49 #2
Cuando salieron del Lada, Dmitry se acercó a la impresionante máquina negra con una mirada de asombro, como si fuera una nave espacial recién caída del cielo. Dio unos golpecitos en la ventanilla del conductor. —Cristal antibalas —susurró con reverencia.
—Está blindado por completo —dijo Elaine.
Dmitry le lanzó una mirada inquieta.
—Es solo una precaución —le aseguró—. No será como la última vez. —Al menos, eso esperaba.
Desbloqueó la puerta con un código de ocho dígitos. —La llave de contacto está debajo de una de las alfombrillas de atrás.
Dmitry se subió al coche y lo arrancó. El salpicadero cobró vida y un elegante navegador GPS se iluminó con un mapa de la zona del aeropuerto.
Elaine lo apagó de inmediato. Tras asegurarse de que nadie la observaba, sacó un escáner de radiofrecuencia de su equipaje de mano.
Desplegó la antena extensible y empezó a pasarla por el exterior del vehículo, por debajo del chasis, por los parachoques delantero y trasero y por los huecos de las ruedas.
Dmitry la miró con curiosidad.
—Estoy buscando dispositivos de rastreo GPS —explicó. Era algo que había aprendido a hacer hacía mucho tiempo, en el programa de formación del Servicio Secreto.
Dmitry pareció impresionado. —Pero creo que navegador también da señal de rastreo GPS.
—Sí, la da —dijo Elaine—, por eso lo he apagado. No lo usaremos. Nunca.
Mientras salían del aparcamiento del aeropuerto y se incorporaban a la autopista que llevaba a Moscú, Dmitry dijo: —Yo muy contento de que me llamaras, Janyet. Mi vida se había vuelto muy aburrida otra vez.
Elaine soltó una risita. Le preguntó por su familia, y él le contó que su esposa estaba bien y que su hija se había licenciado en medicina y trabajaba en una clínica privada.
—Ella gana muy buen dinero —dijo Dmitry con orgullo.
—Eso es estupendo. ¿Y tú?
Con un suspiro, dijo: —Yo sigo siendo simple taxista. —Se animó un poco—. Pero vuelvo a estudiar inglés. Ahora trabajamos en modismos americanos.
—Muy bien, Dmitry.
—Estudio mucho. Estoy flambeando el aceite de medianoche.
Elaine sonrió. —Se dice «burning the midnight oil», no «flaming», pero vas bien.
—¿Qué?
—«Burning the midnight oil», no «flaming».
—Oh. ¡Chort! —Señaló hacia delante—. ¿Adónde vamos en San Petersburgo?
—Al Museo del Hermitage.
—¡Lo sabía! —exclamó con una sonrisa.
—¿Qué sabías? —preguntó Elaine, un poco inquieta.
—¡Sabía que FBI americano vendría aquí para ayudar a encontrar cuadros robados de Picasso!
Elaine se quedó desconcertada: no le había dicho ni una palabra sobre su misión. —¿Cómo lo sabes?
Dmitry la miró. —¡Todo el mundo sabe! Periódicos lo dicen.
«Perfecto», pensó Elaine mientras contemplaba los campos nevados que dejaban atrás.
Mientras se dirigían hacia el centro de San Petersburgo, abrió la maleta y montó su pistola.
Era una .357 fabricada especialmente para el gobierno estadounidense por Sig Sauer.
El arma estaba desmontada en tres piezas pequeñas y escondida dentro de varios objetos corrientes: un bote de laca, un cepillo y un secador de pelo.
Técnicamente, los agentes de la ley extranjeros no podían portar armas en Rusia, pero era una norma que pensaba saltarse.
Por fin llegaron a la avenida Nevsky, cubierta de aguanieve, la arteria principal del centro de San Petersburgo.
El tiempo era deprimente: un cielo gris plomizo que dejaba caer una nevada ligera y constante sobre la ciudad.
A ambos lados de Nevsky se alzaban espectaculares edificios de los siglos XVIII y XIX, algunos adornados con columnas griegas y pintados en colores pastel vivos, pero bajo la tenue luz invernal todos parecían apagados.
Nick la había llevado allí una vez, durante una misión.
Había sido en junio, cuando el crepúsculo duraba hasta la mañana, las Noches Blancas, como las llamaban los rusos.
El viaje había sido muy romántico: habían paseado por Nevsky cogidos de la mano, a lo largo de los canales, mientras Nick le enseñaba los monumentos.
Después habían vuelto en septiembre y se habían alojado en casa de un amigo de Nick, en una dacha en el campo ruso...
Elaine tragó saliva. Todo aquello había terminado. No tenía sentido darle más vueltas.
Dmitry había traído un atlas de carreteras, pero conducía con total seguridad sin consultarlo, como si supiera exactamente adónde iba en todo momento.
—Pareces conocer muy bien esta ciudad —dijo Elaine.
—Da. Trabajé como conductor de autobús turístico aquí durante un año, antes de casarme y volver a Moscú.
Suspiró.
—Trabajo muy aburrido. Pero no tan aburrido como dentista.
—¿Dentista? —dijo Elaine—. No me digas que eres dentista...
—Da.
—Bueno, ¿y por qué no ejerces?
Dmitry la miró de reojo.
—¿Hurgar en las bocas de la gente todo el día, haciéndoles daño? ¿Para qué? A nadie le gustan los dentistas.
Se encogió de hombros.
