Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 44 #3
48%

44 #3

Gracias a Dios que se lo había puesto: casi había decidido no hacerlo por miedo a que la hebilla activara el detector de metales.

Enrolló un extremo del cinturón en la mano, lo pasó por encima del cable e hizo lo mismo con el otro extremo.

La puerta a su espalda se abrió de golpe.

Dos guardias irrumpieron a trompicones. Los dos se quedaron paralizados al verlo.

Por un largo instante, los dos estuvieron demasiado sorprendidos para moverse. Contemplaron los marcos vacíos, la cámara destrozada en lo alto y a Viktoria, que seguía tendida boca abajo en el suelo, justo debajo.

—¡No se mueva! —dijo uno de los guardias mientras echaba mano a la pistola.

Giorgio sonrió.

—Do Svidanya —dijo, y se lanzó desde el alféizar hacia la noche.

Giorgio aceleró entre la nieve arremolinada, con el viento helado rugiéndole en los oídos, y vio que las ramas de los árboles venían directas hacia él.

El cable pasaba ahora justo por el centro de la copa.

Cerró los ojos con fuerza y se preparó para el impacto: las ramas le arrancaron las gafas de la cara y le arañaron el cuerpo.

Notó que la pernera del pantalón se le desgarraba y que un zapato salía volando...

pero un segundo después vio el agua negra precipitarse hacia él y entonces, ¡bam! , quedó sumergido.

Aunque había anticipado el impacto de sumergirse de golpe en agua helada, nada lo había preparado para aquello. Su primera impresión fue que alguien había cogido una puerta de madera y le había dado un bofetón descomunal en todo el cuerpo.

Durante el primer segundo o dos, sintió como si el frío le penetrara hasta la médula de los huesos. Literalmente no podía moverse, ni sentía los brazos, las piernas, las manos, los pies: era como si no tuviera cuerpo.

Entonces empezó a sentir un leve hormigueo en los brazos y las piernas.

«¡Muévete!», se gritó a sí mismo, consciente de las burbujas que le salían de la boca. Pero no podía moverse: estaba congelado, aturdido, paralizado. La ropa parecía arrastrarlo hacia el fondo.

Con una tremenda fuerza de voluntad, se obligó poco a poco a empezar a nadar, o a imitar a alguien que intentara nadar: las extremidades le pesaban como si fueran del mismo material que el señuelo de pesca, plomo puro.

Con dos brazadas más, excruciantemente pesadas, logró por fin sacar la cabeza del agua.

El barco estaba a solo unos seis metros. Lexy se inclinaba sobre la proa para cortar el cable.

Ahora que tenía la cabeza fuera del agua, se sentía más vivo, y empezó a nadar frenéticamente.

Oyó a lo lejos lo que parecían disparos, pero no estaba seguro. Entonces algo pasó zumbando junto a la oreja y golpeó el agua justo delante de él.

—¡Date prisa! —gritó Lexy, asomada a la escalerilla.

Algo más pasó zumbando por encima de la cabeza e impactó con un ruido sordo en la proa.

—¡Agáchate! —le dijo a Lexy, pero ella no le hizo caso: se inclinó sobre la escalerilla y alargó la mano hacia él.

Giorgio logró encontrar como pudo el escalón inferior de la escalerilla con el pie entumecido, solo con el calcetín, y Lexy lo ayudó a subir y a pasar por encima de la borda.

—¡Vamos, vamos, vamos! —jadeó, y bajó tambaleándose a la pequeña cabina. Se oyó otro golpe sordo cuando una bala atravesó el casco—. ¡Agáchate! —gritó, mientras Lexy aceleraba el motor y la embarcación salía disparada río abajo.

Los tres rollos de pinturas estaban allí, a salvo y secos, colocados holgadamente dentro de una enorme bolsa de basura de plástico.

Giorgio se quitó la ropa helada lo más rápido posible y se secó vigorosamente con una toalla: todavía no sentía los brazos ni las piernas. Se puso un chándal, zapatillas deportivas y un anorak, procurando no caerse mientras Lexy tomaba el primer desvío previsto del río hacia el canal más cercano.

Giorgio salió gateando de la cabina, se echó la capucha sobre la cabeza y tomó el control del barco.

—¿Nos sigue alguien? —preguntó, volviendo la vista hacia la popa.

—No lo creo —dijo Lexy.

Tenía el rostro tan blanco como la nieve que caía: estaba completamente aterrorizada.

—¡Lo conseguimos! —gritó Giorgio, sin poder dejar de sonreír.

Aceleró a fondo y el barco salió disparado.

Ya estaban en el canal Griboyédov. Giorgio guió la lancha motora a toda velocidad junto a la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, con las coloridas cúpulas de cebolla brillantemente iluminadas por los focos y la nieve arremolinada a su alrededor.

Giorgio estaba eufórico, con una sonrisa de oreja a oreja y el viento frío alborotándole el pelo. Acababa de cometer el mayor robo de arte de la historia, y su nombre pasaría a los libros. No solo eso: iba a ser más rico de lo que jamás había soñado.

¡El Gato había vuelto de verdad!

Lexy estaba agachada en la cabina y enrollaba las pinturas en un cilindro apretado para que cupieran en un tubo de plástico de metro y medio que podía sellarse en ambos extremos para mantenerlas secas.

Giorgio había traído el tubo cuando alquilaron el barco y le había dicho al dueño del puerto deportivo que contenía cañas de pescar.

Atravesaron a toda velocidad el túnel bajo la avenida Nevsky y continuaron por el canal, cruzando con estruendo otro túnel y serpenteando hacia el sureste por el centro de San Petersburgo, rumbo al suroeste.