28
Cuando Giorgio decidió volver al Barrio Rojo, temía que al llegar al edificio de la «colegiala» encontrara las cortinas cerradas. Una chica tan atractiva no estaría disponible mucho tiempo.
Aunque, por otro lado, probablemente era muy cara. Su edificio quedaba alejado de las calles más concurridas.
Giorgio sintió alivio al encontrarla todavía de pie tras el escaparate. Ella se animó al verlo acercarse y abrió la puerta.
—¿Dónde está tu bonita amiga? —dijo, mirando más allá de él—. ¿Es tímida?
—Algo así —murmuró Giorgio.
Ella estudió su rostro con interés.
—Me gusta ese parche en el ojo —dijo, sonriendo. Tenía acento ruso. En tono burlón, añadió—: ¿Es de verdad o solo un disfraz? Me pone.
Xavier apenas la escuchaba, recorriéndola con la mirada, ansioso por tocarla.
—¿Cuánto por dos horas? —preguntó con la garganta seca de deseo.
Ella miró su costosa chaqueta Brioni.
—Quinientos euros.
—No es suficiente.
La chica se encogió de hombros.
—Mira, si no te gusta el precio... ¿qué has dicho?
—He dicho que no es suficiente. Te pagaré mil euros, y quiero que me folles como si fuera el último hombre en la tierra.
Ella pareció asombrada, pero poco a poco una sonrisa le fue iluminando el rostro.
—Me gusta tu estilo.
Después, Giorgio apenas podía caminar. Ella se dejó puesta la minifalda todo el tiempo, lo que lo hizo todo aún más erótico. Lo que hicieron con el columpio requirió más acrobacias de las que él estaba acostumbrado a hacer.
Cuando regresó al hotel, vio que la puerta comunicante seguía cerrada. Lexy probablemente seguía enfadada con él, pero que le dieran a la desagradecida. ¿Cómo se atrevía a dárselas de superior cuando él la estaba llevando de viaje en primera clase por toda Europa?
Pronto cayó en un sueño profundo y sin sueños.
Lexy se quedó despierta toda la noche. Cuando descubrió que Xavier había vuelto a salir, se enfureció tanto que quiso destrozar todos los muebles de la habitación. Se preguntó si habría planeado aquel «trío» desde el principio y le habría dado la marihuana pensando que le «abriría la mente».
¿Acaso no entendía que no quería compartirlo con nadie, que la sola idea de que se acostara con otra mujer era como una puñalada en el corazón?
«Las personas maduras se centran en lo que tienen, no en lo que no tienen».
¡Menuda sarta de tonterías! No había nada de «infantil» en no querer compartir a la persona que amabas con nadie, y menos de forma tan íntima.
Iba y venía por la habitación con uno de los albornoces del hotel, furiosa.
Estaba harta de ser la dulce y callada Lexy, la mosquita muerta que se dejaba mangonear.
Había un huracán rugiendo en su interior, y un día sus vientos arrasadores estallarían y se llevarían a Xavier Dente por delante como a un árbol arrancado de raíz.