Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 29
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Giorgio se despertó a la mañana siguiente de mal humor.

Cuando salió a la sala de estar, vio que la puerta de la habitación de Lexy seguía cerrada.

Se preguntó si ella sabría que había vuelto con la rubia la noche anterior.

Francamente, no le importaba.

Se preparó un café filtrado con la pequeña máquina que había en la habitación, y mientras lo bebía, repasó todos los datos que había recopilado durante las últimas dos semanas.

Ninguno de los museos le daba inspiración para llevar a cabo el gran robo que estaba planeando.

O tenían demasiada seguridad o las pinturas que quería —los Picassos y los Van Goghs— estaban demasiado dispersas dentro de los edificios y sería difícil llevárselas todas de una vez.

Se sentó y comenzó a hojear El Manual de Delitos Artísticos. Ya lo había leído casi todo en línea, en Chipre, pero no había querido imprimir una copia allí por razones de seguridad.

En realidad no era de mucha ayuda, pero le había hecho pensar en el Museo del Hermitage, en San Petersburgo, Rusia.

El manual estaba escrito por un detective ruso de delitos artísticos y, a modo de ejemplo, incluía información sobre los sensores del Museo del Hermitage.

Sin embargo, el libro ya tenía cinco años y probablemente estaba desactualizado.

Aun así, la información sobre el Museo del Hermitage era intrigante. El museo tenía una sala que albergaba quince obras maestras de Picasso, y solo quince obras maestras de Picasso —no había otras pinturas en la sala. De hecho, se llamaba la Sala Picasso.

Pero el museo estaba en Rusia, y eso ponía nervioso a Giorgio.

Era reacio a viajar a ese país, incluso con un pasaporte falso y disfrazado.

La mafia rusa probablemente todavía lo estaría buscando.

Era el territorio de Yuri Zubov, y Zubov estaba en la cima, uno de los mafiosos más poderosos del país.

Siempre tenía presencia en el aeropuerto de San Petersburgo, vigilando a la gente que entraba y salía.

Sin embargo, era tentador. El Museo del Hermitage era virgen —nunca lo habían atracado—, ningún gran robo de arte se había llevado a cabo allí, ni siquiera se había intentado.

Giorgio se había estado preguntando por qué.

Por supuesto, parte de la razón era que hasta 1991 el museo había estado bajo el control de la Unión Soviética, que estaba cerrada al resto del mundo.

Ningún ciudadano soviético en su sano juicio habría intentado robar nada de ese museo: los seguros no existían, y no había gente rica a quien vender obras de arte robadas salvo los altos cargos del Partido Comunista, que no tenían motivo para comprarlas.

Simplemente «tomaban prestadas» pinturas de los museos cada vez que querían decorar sus lujosos apartamentos y dachas.

Aun así, después de la caída de la Unión Soviética en 1991, tampoco había habido intentos de robo. Esto era bastante sorprendente, ya que el museo era un auténtico cofre del tesoro repleto de obras de arte de valor incalculable de todo tipo, no solo pinturas al óleo.

Giorgio decidió que la única manera de evaluar realmente la situación era visitar el museo en persona, y necesitaba que Lexy lo acompañara y memorizara el interior.

Ya sabía, tras consultar la página web del museo, que las cámaras y la fotografía estaban terminantemente prohibidas y que la seguridad era muy estricta.

Tenía que arreglar las cosas con Lexy.

Unos minutos más tarde, la puerta que comunicaba las habitaciones se abrió y apareció Lexy. Llevaba una de las esponjosas batas blancas del hotel y unas zapatillas a juego.

Le dio los buenos días a Giorgio con una amabilidad que lo sorprendió, y luego miró hacia la cafetera.

—¿Te importa si me sirvo una taza?

—No, claro que no —dijo él—. Deja que te la prepare.

Le desconcertaba un poco que ella no estuviera molesta por lo de la noche anterior, o al menos no lo parecía.

Mientras se la entregaba, dijo:

—Lexy, quiero pedirte disculpas por lo que pasó. No debería haber hecho lo que hice, fue insensible por mi parte.

—¿Hecho qué? —dijo ella, dando un sorbo al café—. Está bueno, gracias.

Lo miró sin comprender, esperando a que respondiera.

—Invitarte a unirte a mí con esa chica para un trío...

—Ah, eso —dijo ella, algo avergonzada—. La marihuana me dejó el cerebro hecho un lío. ¿Fui grosera? Apenas recuerdo lo que dije.

