Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 27
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Las dos semanas siguientes fueron como un torbellino para Lexy. Era como si fueran el señor y la señora Dente en su luna de miel.

Xavier y ella visitaron cinco museos más en cinco países europeos diferentes: Francia, España, Bélgica, Holanda y Suiza.

También aprendió mucho. Xavier sabía mucho más sobre arte de lo que había dejado entrever. Mientras inspeccionaban discretamente cada uno de los museos, él la entretenía con un sinfín de historias sobre los artistas y sus obras.

Asimiló muchos detalles jugosos sobre estos hombres famosos, algunos perturbadores: que Vincent Van Gogh vivió toda su vida en la pobreza, acabó enloqueciendo y se cortó la oreja en un acto de desesperación; que Picasso era un hombre de negocios tan astuto que, en cuanto se hizo famoso,

empezó a pagar todo con cheques, sabiendo que la mayoría de los comerciantes querrían conservar la copia de su firma y nunca los cobrarían; y que Paul Gauguin, después de abandonar a su esposa e hijos y mudarse a Tahití para pintar,

mantuvo relaciones sexuales con varias menores y tuvo un hijo con una niña de 14 años.

Pero Lexy también aprendió mucho sobre el arte en sí, en particular sobre los artistas del siglo XIX, que eran los que más interesaban a Xavier.

Cuando se acercaban al final del viaje, Lexy no solo podía mirar cualquier pintura famosa del siglo XIX y decir quién la había pintado, sino también identificar a qué «período» o fase de la carrera del artista pertenecía: el Período Azul de Picasso, el Período Neoimpresionista de Pissarro, etcétera.

Esto hizo que Lexy se sintiera más sofisticada y aumentó su confianza en sí misma.

Tras haber vivido toda su vida en un pequeño pueblo de Chipre y haber recibido educación en casa, se sentía insegura respecto a su formación y su conocimiento del arte y la cultura.

Xavier le había enseñado bastante, aunque no estaba segura de que él siquiera se diera cuenta.

Lo mejor de este viaje fue que su predicción romántica sobre Xavier y ella se había hecho realidad, al menos hasta cierto punto: sin duda se habían acercado más.

Alejarse de Chipre y de su villa había cambiado su relación de manera positiva, y él la trataba más como a una novia que como a una sirvienta pagada.

A menudo le cogía la mano o la rodeaba con el brazo mientras caminaban por la acera, y en general era mucho más afectuoso de lo que había sido antes.

Aun así, cuando estaban en los hoteles por la noche, su comportamiento no había cambiado.

Siempre reservaba dos habitaciones separadas con puerta comunicante y le contaba al recepcionista la ridícula mentira de padre e hija, que ella estaba segura de que nadie se creía.

Cada vez que se acostaba con ella, se levantaba después y volvía a su habitación, o le pedía cortésmente que fuera a la suya.

Lexy no protestaba; se decía a sí misma que debía ser paciente. Aquello era un progreso, y creía sinceramente que él acabaría amándola.

La última parada de su recorrido por los museos fue Ámsterdam, Holanda.

Cuando su avión aterrizó en el Aeropuerto de Schiphol, era primera hora de la mañana.

Lexy estaba tan cansada que, después de subir a la limusina que los llevaría al hotel, se quedó dormida.

Apenas podía seguir el ritmo de Xavier. Él parecía tener una energía ilimitada, y no solo para inspeccionar los museos.

La despertó la mano de él bajo su falda.

Un momento después, su dedo estaba dentro de ella.

Con la mano libre, cerró de golpe la mampara que los separaba del conductor y la tomó bruscamente, allí mismo en la limusina.

Xavier había hecho esto varias veces durante el viaje.

A Lexy le gustaba, aunque le molestaba saber que el conductor podía oír sus gemidos incontrolables y que llegaba al hotel un poco despeinada.

—No te preocupes —se rio Xavier—. Estos conductores están acostumbrados.

El hotel en el que se alojaron en Ámsterdam, el Grand Hotel Krasnapolsky, era antiguo y magnífico. Sus habitaciones comunicantes daban a la Plaza Dam y tenían vistas al Palacio Real, situado en el lado opuesto.

En cuanto deshicieron las maletas, tomaron un tren a Róterdam y visitaron el Museo Kröller-Müller, el último museo de su lista. Xavier hizo su rutina habitual de contar historias, pero algo parecía preocuparle.

Cuando terminaron y caminaban por la acera, ya fuera del museo, Lexy le preguntó qué le pasaba.

—No lo sé —murmuró, echando un vistazo por encima del hombro hacia la entrada—. Este era el último museo que quería inspeccionar, y la verdad es que ninguno me parece del todo adecuado. Quizá se me ocurra algo cuando le dé vueltas a todo, después de volver a Chipre.

Volver a Chipre y a su antigua rutina era lo último en lo que Lexy quería pensar.

A la mañana siguiente, Xavier estaba de mejor humor.

—Quedémonos aquí una noche más —dijo—. Quiero enseñarte Ámsterdam.

Eran las mejores noticias que Lexy podría haber escuchado.

El resto del día fue como un sueño maravilloso.

Hicieron un recorrido en barco por el canal, luego alquilaron un par de bicicletas y recorrieron todo el centro de la ciudad.

Esquivar todas las demás bicicletas fue todo un desafío, por no hablar de los tranvías, pero Lexy se acostumbró rápidamente.

