Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 27 #2
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Se lo pasó. Lexy vaciló, mirando a su alrededor.

—No sé si quiero probarlo.

Xavier se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Ya sabes lo que dicen: «Donde fueres, haz lo que vieres».

Se lo encendió. En cuanto inhaló, Lexy empezó a toser.

—Tienes que intentar retenerlo, no lo fumes como un cigarrillo.

—Oh.

Lexy lo intentó de nuevo, reprimió una tos, retuvo el humo en los pulmones unos segundos y lo soltó. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

Le pasó el porro, pero Xavier lo rechazó con un gesto.

—Eh —protestó ella, sorprendida—. Eso no es justo.

—Yo nunca fumo eso. No me hace ningún efecto, solo me da dolor de cabeza.

Lexy se rio.

—¿Estás intentando colocarme para aprovecharte de mí?

Xavier se rio.

—Venga, fúmalo conmigo.

Él dio una calada, la retuvo y la soltó, negando con la cabeza.

—Una pérdida de tiempo.

Ahora Lexy sentía curiosidad por saber qué efecto se suponía que tenía. Miró a su alrededor: había varias personas fumando, y se reían un poco, pero por lo demás parecían normales.

Lexy dio otra calada larga, la retuvo, y luego otra, y otra.

—A mí tampoco me hace ningún efecto —dijo, y dejó el porro a medio fumar en el cenicero.

—¿No sientes nada? —preguntó Xavier.

Lexy negó con la cabeza.

—Nada. No le veo el sentido a... a...

Se quedó callada, con la boca entreabierta.

—¿El sentido a...? —dijo Xavier.

Parecía congelada, con la mirada vidriosa.

—¿Lexy?

De repente se agarró a la mesa, con los ojos muy abiertos.

—Dios mío... ¡Se me ha olvidado de qué estaba hablando! Tú... parece que estás sentado al final de un túnel.

Se le demudó el rostro.

—¡No me gusta esto!

Él le cogió la mano: estaba fría y sudorosa.

—Tranquila, estás bien.

De repente soltó una risita nerviosa.

—Tranquila, estás bien.

Se rio otra vez.

—Tranquila, estás bien.

Volvió a palidecer.

—No me encuentro bien... yo... me mareo... ¡No puedo respirar!

Xavier la ayudó a levantarse con suavidad.

—Venga, vamos fuera, el aire fresco te sentará bien.

A Lexy le costaba caminar; sentía como si los pies no le pertenecieran. Llevaba unos Jimmy Choos con tacones de siete centímetros y medio.

—Ten cuidado —dijo Xavier mientras la guiaba hacia los escalones que bajaban a la puerta principal—. Agárrate a la barandilla.

Bajó cada escalón con cuidado, mirándose los pies, agarrada a la barandilla.

Era de madera pulida y brillante, y notó lo suave que resultaba al tacto mientras deslizaba la mano por ella; todos sus sentidos parecían amplificados al máximo.

Había un gran globo de madera brillante al final de la barandilla.

Al llegar abajo se tambaleó y apoyó la mano sobre él para sostenerse.

Se hundió bajo su peso; era cálido y carnoso.

—¡Eh! —dijo una voz masculina.

Para su horror, ¡había apoyado la mano sobre la cabeza calva y brillante de un hombre!

—¿Qué demonios te pasa? —dijo él.

Los otros hombres sentados a su mesa se echaron a reír.

—Lo siento —le dijo Xavier mientras la guiaba hacia la puerta; ella estaba roja hasta la raíz del pelo—. Es su primera vez.

Cuando Lexy por fin salió al aire fresco, se sintió mejor, pero igual de colocada.

—¡No puedo creer que le puse la mano en la cabeza a ese hombre!

—repetía Lexy entre ataques de risa mientras caminaban despacio por el centro de Ámsterdam.

Iba aferrada al brazo de Xavier, mirando a su alrededor con asombro.

Toda la ciudad le parecía ahora un libro ilustrado para niños, con colores vívidos, todo en proporciones disparatadas; las casas parecían de muñecas, y todo y todos se movían a cámara lenta y a tirones.

Hasta las nubes no parecían reales, como si las hubieran pintado sobre el cielo nocturno.

En un momento dado pensó: «¡Estoy atrapada, perdida dentro de uno de esos cuadros locos de Van Gogh!».

Xavier no paraba de reírse de ella, pero no con crueldad; parecía encontrar muy divertido su estado.

Por fin, tras un par de horas caminando, Lexy empezó a sentirse más o menos normal otra vez.