Volvió a dar un sorbo al café.

Giorgio no sabía qué decir. Tal vez ella era mucho más liberal de lo que había pensado.

—¿Te gustaría venir conmigo a Rusia un par de días?

—¿Rusia? —dijo ella, sorprendida.

—Sí, hay un museo en San Petersburgo que quiero investigar.

—¡Por supuesto que me gustaría ir!

Unos minutos más tarde, Lexy regresó a su habitación para ducharse, con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

El huracán por fin había estallado en su interior, pero para su sorpresa, se transformó y resultó ser manso como un cordero.

Por fin había actuado, una acción discreta que sin duda pondría fin a aquella situación insoportable.

San Petersburgo, Rusia

La ciudad de San Petersburgo, o Leningrado, como se la conocía en tiempos soviéticos, tiene un sabor marcadamente europeo.

Los muelles de piedra que bordean su laberinto de canales y ríos están flanqueados por edificios de los siglos XVIII y XIX, con magníficas fachadas de estilo francés e italiano pintadas en tonos pastel rosa, amarillo y azul.

Esto no es casualidad: cuando Pedro el Grande fundó la ciudad en 1703, contrató a los mejores arquitectos europeos para diseñarla.

En un principio, el poderoso zar no permitió que se construyeran puentes, pues imaginaba su idílica metrópolis como una segunda Ámsterdam, con sus sofisticados ciudadanos desplazándose en barco.

Esto acabó resultando poco práctico. Tras la muerte de Pedro, se erigieron docenas de puentes.

Hoy la ciudad cuenta con más de ochocientos, muchos de los cuales son maravillas arquitectónicas en sí mismos.

Xavier y Lexy se alojaron en el Hotel Astoria, un establecimiento de cinco estrellas situado a solo unas manzanas del Museo del Hermitage.

Sus habitaciones, comunicadas entre sí, daban a la plaza de San Isaac.

Era una ciudad preciosa, pero Lexy se sentía inquieta por estar en Rusia, sin saber muy bien por qué.

Xavier también parecía algo tenso, pensó.

Cenaron en el restaurante del hotel y a la mañana siguiente estaban en el museo justo después de las diez, cuando abría sus puertas.

Era espectacular. Ubicado en el Palacio de Invierno, antigua residencia de los monarcas rusos, albergaba más de tres millones de piezas de arte. Xavier le dijo a Lexy que si un visitante dedicara solo diez segundos a cada pieza, le llevaría más de diez años ver la colección completa.

Durante el desayuno, también le dijo a Lexy que quería que memorizara todo sobre la Sala Picasso hasta el último detalle: paredes, suelos, techo, puertas, ventanas... todo.

Un lado del museo daba al río Neva, del que lo separaban únicamente una concurrida calle de cuatro carriles y las aceras del malecón.

Mientras Giorgio y Lexy se acercaban a la entrada principal, él miró por encima del hombro hacia el río y recordó uno de los famosos robos de arte que había leído.

En el año 2000, tres ladrones enmascarados y armados entraron en el Museo Nacional de Suecia en Estocolmo y se llevaron un Rembrandt y dos Renoirs; huyeron en una lancha rápida.

El tráfico era denso y lograron escapar sin problemas.

Giorgio y Lexy entraron en el vestíbulo. Tras comprar las entradas, tuvieron que pasar por un detector de metales para acceder al museo. El bolso de Lexy pasó por una máquina de rayos X, como en el aeropuerto.

Había dos guardias con uniforme de faena. Uno de ellos llevaba una metralleta colgada del amplio pecho.

Eso lo explica todo, pensó Giorgio.

En todos los demás museos que habían visitado, los guardias eran muy discretos, iban de traje, y solo había visto a un par de ellos con pistolas pequeñas.

—¿Por qué tanta seguridad? —preguntó Lexy.

—Terroristas chechenos, supongo —susurró Giorgio—. Este tipo de sitios son su objetivo favorito.

Fue un largo recorrido hasta la Sala Picasso.

Primero tuvieron que atravesar la extensa Sala del Antiguo Egipto, con interminables vitrinas de pequeñas esculturas y sarcófagos, y gigantescas estatuas de granito negro.

Después subieron por la escalera principal, de peldaños de granito con suave pendiente, flanqueada por pilares macizos y relucientes espejos dorados.

—Este lugar es increíble —dijo Lexy.