Pedalearon a lo largo de los canales, contemplando las encantadoras casas holandesas estrechas, las casas flotantes, las iglesias medievales.

Recorrieron el Vondelpark y tomaron capuchinos en un encantador café al aire libre en pleno centro del parque, y luego pedalearon hasta el Museo Van Gogh.

—Este no está en mi lista —dijo Xavier mientras encadenaban las bicicletas—, pero merece la pena verlo.

Y vaya si lo era. Ahora que Lexy sabía mucho sobre Vincent Van Gogh, lo asimiló todo con avidez: el museo tenía 600 piezas suyas, 400 pinturas y 200 dibujos, y abarcaba todas las fases de la difícil y atribulada vida del artista.

Xavier le habló de un famoso robo en el que sustrajeron 20 pinturas, incluida una de las primeras obras de Van Gogh, Los comedores de patatas.

El atraco se ejecutó de manera chapucera, y recuperaron todas las pinturas de un coche abandonado 30 minutos después, aunque tres de ellas quedaron gravemente dañadas.

—Aficionados —murmuró Xavier—. Un profesional trata cada obra de arte con guantes de seda.

Después de devolver las bicicletas a la tienda de alquiler, caminaron de la mano a lo largo del canal Damrak de regreso al hotel.

—¿No es terrible pensar que Vincent nunca supo lo famoso que llegaría a ser, ni que alguien apreciaría algún día sus pinturas? —dijo Lexy.

—Sí que lo es —dijo Xavier con un suspiro. Con una mirada que ella no pudo descifrar del todo, añadió—: Era un hombre verdaderamente grande, un gigante. Estaba dejando una huella indeleble en la historia de la humanidad, y nunca lo supo.

Se animó y dijo:

—Después de cenar te llevaré a uno de los coffee shops. No puedes venir a Ámsterdam sin ir a uno de esos.

—¿Qué es un «coffee shop»?

—Es un café donde puedes fumar marihuana. Legalmente. —Señaló a un grupo de mochileros desaliñados que pasaban por allí—. Por eso viene la mitad de los turistas a Ámsterdam. Eso y el Barrio Rojo.

Lexy no estaba muy entusiasmada con ir a un «café de marihuana», pero supuso que si Xavier pensaba que era buena idea, seguro que sería divertido.

Antes, sin embargo, fueron a un cibercafé donde Xavier imprimió un documento extenso que había descargado de una web pirata.

Después fueron a una copistería y lo mandó encuadernar con una cubierta negra lisa.

Lexy notó que, antes de entregarle el documento al empleado, Xavier arrancó la portada y la rompió en trocitos, y cuando salieron, arrojó los restos al canal.

—¿Qué es ese libro? —preguntó Lexy—. Si no es indiscreción.

Él se lo pasó.

Lexy hojeó las primeras páginas. En el encabezado de cada una aparecían las palabras El Manual de Delitos Artísticos.

Soltó una carcajada de sorpresa.

—¿Existe un manual que te enseña a cometer delitos artísticos?

Xavier se rio entre dientes.

—No, es un manual para detectives de delitos artísticos y personal de museos, que les explica cómo prevenir los delitos artísticos.

—Oh. Oh.

Lexy sonrió.

—Muy ingenioso.

Estaba anocheciendo cuando salieron hacia el café de marihuana, y Lexy aún se sentía algo llena después de la cena. Se llamaba The Grasshopper y, según Xavier, era uno de los cafés más grandes y populares de ese tipo en Ámsterdam.

Estaba en un enorme edificio antiguo justo enfrente de la estación central, a orillas del canal Damrak.

Al entrar, el olor empalagoso y dulzón de la marihuana le inundó la nariz a Lexy y le recordó de inmediato a su hermano menor: conocía bien ese olor.

El lugar estaba repleto de turistas, casi todos jóvenes, y la mayoría parecía estar bebiendo cerveza a grandes tragos en lugar de fumar. A ella le pareció un bar cualquiera.

—Bajemos —dijo Xavier, y descendieron un tramo de escaleras hacia el sótano. Había una barra, pero sin botellas de licor detrás. Xavier se acercó. Un joven de piel oscura con una montaña de rastas alzó la vista hacia ellos y se quedó mirando el parche de Xavier.

—Eh, ¿qué les pongo? —dijo, lanzando una mirada inquieta a Lexy.

Entonces Lexy reparó en un menú en la pared. Mostraba todos los tipos de marihuana que ofrecían. ¡Hasta tenían nombres de marca! Northern Lights, Bubble Gum, White Widow, Holland Hope, Jock Horror, Hawaii Skunk...

«Esto es muy raro», pensó Lexy.

Echó un vistazo al sótano. Sonaba música relajante y había una docena de personas colocadas repartidas por el local, algunas dándole al «bong», como el que había encontrado una vez en la habitación de su hermano.

—¿Qué tipo recomienda para un principiante? —preguntó Xavier.

El joven detrás de la barra se encogió de hombros.

—La Bubble Gum da un colocón bastante suave.

Xavier compró una bolsa de aquella cosa de aspecto extraño, junto con papel de liar. Volvieron arriba y se sentaron a una mesa junto a uno de los grandes ventanales, con vistas al canal.

Lexy observó a Xavier pelearse con el papel. Le costó tres intentos liar un cigarrillo medio decente, y aun así no quedó muy bien armado.

—Como puedes ver —se rio entre dientes—, no tengo mucha experiencia en esto.