Se detuvo en seco, con la mirada fija en el escaparate de un pequeño café.

—¿Qué pasa? —dijo Xavier.

—¡Mira ese pastel de chocolate! —dijo ella, con la boca hecha agua...

tuvo que limpiársela con el dorso de la mano para no babear el vestido.

Estaba muerta de hambre. ¡Jamás había tenido tanta hambre en su vida!

Era el trozo de pastel más delicioso que había visto nunca, tan jugoso, tan rico; podía ver pequeños frutos secos en el relleno—. ¡Tengo que comerlo ya!

Xavier se rio.

—¡Pues adelante!

Después de comerse el pastel, tomarse un capuchino bien cargado y quedarse un rato sentados en el café, por fin empezó a volver a la realidad.

—Hice el ridículo más espantoso —dijo mientras volvían a salir a la calle.

—No, qué va.

—Que sí. En fin, me alegro de haberte servido de entretenimiento esta noche.

Le tomó del brazo.

—¿Podemos volver al hotel?

Ahora estaba excitada.

—¿No quieres ver el Barrio Rojo?

Lexy había oído hablar mucho de esa faceta de Ámsterdam, y era lo último que quería ver.

—Bueno, ¿tú quieres?

—Yo lo he visto muchas veces, pero tú no. No puedes venir a Ámsterdam sin dar al menos un paseo por allí. No hay otro lugar igual en el mundo, créeme.

«Te creo», pensó con desgana, y se dejó llevar a regañadientes en esa dirección.

Lo primero que pensó Lexy fue: «Esto es como Sodoma y Gomorra».

Recorrieron las calles estrechas de arriba abajo, apretujados entre turistas boquiabiertos.

Había escaparate tras escaparate de prostitutas que ofrecían su mercancía, de pie justo detrás del cristal.

Camas, mesas acolchadas y parafernalia sexual estaban allí a la vista, listas para usar.

Lexy se quedó atónita al darse cuenta de que cuando un cliente estaba interesado, entraba, cerraban las cortinas y se ponían manos a la obra.

Había chicas de todos los tamaños, estilos y razas imaginables: africanas, caucásicas, chinas, hispanas, japonesas, malayas... un auténtico bufé de carne en venta. Entre los burdeles había sex shops y teatros que anunciaban ESPECTÁCULOS DE SEXO EN VIVO.

—¡Cunnilingus y sexo en grupo en el escenario, señores! —le gritó al oído un tipo de aspecto siniestro mientras pasaban—. Sexo anal, felación...

Lexy se sentía extraña e incómoda, aferrada al brazo de Xavier.

Serpentearon por unos pasajes estrechos, como catacumbas, con las ofertas más perversas expuestas en los escaparates.

Había una morena con un traje de goma negro brillante y ceñido y lo que parecía una máscara de gas colgada del cuello; una rubia oxigenada con tacones altos, un collar de púas y un látigo en la mano; la habitación de al lado parecía una consulta médica,

con una «enfermera» en el escaparate que abría y cerraba lentamente un espéculo de acero brillante mientras observaba pasar a la gente.

Otro espacio estaba montado exactamente como una pequeña aula, con tres pupitres y una mesa, y una «maestra» de aspecto severo con una fusta en la mano, de pie en la puerta.

Era más alta que Xavier, y daba un poco de miedo.

Cuando Lexy pasó por delante, le dijo con un marcado acento británico:

—¡Jovencita, me dan ganas de darte unos buenos azotes en el trasero!

Lexy se aferró con más fuerza al brazo de Xavier.

Por fin salieron a una pequeña plaza mucho menos concurrida, pero todos los edificios estaban llenos del mismo tipo de escaparates obscenos, hasta el tercer y cuarto piso.

Lexy aminoró el paso cuando pudo ver mejor.

—Dios mío —susurró.

Las mujeres de estos escaparates eran diferentes: todas tremendamente obesas, de mediana edad, de aspecto hispano, con barrigas hinchadas y pechos enormes y caídos.

A Xavier, le preguntó:

—¿De verdad a los hombres les gusta...?

—Para gustos, los colores.

—¿Qué significa eso?

—Es una expresión americana que significa que cada persona es diferente y tiene sus propios gustos, aunque tú no los entiendas.

—Oh. —Lexy se fijó en un chico delgado y tímido, de unos 19 años como mucho, que le daba dinero a una de aquellas mujeres enormes y entraba nervioso. «¿Un complejo materno?», pensó.

Xavier tenía razón: aquello merecía la pena, aunque le revolvía el estómago. Los callejones apestaban a orina y había pisado más de una jeringuilla usada.