutar el robo— fuera también el encargado de atraparlo.

Cattoretti había estado ocupadísimo los últimos días, preparando el primer intercambio de pinturas por dinero.

A pesar de que apenas había dormido, y las pocas horas que había conseguido las había pasado sentado al volante de un vehículo aparcado, rebosaba energía.

Todo estaba saliendo a las mil maravillas.

Elaine Brogan incluso había tenido la amabilidad de volar desde Francia para sumarse a la fiesta.

Cattoretti pasó la siguiente media hora conduciendo hacia el sur, hasta un distrito industrial, para recoger un gran pedido de mercancías que había encargado antes del robo. Tenía perfectamente cronometrado todo lo que sucedería esa noche, calculado al milímetro, como cada paso de este crimen.

Cuatro de las quince pinturas que había robado, las cuatro que planeaba devolver al museo esa noche a cambio de dinero, estaban apiladas en la parte trasera de la furgoneta, bajo la moqueta. El resto permanecían a buen recaudo en una pequeña dacha al sur de San Petersburgo.

Al llegar al almacén, comprobó su disfraz en el espejo retrovisor: una peluca negra y rizada que le llegaba hasta los hombros, algo de masilla en la nariz y unas gafas de cristales gruesos sin graduar que ocultaban su ojo protésico.

Llevaba vaqueros, botas de trabajo y una vieja parka verde, todo comprado en una tienda de ropa de segunda mano.

Se rio entre dientes del aspecto que había logrado esta vez. Con aquel pelo largo y rizado y la nariz ganchuda, pensó que parecía un camionero armenio.

Cattoretti entró en el almacén y le entregó al empleado del mostrador una copia del pedido contra reembolso que había realizado por Internet.

El empleado estaba cubierto de tatuajes, con un cigarrillo colgándole de los labios. Cattoretti echó un vistazo inquieto a su alrededor: había carteles de PELIGRO: PROHIBIDO FUMAR en todas las paredes. El olor ligeramente desagradable y ácido del salitre flotaba en el ambiente.

El empleado comenzó a leer el pedido.

6 UNIDADES CRISANTEMO

6 UNIDADES SAUCE

8 UNIDADES PEONÍA

10 UNIDADES DALIA

12 UNIDADES CLAVEL

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—Pagaré en efectivo —dijo Giorgio cuando el empleado terminó de leer, mostrando un grueso fajo de billetes.

—¿Razrescheniye? —preguntó el empleado. Era la palabra rusa para «permiso».

Cattoretti separó un billete de 500 euros del fajo y lo deslizó discretamente sobre el mostrador.

El ruso se embolsó el soborno sin pestañear.

—¿Strahovka? —Era la palabra rusa para «seguro».

Cattoretti separó otro billete de 500 euros y lo deslizó sobre el mostrador.

El empleado también se lo guardó y comenzó a colocar caja tras caja polvorienta sobre el mostrador.

«Hay que querer a este país», pensó Cattoretti mientras empezaba a cargar las cajas en la furgoneta.

Una vez cargado el vehículo por completo, repasó su copia del pedido y se aseguró de que estuviera todo lo que necesitaba.

La furgoneta también iba repleta de otro equipo que necesitaría esa tarde y en los días siguientes: walkie-talkies, teléfonos desechables, cable de Kevlar, alambre de soldadura y un soplete de acetileno.

El Gato sonrió para sus adentros, imaginando el aspecto que tendría el «ramo» que estaba preparando esa noche. Los habitantes de la gran ciudad de San Petersburgo iban a llevarse una sorpresa, especialmente los que vivían en la isla Vasilievski.