47
Silver Springs, Maryland
Cuando el móvil seguro de Luna Faye empezó a sonar y vibrar sobre la cómoda, ella ya dormía profundamente. Era más de medianoche en Silver Springs, y últimamente solía acostarse a las diez.
Fue consciente del ruido medio aturdida y, tras quedarse tumbada unos segundos más, finalmente salió de la cama y fue a tientas hasta la cómoda en la oscuridad, murmurando para sí. ¿Quién demonios la llamaba al teléfono del trabajo a esas horas?
Miró la pantalla, pero solo indicaba que la llamada venía del Cuartel General del Servicio Secreto. Pulsó el botón de responder.
—Fa...
Aún no le salía la voz y tuvo que aclararse la garganta.
—Faye al habla.
—¿Luna Faye? —dijo una voz masculina desconocida.
—Sí —respondió ella, algo recelosa.
—Número de identificación de empleada, por favor.
Luna frunció el ceño. ¿Qué demonios? Nadie le había pedido el número de identificación en años. Recitó los dígitos.
Hubo una pausa, y luego la voz dijo:
—Ha sido requerida para un servicio de seguridad fuera de la ciudad. Prepare una maleta: la recogerán en su casa en treinta minutos.
—Pero...
Se cortó la línea.
Se encendió la luz de la mesilla.
—¿Qué pasa? —murmuró Walter, mirándola con los ojos entrecerrados.
Luna estaba de pie en camisón, atónita.
—Ni idea —dijo.
Dejó el teléfono en la cómoda.
—Algo de un servicio de seguridad fuera de la ciudad.
Walter se incorporó en la cama, con el vello canoso del pecho asomándole por la parte de arriba del pijama.
—¿Servicio de seguridad? ¿Qué quieres decir?
—No tengo ni idea —dijo Luna, desconcertada.
Ya se había acercado al armario y estaba sacando una bolsa de lona. No le habían asignado un servicio de seguridad en más de ocho años. Era instructora de artes marciales en la Academia de Formación del Servicio Secreto en Laurel, que técnicamente pertenecía al Departamento de Recursos Humanos.
—Eso es una locura —dijo Walter—. ¿Después de tanto tiempo? No pueden enviar a alguien de tu departamento a un servicio de seguridad, ¿no?
Luna metió unos calcetines en la bolsa de lona sin decir nada.
—Walter, pueden hacer lo que les dé la gana. Son el Servicio Secreto.
Media hora después, un todoterreno negro se detuvo frente a la casa adosada de Luna con un frenazo. Un hombre trajeado de oscuro bajó de un salto del asiento del copiloto y fue corriendo hasta la puerta principal.
El agente se quedó de piedra al ver la musculosa figura negra de metro ochenta que ocupaba el umbral. Hizo ademán de ayudarla con la bolsa de lona, pero tras echar otro vistazo a su torso fornido, cambió de opinión.
—Vamos —dijo, mirando el reloj—. Vamos justos de tiempo.
Luna lo siguió hasta el todoterreno. Seguía tan desconcertada como cuando había recibido la llamada. ¿Requerida para un servicio de seguridad? ¿Quién la había pedido y por qué? No se lo explicaba.
Lanzó la bolsa de lona en la parte de atrás y se subió a su lado, sintiéndose aún más perpleja.
El conductor la miró por encima del hombro y arrancaron, con una luz azul parpadeando en el salpicadero.
—¿Queréis decirme de qué va todo esto?
—Ni idea —dijo el del asiento del copiloto—. Nuestras órdenes son llevarla a la Isla Wallops.
—¿La Isla Wallops? —exclamó Luna, incrédula.
La Isla Wallops era uno de los centros de lanzamiento de cohetes más antiguos de la NASA. Todavía se usaba para poner satélites en órbita y para probar aeronaves experimentales.
—¿Qué demonios pasa en la Isla Wallops?
—No creo que pase nada allí —respondió el hombre—. Es su punto de transbordo.
Luna miró inquieta por la ventanilla mientras circulaban a más de 160 kilómetros por hora, dejando atrás Annapolis y cruzando el Puente de la Bahía de Chesapeake.
La razón principal por la que había decidido hacerse instructora de artes marciales y pasarse al departamento de RRHH era su miedo a volar: su trabajo anterior como agente especial exigía viajar constantemente en avión.
Su fobia, que ocultaba como un secreto doloroso y vergonzante a todos salvo a Walter, había llegado a tal punto que temía sufrir una crisis nerviosa.
De repente, Luna miró a los dos hombres y por fin entendió lo que pasaba. Soltó una risa cómplice.
—Vale, ¿quién os ha liado en esto?
Ninguno de los dos respondió.
—Han sido Abby y Matt, los de RRHH, ¿a que sí?
Seguían sin responder.
—Venga, chicos. Han sido Abby y Matt, conozco sus bromas.
—Señora, nuestras órdenes son transportarla a la Isla Wallops. Eso es todo lo que sabemos. Supongo que la informarán de su misión antes de partir.
—Vale —se rio.
Seguiría el juego, sin problema. Pero esos dos bribones, Abby y Matt... ya se vengaría de ellos.