—Como taxista, trabajo cuando quiero, donde quiero, como quiero. Si quiero pescar voy a pescar, si quiero siesta tomo siesta, si quiero café voy a cafetería. Mucho mejor para mí.
Llegaron a la Plaza del Palacio, donde se encontraba el Museo del Hermitage.
Era impresionante. A un lado del extenso cuadrángulo adoquinado se alzaba el Edificio del Estado Mayor, amarillo y blanco.
En el centro de la plaza se erguía la Columna de Alejandro, de cuarenta y cinco metros de altura, coronada por un ángel que sostenía una cruz.
Al otro lado estaba el Palacio de Invierno, con sus columnas blancas y su deslumbrante pórtico barroco.
Este era el complejo que albergaba el Museo del Hermitage, y era enorme.
Elaine y Nick habían pasado un par de horas allí contemplando pinturas de Van Gogh, Monet y Chagall, y solo habían visto una pequeña fracción del lugar.
Pero la tableta que Raj le había dado incluía los planos básicos, y los había estudiado en detalle.
—Aquí es donde todo empezó —murmuró Dmitry, señalando con la cabeza hacia la Plaza del Palacio mientras bordeaban el perímetro.
Elaine estaba confundida.
—¿Te refieres al robo?
Dmitry soltó una risita.
—Nyet. El comienzo de la Unión Soviética.
Elaine volvió a mirar hacia la plaza y sonrió, recordando lo que sabía de historia rusa y la Revolución de 1917.
Los bolcheviques habían irrumpido por el arco del lado opuesto, habían entrado en el lujoso palacio y habían «arrestado» al zar Nicolás II y a su familia.
Los enviaron a una dacha en Siberia y acabaron asesinándolos.
Dmitry redujo la velocidad del todoterreno y se detuvo a un lado de la concurrida calle.
—La entrada del museo está allí —dijo, señalando el lado del palacio que daba al río Neva.
Elaine alcanzó a ver un grupo de coches de policía y lo que parecían furgonetas de televisión a lo lejos.
Durante el briefing, Raj le había dicho que la policía de San Petersburgo estaba operando desde el museo y que el inspector Amperov había montado una sala de operaciones en algún lugar del interior.
Esperaba que aún no hubieran recibido notas de rescate por los cuadros.
Podían haber pasado muchas cosas durante las doce horas aproximadas que llevaba viajando.
Abrió la polvera y se retocó el pintalabios. Llevaba un elegante traje de chaqueta y pantalón, bien entallado, obra de un sastre italiano que Tony conocía en Marsella. El conjunto era verde esmeralda con rayas verde azulado apenas perceptibles, y le sentaba de maravilla a su figura alta y esbelta.
Se miró más de cerca en el espejo de la polvera: tenía la expresión tensa.
Había dormido muy poco en las últimas veinticuatro horas y se le notaban las ojeras.
Intentó disimularlas con polvos. Ahora que estaba a punto de enfrentarse en persona al mundialmente famoso detective de arte, el inspector Sergei Amperov, estaba nerviosa, con el estómago hecho un nudo.
Volvió a mirar por la ventana, hacia la plaza, hacia todos aquellos coches de policía y furgonetas de televisión.
Se suponía que debía entrar en aquel nido de ratas, hacerse pasar por la detective de Delitos Artísticos del FBI que él había solicitado para ayudarles a recuperar los cuadros...
y luego, de algún modo, encontrar a Giorgio Cattoretti antes que los rusos y engañarlo para que saliera del país, de manera que pudieran arrestarlo en la UE y extraditarlo a Estados Unidos.
La misión le parecía ahora no solo imposible, sino francamente demencial. Si le descubrían la tapadera y averiguaban sus verdaderos motivos, no había forma de saber qué podría pasarle. Bien podría acabar haciendo trabajos forzados en Siberia, con Giorgio Cattoretti blandiendo un pico a su lado.
Elaine metió la mano en la chaqueta y comprobó que seguía llevando el «botón de pánico» que Raj le había dado.
Era un auténtico dispositivo de James Bond: un pequeño transmisor GPS con forma de bolígrafo.
Parecía un bolígrafo, escribía como un bolígrafo y funcionaba en todos los aspectos como cualquier otro bolígrafo...
salvo que, si pulsabas el botón que sacaba la punta y lo mantenías pulsado durante cinco segundos, el dispositivo emitía un pitido, grababa lo que dijeras durante treinta segundos y luego empezaba a transmitir la grabación como un mensaje de voz encriptado, junto con las coordenadas GPS,
en una frecuencia que la CIA monitorizaba las veinticuatro horas del día hasta que se agotara la batería.
Solo funcionaba de forma fiable al aire libre, donde la red de satélites de la CIA pudiera captarlo.
Elaine había hecho una pequeña abertura en cada bolsillo de la chaqueta y pensaba llevarlo encima en todo momento.
—No uses ese botón de pánico a menos que estés en un verdadero aprieto, y me refiero a un aprieto de verdad —le había advertido Raj—. Enviaremos a un extractor de la CIA para intentar sacarte del peligro.
A Elaine no se le había escapado la palabrita «intentar».
Con las relaciones políticas entre Estados Unidos y Rusia en el estado tan inestable en que se encontraban, Raj no podía permitirse arriesgar demasiada exposición, razón por la cual no enviaría un equipo de «operaciones encubiertas» de la CIA a por Cattoretti.