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San Petersburgo, Rusia
Viernes, 13 de noviembre
16:45 h
—Señoras, señores y niños: el museo cierra en quince minutos —anunció una voz femenina por el sistema de megafonía, y el eco resonó por todo el edificio—. Por favor, diríjanse hacia las salidas.
A continuación, el mensaje se repitió en ruso.
A esa hora, unos cuantos miles de turistas y vecinos de la zona seguían dispersos por el interior del Museo del Hermitage, ya que los viernes eran los días de mayor afluencia.
Los visitantes empezaron a dirigirse hacia las escaleras y las salidas, mientras los guardias del museo repetían cortésmente el anuncio y guiaban a la gente.
A las 16:47 h en punto, un hombre con un portafolio entró por la entrada principal del museo. Era de mediana edad, vestía una chaqueta de tweed gastada con coderas. Tenía bigote y barba, y llevaba unas gafas de cristales gruesos.
Cruzó el elegante suelo de parqué del vestíbulo, a contracorriente de los visitantes que salían del museo, y se acercó al mostrador de seguridad.
—Soy detective del Departamento de Policía de Viena —dijo el hombre en inglés, mostrando una placa—. Necesito ver a Viktoria Kaspórova.
La doctora Kaspórova era la conservadora jefe del museo.
—¿Tiene cita? —preguntó el guardia mientras inspeccionaba la placa.
Decía POLEZEI DETEKTIV FELIX REDDENHURST y mostraba su fotografía.
—No, pero es un asunto policial urgente. Debo ver a la doctora Kaspórova de inmediato.
Le pidieron al detective que pusiera el portafolio en una cinta transportadora para pasarlo por la máquina de rayos X, y que se vaciara los bolsillos.
Dejó en una de las bandejas de plástico un teléfono móvil, algo de cambio, unas llaves y una llave de hotel con un pesado llavero metálico, y luego pasó por el detector de metales.
No sonó.
El guardia echó un vistazo al contenido de la bandeja y luego miró la pantalla con la imagen de rayos X del portafolio: era evidente que había un cuadro dentro. Las únicas piezas metálicas visibles en la pantalla eran los pequeños clavos que sujetaban el lienzo al bastidor de madera.
—Gracias —dijo el guardia, devolviéndole el portafolio.
Señaló hacia la izquierda.
—Las oficinas administrativas están al fondo del pasillo.
Un momento después, el detective se acercó a una joven rubia muy guapa sentada tras un escritorio con el cartel de RECEPCIÓN.
—¿Puedo ayudarle? —dijo ella con un marcado acento ruso.
—Sí, hola. Necesito hablar con Viktoria Kaspórova.
—¿Tiene cita?
Él le mostró la placa de policía.
—No necesito cita.
Viktoria Kaspórova se estaba preparando para irse a casa.
Había sido una semana larga, y había pasado los dos últimos días supervisando el desembalaje de una exposición de arte egipcio cedida por el Museo Británico.
Le dolían los pies horrores y estaba deseando volver a su piso para darse un largo baño caliente.
El intercomunicador sonó justo cuando miraba por la ventana: durante la última hora había empezado a nevar copiosamente, y le daba pavor salir a la calle.
Pulsó el botón del intercomunicador.
—¿Da?
—Viktoria, ¿sigues ahí? —dijo la recepcionista.
—Sí, Inga, ¿qué pasa? —procuró que no se le notara la irritación en la voz.
—Tiene visita. Un tal detective Reddenhurst, de la Policía de Viena.
Viktoria frunció el ceño y miró el reloj: ¡las 16:55, y un viernes por la tarde, nada menos!
¿Es que esta gente no tenía ningún respeto?
La visitaban con bastante frecuencia detectives de varios países europeos, ya que era una experta en arte muy respetada.
Sus consultas siempre eran gratuitas. Cualquiera diría que tendrían la decencia de venir a una hora razonable.
—¿Viktoria? —dijo Inga.
—Sí, sí, hazlo pasar —respondió, mientras su lujoso baño caliente se desvanecía ante sus ojos.
Un momento después, el detective apareció en su puerta.
Llevaba un portafolio en la mano, por supuesto.
Se quedó boquiabierto contemplando el opulento entorno, como hacían la mayoría de los visitantes, absorbiéndolo todo: el escritorio de roble delicadamente tallado, la chimenea con azulejos holandeses, el telescopio antiguo, el reloj de sol en la esquina...
Era impresionante. Aquel espacio lo había ocupado en su día el mismísimo Pedro el Grande.
El detective tenía un aspecto un poco desaliñado, pensó Viktoria, con el pelo despeinado y la chaqueta de tweed arrugada.
Llevaba unas gafas gruesas con cristales tintados de un feo color marrón.
Le recordaba vagamente a aquel detective torpe de la vieja serie de televisión estadounidense... ¿cómo se llamaba?... Colombo.
—¿Puedo ayudarle? —dijo Viktoria, procurando no parecer impaciente.
Era una mujer atractiva, de unos cincuenta años, y hablaba un inglés excelente.
—Soy el detective Reddenhurst —dijo el hombre con un marcado acento alemán.
Mostró la placa, pero ella apenas la miró: ya había pasado por seguridad.
—Lamento presentarme así sin cita previa, pero es un asunto urgente.
