LIBRO 2
En suelo ruso
46
Provenza-Alpes-Costa Azul, Francia
El cerebro criminal Giorgio Cattoretti había reaparecido por fin.
Cuando Elaine Brogan recibió esta inquietante noticia, estaba sentada en su oficina, en el segundo piso de su granja reformada en el sur de Francia. Raj Malik, el jefe de operaciones del Servicio Secreto estadounidense en Europa, estaba sentado frente a ella.
Al parecer, Giorgio Cattoretti había robado quince obras maestras de Picasso del Museo del Hermitage en San Petersburgo, Rusia. Era el mayor robo de arte de la historia.
Como si eso no fuera suficiente, la misión encubierta que Raj le había propuesto la dejó atónita.
—A ver si lo he entendido bien —dijo ella—. ¿Quieres que vaya a Rusia, me haga pasar por miembro del Equipo de Delitos Artísticos del FBI y finja ayudarles a resolver el caso?
—Correcto. Han solicitado nuestra ayuda.
—Sí, lo sé, ya lo dijiste. Así que mientras llevo a cabo esta farsa, se supone que debo rastrear en secreto a Giorgio Cattoretti y atraparlo antes que ellos...
—Así es.
—¿Y luego?
—¿Qué quieres decir con «y luego»?
—¿Qué se supone que debo hacer con él si lo atrapo?
Raj se encogió de hombros.
—Tráetelo.
—¿Traérmelo? ¿Adónde? No tenemos tratado de extradición con Rusia. Y no tenemos autoridad para arrestarlo allí.
—Precisamente eso es lo que convierte esto en una misión complicada, Elaine.
Si los rusos lo pillan por este robo del museo, pasará el resto de su vida en una prisión siberiana y nunca podremos echarle el guante.
Tienes que sacarlo de Rusia como sea: atraerlo o engañarlo para que cruce la frontera hacia Letonia, Lituania o Estonia.
Cualquier país aliado de Estados Unidos servirá.
Puedes arrastrarlo al otro lado de la frontera atado y amordazado, maniatado, lo que haga falta; me importa un carajo cómo lo hagas.
La cuestión es que, en cuanto lo cruces, podemos hacer que lo arresten legalmente y lo extraditen a Estados Unidos.
Raj chasqueó los dedos.
—Así de fácil.
—¿Y cómo propones que obre ese milagro?
—Hay muchas posibilidades. Sabemos que va a retener las pinturas para pedir un rescate e intentar vendérselas de vuelta al museo; dejó una nota diciéndolo.
Lo que significa que intentará organizar varios intercambios de dinero por las pinturas, para venderlas en pequeños lotes y maximizar su beneficio.
Eso llevará tiempo, Elaine. Mientras tanto, puedes rastrearlo.
—Eso me suena a un plan muy vago.
Raj volvió a encogerse de hombros.
—Ya encontrarás la manera, Elaine, se te da bien improvisar. La última vez lo manejaste bien.
Ella casi se echó a reír. «Sí, por eso anda suelto por Rusia», pensó.
—Esto me suena a trabajo de la CIA. Lo siento, Raj, pero tengo que rechazarlo. No tengo la formación necesaria.
Raj se levantó de la silla y se asomó a la ventana del solárium, contemplando la campiña francesa.
—Eres la opción lógica para esta misión, Elaine. Eres la única agente de la ley que ha pasado tiempo de verdad con Giorgio Cattoretti. Sabes cómo piensa, cómo funciona su mente; puedes anticipar cómo reaccionará en cualquier situación.
Elaine, sinceramente, no podía imaginarse enfrentándose a Cattoretti de nuevo; solo pensarlo le helaba la sangre.
La había golpeado, violado, había intentado estrangularla, tirarla por un acantilado.
Nunca olvidaría su confrontación final, luchando con uñas y dientes en la pared del precipicio, ni el momento en que, desesperada, le había clavado el abrecartas en el ojo.