La sonrisa de Luna empezó a borrarse cuando comenzaron a pasar los controles de seguridad en Wallops.
Se le borró del todo cuando indicaron al conductor que atravesara una verja y pasara junto a unos hangares iluminados.
Había una extraña aeronave negra aparcada en la pista, con un fuselaje largo y esbelto y unas alas cortas, casi inexistentes.
Tres motores descomunales se agrupaban en la cola.
A Luna le flaquearon las piernas cuando bajó de la parte de atrás del todoterreno, mirando boquiabierta aquella aeronave espantosa. Parecía un dardo gigantesco. Daba la impresión de estar moviéndose a 1600 kilómetros por hora aun estando quieta.
Un hombre de rostro curtido, con un mono verde oliva de la Fuerza Aérea de EE. UU., fue corriendo hacia ella por la pista, y Luna comprendió con un vuelco en el estómago que aquello no era ninguna broma. Había demasiada gente y demasiado equipo caro de por medio.
—Por aquí, agente Faye —dijo, y con la mano apoyada suavemente en su hombro, la guio hacia una escalerilla metálica móvil que llevaba a la cabina de la aeronave.
—No esperarán realmente que... —fue lo único que pudo decir mientras subía los escalones.
El piloto la ayudó a acomodarse en el asiento del copiloto, situado justo detrás del suyo, y le abrochó el cinturón.
—Pásame su bolsa —dijo a uno de los otros hombres, y la aseguró en algún lugar a su espalda.
Con una sensación de irrealidad, Luna miró a su alrededor en aquel espacio reducido: el interior estaba en bruto, sin acabar, con cables y conductos a la vista, y apestaba a queroseno.
—Es una versión más pequeña del SR-71 Blackbird —explicó el piloto, mientras Luna miraba a su alrededor desconcertada—. Hipersónico.
Le colocó un casco en la cabeza y luego le ajustó una máscara de oxígeno sobre la cara.
—Tienes que llevar esto puesto en todo momento. La cabina está presurizada, pero el sistema lleva un tiempo dando problemas.
El piloto se acomodó en el asiento delantero, se abrochó el cinturón, se inclinó hacia delante y golpeó el panel de instrumentos un par de veces. La aguja de uno de los indicadores de presión dio un salto.
—Ahí está.
—Oh, Dios —jadeó Luna, con la voz amortiguada por la máscara.
Estaba segura de que el pulso se le había disparado a al menos doscientos latidos por minuto; lo sentía retumbar en los oídos.
Seguro que aquello era un mal sueño, una pesadilla.
En cualquier momento se despertaría en su cama calentita, acurrucada junto a Walter.
—No puedo hacer esto —dijo Luna, pero su voz quedó ahogada por el zumbido inquietante de los giroscopios del avión al alcanzar velocidad. El piloto ya había empezado a accionar interruptores. La gran bestia mecánica estaba despertando.
—¡Oiga! —gritó—. ¡De verdad que no puedo hacer esto!
El piloto por fin miró por encima del hombro.
—No se preocupe, notará algunas G después del despegue, pero le daré un vuelo suave. El tiempo está despejado en todo el Atlántico.
—¿El Atlántico? —graznó Luna—. ¿Adónde...?
—Francia. Base Aérea de Istres-Le Tubé.
Volvió a mirarla por encima del hombro, algo sorprendido de que no supiera ya adónde iban, y consultó su reloj cronómetro para hacer un ajuste.
—Llegaremos antes de que se dé cuenta. El vuelo dura poco más de una hora.
«¿Una hora?», pensó Luna aturdida. «¿Eso era siquiera posible?»
El avión comenzó a rodar junto a la pista, y ella intentó distraerse del horror de la situación tratando de averiguar quién demonios la había solicitado para aquella misión, fuera cual fuese... pero no lograba recordar haber dado protección a ningún dignatario ni político francés...
El jet cruzó las franjas del final de la pista, giró el morro y apuntó hacia las dos largas hileras de luces.
—Hay una bolsa para el mareo justo delante del asiento —avisó el piloto—. Si se siente mal, le agradecería que la usara.
Antes de que Luna tuviera siquiera ocasión de mirar hacia abajo, los motores del jet rugieron. Una fracción de segundo después, sintió como si la mano de Dios hubiera descendido de los cielos y la hubiera empujado con fuerza contra el asiento.
Segundos después, la aeronave se arqueó bruscamente hacia lo alto, tronando en el cielo nocturno muy por encima del océano Atlántico. La única otra vez que Luna había experimentado fuerzas así fue de adolescente, cuando alguien la convenció de subirse a la montaña rusa más grande de Six Flags.
Gritó como una loca, aunque el estruendo de los motores era tan fuerte que solo pudo sentir la vibración de la voz en la garganta.
Resultó que no necesitó la bolsa para el mareo. Cuando por fin reunió el valor para mirar por la ventanilla y vio la banda azulada ligeramente curvada a lo largo del horizonte, se dio cuenta de que habían ascendido tan alto que podía ver la curvatura de la Tierra.
Se desmayó.