«¿No lo son todos?», pensó ella.
—Por favor, tome asiento, detective.
Él apoyó con cuidado el portafolio contra el lateral de la silla y se acomodó.
Con un suspiro, dijo:
—Doctora Kaspórova, me temo que traigo malas noticias.
—¿Noticias? ¿Qué noticias?
El detective abrió la cremallera del portafolio.
—El cuadro de Picasso que tienen en la segunda planta de este museo, el que se titula La bebedora de absenta...
—Sí...
—Lamento informarle de que es falso.
Viktoria parpadeó. Seguramente había oído mal.
—¿Perdón?
Él extrajo con cuidado un cuadro al óleo de tamaño mediano del portafolio.
Ella lo conocía bien: era una copia de una de las piezas más famosas del museo, La bebedora de absenta.
Pablo Picasso lo había pintado a la tierna edad de veintidós años, durante su Período Azul.
Mostraba a una mujer sentada en un café en penumbra, con un vaso de la bebida verdosa sobre la mesa, frente a ella.
La composición tenía apenas un atisbo de la distorsión que más tarde se convertiría en parte del estilo extravagante e inconfundible de Picasso.
—No es una mala copia —dijo Viktoria—. Pero...
—No es una copia, es el original. El que cuelga en la pared de su museo es una copia.
Viktoria no pudo evitar reírse.
—Detective, La bebedora de absenta lleva colgada en la pared de este museo más de cincuenta años...
—Y yo le digo que es una falsificación.
—Eso es absurdo —dijo, ya molesta con aquel pesado.
—¿Cree que me habría tomado la molestia de traer este cuadro desde Viena si no estuviera completamente seguro?
—Detective, resulta que soy experta en Pablo Picasso: su obra fue el tema de mi tesis doctoral. Puedo asegurarle que el cuadro que tenemos expuesto aquí es La bebedora de absenta original, y este que me está mostrando —señaló la pintura con desdén— es una falsificación, y no muy buena, por cierto.
—Puedo entender que le cueste aceptar una verdad tan desagradable, pero le aseguro que esta pintura es la original y la pintó Pablo Picasso en 1903. Un ladrón al que llevamos persiguiendo más de dos años la sustituyó hace poco.
Viktoria soltó una risita.
—¿Está intentando decirme que alguien entró en el museo con una copia y la intercambió en las narices de nuestro personal?
—Eso es exactamente lo que le estoy diciendo.
—Eso es un completo disparate —dijo, ahora visiblemente enfadada—. Tenemos sistemas de seguridad de última generación, personal altamente cualificado...
—Sea como sea, el cuadro que usted cree original es una falsificación —el detective se encogió de hombros—. Fin de la historia.
Viktoria se levantó bruscamente del escritorio, con las mejillas encendidas. ¡La arrogancia de aquel hombre era increíble! Señaló el cuadro que él sostenía.
—¡Puedo demostrar que esta burda obra suya es una falsificación en menos de cinco segundos! En el reverso del original, Picasso pintó...
El detective giró el cuadro para que Viktoria pudiera ver el reverso del lienzo. Allí estaban las mismas manchas de pintura azul y amarilla que había en el reverso del original, donde Picasso había tapado otra pintura con la que no había quedado satisfecho.
—Eso... ¡eso no demuestra nada! —farfulló Viktoria—. El reverso del original podría haberse copiado tan fácilmente como el anverso. Hay numerosas fotografías publicadas de ambos lados del cuadro.
Él se limitó a sonreír.
—Deme eso —espetó, y se levantó de la silla.
Él se lo entregó.
Lo colocó plano sobre el escritorio y lo examinó más de cerca. Las pinceladas no eran las correctas... ni tampoco los colores. Aquello no era obra de Picasso. El craquelado estaba ahí... pero eso era bastante fácil de falsificar. Lo levantó, le dio la vuelta e inspeccionó los largueros...
Los clavos eran del mismo tipo que se usaba en aquella época.
Y el propio lienzo... la composición de la tela también parecía correcta.
Viktoria llevó la mano a una esquina del reverso. Con mucho cuidado, rascó la pintura con la uña, se llevó el dedo a la nariz y olió.
Humo de tabaco.
Empezó a sentir pánico. Si aquel era el original de La bebedora de absenta y una falsificación había estado colgada en su lugar en la pared de aquel museo durante Dios sabía cuánto tiempo... Solo podía imaginar el escándalo... los titulares en los periódicos...
¿Y qué pasaba con los demás cuadros del museo? ¿Cuántos de ellos habían sido sustituidos también por falsificaciones?
Viktoria veía su carrera arder ante sus propios ojos... perdería el trabajo... su credibilidad quedaría destruida. Su ilustre posición como una de las máximas autoridades mundiales en arte se habría acabado.
El detective dijo:
—Como conservadora jefa de este museo, es natural que tenga dudas, Dra. Kaspárova, pero créame, el cuadro que está mirando ahora mismo es el original de La bebedora de absenta.
Lo sustituyeron en este museo en algún momento del último año.
El ladrón ha conseguido mantenerse un paso por delante de nosotros, pero hace dos días lo acorralamos y casi lo atrapamos.
Se nos escurrió entre los dedos, pero no salió limpio: dejó este cuadro atrás.
Ha hecho lo mismo en varios museos de Europa.