Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 23 #2
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UU. en un acantilado cerca de su villa en la costa oeste de Italia y había caído al agua...

y nunca encontraron su cuerpo. Pensó que así debió de perder el ojo también.

La última página del montón era un documento impreso de Interpol, en inglés... una difusión «Roja», lo que fuera que eso significara, con la misma foto.

Así que, al parecer, el verdadero nombre de Xavier era Giorgio Cattoretti, italiano, falsificador de dólares estadounidenses, que además fabricaba ropa de diseñador falsificada... y estaba desaparecido y buscado por la policía.

Hubo un movimiento en el monitor del sistema de seguridad.

Lexy giró bruscamente la cabeza y miró la pantalla.

Un coche acababa de detenerse en la verja de entrada.

¡Un taxi!

La puerta se abrió, el taxista rodeó el coche y abrió el maletero.

La imagen desapareció y cambió a la vista de la terraza trasera.

—Oh, Dios mío —dijo en voz baja.

¡Xavier había vuelto!

Lexy estaba tan asustada que se quedó petrificada. Allí sentada en el borde de la cama con los papeles en la mano, era incapaz de mover un solo músculo, paralizada como en una pesadilla.

Después de unos segundos, la imagen en la consola volvió a cambiar a la verja de entrada. Ahora podía ver a Xavier de pie junto al taxista, pagándole.

Lexy por fin se levantó de un salto, metió la cabeza de nuevo en la caja fuerte, deslizó el fajo de papeles detrás de la última fila de dinero, sacó la cabeza y cerró la puerta de golpe.

Giró rápidamente el dial y corrió hacia la puerta del pasillo.

Ni siquiera había dado un paso cuando alguien la agarró del brazo y tiró de ella hacia atrás.

Lexy se encogió y cerró los ojos con fuerza, anticipando un golpe en la cabeza o una cuchillada en la espalda.

No pasó nada.

Muy lentamente, giró la cabeza, esperando ver a algún desconocido dispuesto a robar la casa.

Pero estaba sola. Miró hacia abajo y, con mudo horror, se dio cuenta de que había cerrado la puerta de la caja fuerte con tal frenesí que ¡se había pillado el puño de la camisa!

Lexy, sintiéndose idiota, agarró la manga con la otra mano y tiró, pero la tela estaba tan aprisionada en la puerta que no cedía.

Miró la pantalla: Xavier estaba subiendo los escalones hacia la puerta principal.

Quítate la camisa, pensó, pero antes siquiera de intentarlo, se dio cuenta de que no serviría de nada: la camisa seguiría atrapada en la puerta.

Tiró con más fuerza, echándose hacia atrás, volcando todo el peso de su cuerpo.

Entonces oyó la tela rasgándose.

¡Así no! ¡No puedes dejar un trozo de su camisa en la puerta! ¡Tienes que abrir la caja fuerte otra vez!

Oyó a Xavier abriendo la puerta principal.

Lexy alargó la mano y giró el dial frenéticamente, luego empezó a introducir el primer número, pero de repente se quedó en blanco. ¿Cuál era? Esto le pasaba a veces cuando estaba muerta de miedo: a pesar de su memoria fotográfica, su mente se quedaba en blanco como una hoja de papel limpia.

Piensa, piensa, piensa.

No, no pienses: ¡visualiza el trozo de papel en tu mente!

Cerró los ojos y se concentró unos segundos.

38-12-03-41-27

—Treinta y ocho —jadeó, y volvió a quedarse paralizada.

¿Había empezado girando el dial hacia la derecha o hacia la izquierda?

¡No lo recordaba!

Xavier había entrado en la casa: oyó cerrarse la puerta principal.

Lexy giró el dial hacia la derecha, deteniéndose en el 38, hacia la izquierda, 12, hacia la derecha, 03, hacia la izquierda, 41, hacia la derecha, 27.

Alargó la mano derecha y tiró hacia abajo de la manija superior, luego de la inferior.

Con el corazón en un puño, abrió la puerta de la caja fuerte y oyó el chirrido cuando el puño de la camisa por fin se liberó.

—¿Lexy? —llamó Xavier. Estaba subiendo las escaleras.

Cerró rápidamente la pesada puerta de hierro, haciendo una mueca al oír otro chirrido, y tiró de ambas manijas para encajarlas. Temblando, dio un fuerte giro al dial, bajó el cuadro sobre la caja y oyó un clic.

Se precipitó hacia la cama y se metió de un salto apenas dos segundos antes de que Xavier apareciera en la puerta del dormitorio.

—Ah, ahí estás —dijo él.

Lexy se incorporó de un salto, como si hubiera estado dormida y él la hubiera sobresaltado.

—Estaba echando una siesta —jadeó—. Me has asustado. No pensé que volverías hoy.

Él dejó la maleta en el suelo. Llevaba el parche en el ojo y vestía una camisa deportiva informal con pantalones. Miró el cuadro, luego recorrió la habitación con la vista. La miró de nuevo con expresión molesta y dijo:

—¿Por qué estás durmiendo aquí?

Lexy todavía respiraba con dificultad, temblando tanto que las manos le temblaban visiblemente: se sentó sobre ellas.

—Para poder ver la consola de seguridad —dijo, intentando mantener la voz firme—. Me asusté un poco la primera noche. Espero que no te importe: he estado durmiendo aquí desde entonces.

Él volvió a mirar el cuadro, pero si sospechaba algo, no lo demostró. Parecía pensativo, y cuando ella le estudió el rostro, le pareció que no era el mismo de siempre.

—¿Quieres comer algo? —dijo Lexy, poniéndose de pie—. ¿O beber? —Estaba deseando salir del dormitorio y alejarse lo más posible de la caja fuerte.

Lexy preparó unos espaguetis con salsa de bote, que era prácticamente todo lo que quedaba para comer.

Giorgio apenas probó bocado. No tenía apetito.

Decidió servirse una copa bien cargada.

Le sirvió otra a Lexy, que parecía necesitarla también. «Debe de estar nerviosa por volver a estar conmigo», pensó Giorgio. «Es la primera vez que pasamos tanto tiempo separados».

En el taxi, cuanto más se acercaba a la casa, más ansioso se había puesto.

Ahora sufría un ataque de ansiedad en toda regla.

Le sudaban las manos y le faltaba el aire.

Antes de irse a Alemania, se había imaginado llegando a casa y mostrándole orgulloso a Lexy su nuevo ojo, pero ahora no se veía capaz de hacerlo.

Ella lo observaba desde el otro lado de la mesa como si supiera que algo iba mal, pero por supuesto no decía nada: nunca lo hacía.

Se sirvió una segunda copa, y cuando la terminó por fin reunió el valor. Le puso la mano en el hombro.

—Vamos al dormitorio.