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Giorgio Cattoretti pasó los días siguientes debatiéndose entre pensar que había hecho lo «correcto» y pensar que debería matarla de una vez y buscar a otra persona para pilotar la lancha de huida.
Pero no le gustaba la idea de matar a una mujer embarazada.
Lexy debía de haberlo intuido de algún modo; en parte por eso se mostraba ahora tan atrevida.
Y aunque la matara, tendría que abandonar Chipre, buscar un nuevo escondite, empezar de cero.
Le había cogido cariño a su villa y a su vida tranquila allí.
Albergaba la esperanza de que, si el atraco salía tan bien como había planeado, podría vender las pinturas y volver allí con unos quinientos millones de euros a buen recaudo en una cuenta suiza.
Giorgio Cattoretti se llevaría el mérito del atraco y pasaría a la historia, mientras él seguiría viviendo bajo su nueva identidad de Xavier Dente, con la que cada vez se sentía más a gusto.
Compraría discretamente casas y villas por todo el mundo y podría usar aquella hermosa casa de Chipre como base.
Un día revelaría al mundo que él, Xavier Dente, era en realidad el legendario Giorgio Cattoretti, y disfrutaría de la fama en un momento en que ya sería demasiado viejo para preocuparse por la cárcel.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, decidió que quizás el embarazo de Lexy tenía que ser así.
Había precipitado un poco la planificación del atraco, ansioso por volver a la acción y hacer historia.
Ya no le preocupaba el robo en sí de las obras maestras ni la huida del museo; estaba bastante seguro de que su plan funcionaría.
Pero la Fase II, como él la llamaba —la venta de las pinturas a los rusos— necesitaba más desarrollo.
No la había planificado con tanto detalle como le habría gustado.
Esta segunda fase dependía en gran medida de cómo reaccionaran al robo la dirección del museo, el gobierno ruso y la aseguradora, algo difícil de predecir, y en parte por eso no había hecho una planificación más detallada.
Ahora tenía tiempo para sopesar distintos escenarios y cómo reaccionar ante cada uno.
Una cosa era segura: si esa zorrita astuta pensaba que iba a tratarla como si fuera de porcelana solo porque estaba embarazada, iba lista.
Le dijo que esperaba que siguiera cocinando y limpiando para él como antes, y satisfaciéndolo en la cama también, hasta el momento en que el maldito crío le saliera del vientre.
Lexy, hay que reconocerlo, no parecía esperar ningún trato especial.
Al día siguiente, todo volvió a la normalidad: cocinaba, mantenía la casa y se acostaba con él, aunque de forma más suave y contenida que antes.
Giorgio la llevaba cada dos semanas a un ginecólogo de Nicosia para las revisiones, en el lado turco, en la misma clínica donde le habían operado la pierna.
Él y Lexy tuvieron una acalorada discusión sobre dónde debería nacer el bebé: Lexy quería que naciera en este lado de la isla, el lado turco, por miedo a que su familia se enterara si nacía en el lado griego.
—Es una isla muy pequeña —dijo ella.
—Tarde o temprano se van a enterar, de todos modos —argumentó Giorgio—. Además, ¿de verdad quieres que tu bebé nazca en este no-país? Si nace en el lado griego, automáticamente será ciudadano de la UE, igual que tú, y podrás llevártelo a vivir donde quieras en Europa.
Esa última frase había zanjado el asunto. Lexy tenía poca experiencia con ese tipo de cosas, y de hecho le agradeció que se lo señalara.
Pero a medida que pasaban las semanas, la ira que sentía hacia Lexy no se le iba.
Se enquistaba. Un día se dio cuenta de que la rabia que había sentido el día en que descubrió que estaba embarazada era la mayor que había experimentado en años...
la última vez que se había cabreado tanto fue la noche en que descubrió que la zorra del Servicio Secreto, Elaine Brogan, lo había traicionado.
De verdad había creído que había «captado» a Elaine Brogan, que ella iba a usar todos sus conocimientos antifalsificación para ayudarlo a perfeccionar sus falsificaciones...
pero luego, en el último momento, ella lo había engañado y destruido.
No solo había destruido su operación de falsificación, sino que lo había tirado por un acantilado de una patada, lo había desfigurado y lo había dejado tuerto de por vida.
El cambio inesperado de Lexy le había recordado dolorosamente la traición de Elaine Brogan y su necesidad de vengarse de ella.
Esto le planteaba un problema. Si intentaba vengarse de Elaine antes del robo, podrían atraparlo y su sueño de hacer historia en el crimen artístico y ganar una cantidad asombrosa de dinero se desvanecería.
Por otro lado, si esperaba hasta después del robo, quizá no se vengara nunca; cabía la posibilidad de que las cosas salieran mal en Rusia. Incluso podría morir.
Y de ninguna manera iba a morirse dejando que Elaine se saliera con la suya.
Solo había una solución. Lo que necesitaba era combinar de algún modo el robo en el Museo del Hermitage con su venganza contra Elaine Brogan... pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.
El primer paso sería localizar a Elaine y averiguar qué andaba haciendo.