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Durante toda una semana después de que Giorgio y Lexy regresaran a la villa de Chipre, Giorgio pasó seis o siete horas al día en cibercafés, investigando, pensando, maquinando, dándole vueltas a una idea tras otra sobre cómo entrar en la Sala Picasso.
Las descartó todas.
Aun así, cuanto más investigaba, más convencido estaba de que la Sala Picasso del Museo del Hermitage en San Petersburgo, Rusia, era la elección perfecta.
Sí, era un hueso duro de roer, pero siempre le habían gustado los desafíos.
Además, estaba planeando un atraco histórico, y robar una sala entera de pinturas de Picasso tendría mucha más repercusión mediática que llevarse unos cuantos Picassos y unos cuantos Van Goghs de cualquiera de los otros museos.
Esto último parecería más aleatorio, peor planificado, menos espectacular.
Llevarse la colección completa de Picassos de un museo —¡bum!
¡Quince obras maestras, todas de un solo golpe!
— eso por sí solo era fenomenal. Esa colección de Picassos era uno de los tesoros nacionales de Rusia, y sin duda la recomprarían.
El hecho de que también sería el mayor robo de arte de todos los tiempos...
bueno, Giorgio no tenía la menor duda de que pasaría a la historia.