Se estremeció. Todavía tenía pesadillas.
Arrancarle el ojo con el abrecartas había sido algo atroz, incluso tratándose de tu peor enemigo, pero en aquel horrible momento Elaine había sabido que era su vida o la de él.
Elaine buscó excusas desesperadamente.
—No sé nada de delitos artísticos.
Raj se encogió de hombros.
—No es tan diferente de la falsificación de moneda. Cattoretti usó una copia falsa de un cuadro para acceder al museo.
—Estoy fuera de forma, Raj.
Señaló su cómoda silla de escritorio, el microscopio y el resto del equipo.
—Llevo dos años sentada revisando falsificaciones.
Él le echó un vistazo a su cuerpo tonificado.
—A mí me parece que estás en plena forma.
—Tengo la puntería oxidada. No es que fuera muy buena para empezar. Soy una pésima opción para esta misión, Raj. Soy la peor candidata posible.
Él no respondió.
—¡Tengo dos hijos! ¡Son bebés, por el amor de Dios!
Raj señaló con la cabeza hacia la ventana, hacia el patio trasero de Elaine, que parecía un complejo militar. Cámaras de seguridad y sensores de movimiento coronaban el muro de piedra de tres metros. Había dos dóberman bien adiestrados. Incluso tenía un «cuarto de seguridad» en el sótano.
—¿Te gusta vivir así, Elaine?
Raj se volvió y la miró.
—Y lo que es más importante: ¿quieres que tus hijos crezcan viviendo así? ¿Con el miedo constante a que aparezca algún hombre malo para hacerles daño?
—Vete al infierno —murmuró Elaine entre dientes.
—Puedes maldecir todo lo que quieras, pero sabes que es verdad.
Tenía razón, por supuesto. No había pasado un solo día en los últimos dos años en que no se hubiera preocupado por que Giorgio Cattoretti apareciera y les hiciera Dios sabe qué a ella, a Nick o a los niños.
Incluso Tony, su cocinero y encargado de la casa, estaba en peligro: había ayudado a Nick a escapar del castillo de Cattoretti.
Pero Elaine Brogan ya no era una agente ingenua y novata del Servicio Secreto.
Raj Malik no quería echarle el guante a Cattoretti para mantener a salvo a Elaine y su familia; quería capturar al Gato por sus propias razones.
Raj estaba perdiendo el sueño porque había un «topo» dentro de la fábrica KBA Giori en Alemania que nunca había sido descubierto.
Lo que significaba que Raj estaba con el agua al cuello.
KBA Giori fabricaba todas las imprentas que se usaban para imprimir el papel moneda estadounidense; durante los últimos cincuenta años, Estados Unidos se había vuelto totalmente dependiente de la compañía.
Que hubiera un topo trabajando todavía en algún lugar de la fábrica alemana suponía un grave riesgo de seguridad.
El empleado infiltrado había ayudado a Cattoretti a robar la imprenta de calcografía utilizada en su operación de falsificación en Milán.
La policía alemana e Interpol habían realizado varias investigaciones, pero no habían encontrado nada.
Si Raj conseguía echar el guante a Giorgio Cattoretti, podría caerle encima con todo el peso de la ley y ofrecerle un trato: cumplir su cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad más cómoda.
—Ese hombre se está burlando de ti, Elaine —dijo Raj—. ¿Vas a dejar que se salga con la suya?
Elaine frunció el ceño.
—¿Burlándose de mí? ¿Cómo?
—La huella dactilar que dejó en la escena del crimen en Rusia.
No era una huella cualquiera, sino una huella del pulgar única y perfecta.
¿De verdad crees que un criminal tan meticuloso como Giorgio Cattoretti habría cometido un error así?
—Raj negó con la cabeza—. Te está haciendo burla, Elaine. Te está diciendo: «¡Ven a por mí!».
Elaine torció el gesto.