Al llegar a la segunda planta, pasaron por las salas Renoir, Monet, Rodin, Gauguin y Matisse hasta llegar finalmente a la Sala Picasso.

Había quince obras maestras de Picasso expuestas en las cuatro paredes. Una de ellas tenía tres ventanas arqueadas que daban al río Neva. Había una puerta de entrada y otra de salida. Giorgio observó que ambas podían cerrarse desde dentro con cerrojos incorporados en los pomos.

Un guardia de seguridad canoso entró en la sala y miró a Giorgio, luego a Lexy.

Al recorrer las otras salas, habían pasado junto a varios estudiantes de arte sentados en pequeños taburetes plegables, dibujando bocetos de las obras maestras.

En esta sala también había uno: tenía el pelo largo, rubio y despeinado, y parecía bastante sucio.

Estaba sentado en una esquina, esbozando un dibujo.

Giorgio se puso las manos a la espalda y señaló con la cabeza el cuadro más cercano, titulado La bebedora de absenta. Mostraba a una mujer de aspecto desolado sentada a una mesa de mármol en un café sórdido, con un vaso y una botella de absenta delante.

—¿A qué período de Picasso pertenece esta obra? —le preguntó Giorgio a Lexy para ponerla a prueba.

—¿El Período Azul?

Giorgio le sonrió.

—Muy bien. Picasso pintó este cuadro durante su segundo viaje a París, cuando solo tenía veintidós años.

En el cuadro, la mujer se sostenía la barbilla con la mano izquierda, mientras la derecha le rodeaba el brazo y el hombro izquierdos de forma casi grotesca.

—Ya se aprecia el estilo de Picasso, aunque entonces era solo un principiante.

—Sí, es cierto.

El guardia los observaba y escuchaba, y parecía entender lo que decían.

—¿No es así? —preguntó Giorgio.

—Da, da, pravilno —dijo, visiblemente impresionado.

Por supuesto, todo lo que Giorgio había dicho estaba escrito en la placa bajo el cuadro, y también aparecía en la página web del museo, que había estudiado en Ámsterdam. Conocía todos los cuadros de la sala por su nombre, y sabía cuándo y dónde los había pintado Picasso.

El guardia se alejó, dio una vuelta por la sala y pasó a la siguiente.

Giorgio se sintió aliviado. Miró a Lexy, pero ella ya se había dado la vuelta. Por su mirada concentrada, supo que estaba absorta memorizando detalles.

Recorrió la sala y se detuvo más de cinco minutos frente a cada cuadro.

Sin embargo, no veía lo que miraba: también estaba grabándose en la mente todos los detalles de la sala.

Solo parecía haber una cámara, sujeta al techo en la esquina a la derecha de las ventanas.

Los techos medían al menos cuatro metros y medio.

El único mobiliario era una silla para el guardia y un sofá muy bajo sin respaldo.

Sería imposible alcanzar la cámara.

Las ventanas eran del típico estilo ruso de doble cristal para aislar del frío.

Giorgio se acercó para verlas mejor. Justo cuando llegó a las ventanas, entró otra guardia en la sala, una mujer de mediana edad.

Se quedó cerca de él, claramente recelosa de que mirara por la ventana en lugar de los cuadros. Él se acercó aún más a la ventana a propósito, con la vista fija en el río y el horizonte.

Se volvió y la miró, fingiendo reparar en ella solo en ese momento.

—Disculpe, ¿eso de allí es la Fortaleza de Pedro y Pablo? —preguntó, señalando.

—Da —murmuró ella.

—Qué vista tan maravillosa desde aquí.

Ella no respondió; se limitó a quedarse allí observándolo, como si esperara que volviera al centro de la sala. Probablemente no había entendido nada salvo los nombres Pedro y Pablo.

Giorgio sonrió y volvió hacia el cuadro de La bebedora de absenta. Ladeó la cabeza como si estudiara la técnica, sacó la libreta y fingió tomar algunas notas.

Ya había decidido que ese era el lugar.

Sí, la seguridad era muy estricta, y sí, acceder a esta sala sería complicado, al estar en la segunda planta.

Pero el río le proporcionaría la huida perfecta.

Daría el golpe en otoño, justo antes de que el río empezara a helarse, a la hora del cierre, a las cinco de la tarde.

Para entonces ya habría oscurecido, y él y los cuadros desaparecerían en una lancha rápida por el laberinto de canales que forman San Petersburgo.

Para cuando la policía pudiera siquiera empezar a movilizarse, él y los cuadros ya estarían muy lejos.