—Esa no es una buena razón para aceptar esta misión. De hecho, ¡es una razón pésima! Tú, precisamente tú, deberías saberlo.
—Esa moneda tiene dos caras. La implicación emocional puede nublar tu juicio, pero por otro lado, es una motivación poderosa para que triunfes.
La operación de impresión de Giorgio Cattoretti retrasó cinco años la tecnología antifalsificación del Tesoro y costó millones incalculables.
Quiero que atrapen a ese cabrón y lo traigan de vuelta a EE.
UU. para que se enfrente a un juicio. Enviarte a ti tras él aumenta al máximo nuestras posibilidades de éxito —Raj le señaló con un gesto—.
Para cualquier otro agente, es solo otra misión más.
Para ti... sí, es personal, es muy jodidamente personal.
No tengo ninguna duda de que le dedicarás el ciento diez por ciento y de que lo conseguirás.
Llamaron a la puerta del solárium.
—Soy yooo —canturreó Tony, el asistente doméstico de Elaine.
—Puedes entrar —dijo ella.
El delgado italiano empujó la puerta con la cadera para abrirla. Llevaba una bandeja reservada para invitados, con un capuchino y unos pasteles dispuestos con esmero.
Con un floreo bastante afeminado, Tony dejó la bandeja sobre el escritorio frente a Raj.
—Pensé que quizá querría probar esta tarta que hice esta mañana. Todavía está calentita, recién salidita del horno.
—Muchas gracias, Tony —dijo Raj—, muy amable de tu parte.
Elaine fulminó a Raj con la mirada mientras este atacaba uno de los pasteles.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidirme? —preguntó ella.
Raj se limpió la boca bigotuda con una servilleta.
—¿Qué te parecen quince minutos?
Un momento después, Elaine estaba de pie en el vestíbulo de su casa, sola y nerviosa, dándole vueltas a qué hacer.
Nada le gustaría más que ver a Giorgio Cattoretti entre rejas de una vez por todas.
Por fin podría volver al servicio activo, al menos a media jornada, y dejar de estar enclaustrada en casa todo el tiempo.
Quizá también la sacaría del limbo en que se encontraba su matrimonio con Nick.
Tal vez Nick volvería a casa si Cattoretti acababa en prisión.
Pero ¿qué pasaba con Tony y los niños? De ninguna manera podía dejarlos aquí desprotegidos mientras ella estaba fuera.
Raj había ofrecido protección del Servicio Secreto las veinticuatro horas, asegurando que asignaría un par de agentes a la casa.
Pero estaban entrenados para proteger a presidentes y primeros ministros.
Si la cosa se ponía fea, ¿de verdad uno de ellos recibiría una bala por el hijo de un compañero agente al que ni siquiera conocían?
Sería imposible localizar a Nick con tan poca antelación.
La última vez que supo de él estaba en una misión encubierta en Filipinas.
De todos modos, el gran Nick LaGrange se subiría por las paredes con la idea de que ella fuera tras Cattoretti, diría que no tenía la experiencia necesaria. Y probablemente tendría razón.
Elaine cruzó el vestíbulo y se asomó discretamente a la cocina.
Tony estaba fregando los platos, y los niños estaban sentados más allá, en la mesa, desayunando, o al menos eso se suponía.
Ryan estaba en su trona, entretenido con uno de sus juguetes de plástico.
Amelia, en su portabebés, chupaba el biberón.
Con solo mirarlos, Elaine sintió que la emoción la desbordaba. Si algo les ocurriera a cualquiera de sus hijos, no podía imaginar vivir un solo día más.
Elaine deambuló por la planta baja de la casa de campo, perdida en sus pensamientos, devanándose los sesos en busca de una solución. ¿En quién confiaba lo suficiente para dejar a sus hijos mientras estaba fuera?
Se encontró de pie en la sala de ejercicios. El saco de boxeo rojo de EVERLAST colgaba del techo, inmóvil.
De repente, tuvo la respuesta.