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Lexy no estaba tan satisfecha con la situación como Giorgio creía.
Todos los pueblos y aldeas del mundo tienen su bicho raro, y Lexy era el de Episkope, Chipre.
Su madre la había sacado de la escuela de forma abrupta cuando solo tenía 12 años, pidiendo permiso para «educarla en casa», lo que se reducía a tirar unos cuantos libros de texto sobre su cama y decirle «Estudia esto».
Lexy había madurado físicamente muy pronto: le vino la regla a los 10 años y desarrolló un cuerpo de mujer cuando la mayoría de sus compañeras de clase todavía eran planas.
Empezaron a llamarla Sexy Lexy. Despertó el interés de todos los chicos, hombres y hasta abuelos del pueblo, además de algunas mujeres.
Siempre había sido tímida e introvertida, y no sabía cómo lidiar con tanta atención, lo que hizo que se encerrara aún más en sí misma.
Su memoria fotográfica también empezó a crearle problemas, aunque al principio nadie sabía exactamente qué era, solo que Lexy era «rara».
No era buena estudiante, no prestaba atención en clase y no hacía los deberes.
Cuando los profesores empezaban a presionarla, se pasaba diez minutos memorizando alguna parte especialmente difícil del libro de texto y se lo restregaba en clase o en un examen final.
La acusaron de copiar, de conseguir los exámenes por adelantado, de entrar a robar en la escuela.
Una vez la acusaron de entrar en el apartamento de su profesor de matemáticas, un hombre que había tenido la amabilidad de perdonarla y que generosamente se había ofrecido a darle «clases particulares» en privado.
Su madre finalmente decidió que ya estaba bien, que Lexy era una inadaptada y había que protegerla y aislarla del mundo.
—Los hombres van a aprovecharse de una chica guapa y perdida como tú y luego te tirarán cuando se hayan cansado, habibi. No valen nada, solo les interesa una cosa.
Por supuesto, la madre de Lexy solo hablaba de sí misma.
Su marido había sido un griego moreno, apuesto y mujeriego de Pafos.
La había conquistado cuando ella tenía 16 años, la dejó embarazada de Lexy y luego tuvo una aventura extramatrimonial tras otra hasta convertirse en un alcohólico sin remedio.
Cuando la madre de Lexy tuvo a su segundo hijo, un niño, cogió a sus dos hijos y se volvió a Episkope con su propia madre.
Su otrora apuesto marido murió en la cuneta cinco años después; literalmente, se mató bebiendo.
Cuando Lexy tenía 14 años, su madre empezó a desarrollar problemas de salud, lo bastante graves como para mantenerla en casa y aislada todo el tiempo: dolencias difusas de riñón, hígado, tiroides, bazo, males que los médicos nunca conseguían diagnosticar del todo.
Cuando un problema de salud se resolvía, aparecía otro.
Se convirtió en una enferma crónica, siempre postrada en cama.
Lexy no tuvo más remedio que cuidarla, además de a su hermano pequeño, cuatro años menor.
A medida que Lexy crecía, se preguntaba si su madre se mantenía «enferma» a propósito para tenerla atrapada en casa. Empezó a pensar en irse, pero siempre acababa atormentada por la culpa y la vergüenza.
Esto continuó hasta que Lexy cumplió 21 años, cuando su tía, que vivía unas casas más allá, intervino.
—¡Vas a convertirte en una solterona como yo y a marchitarte en este maldito pueblo, y no voy a dejar que tu madre te haga eso!
Le dio un periódico a Lexy.
—Búscate un trabajo respetable en Limassol o Pafos y yo me vengo aquí a cuidar de tu madre.
—Pero ¿y si ella...?
—No te preocupes por ella, niña, preocúpate por ti misma. Lleva tanto tiempo enferma que ya no piensa con claridad.
Con sentimientos contradictorios de alivio y culpa, Lexy obedeció a su tía y empezó a buscar empleo.
Tenía que coger el autobús y caminar kilómetros bajo un calor sofocante solo para ir a las entrevistas.
No tener coche ni carné de conducir era un grave impedimento.
Para colmo, la economía en Chipre no estaba precisamente boyante.
Las únicas ofertas que recibió Lexy fueron de clubes de striptease en Pafos, Limassol y Agia Napa, pero ese no era el tipo de trabajo que haría a ningún precio.
Además, sabía que no eran más que burdeles apenas disfrazados.
Puede que hubiera estado aislada, pero ya no tenía 12 años y no era tonta.
Después de tres meses de búsqueda, cuando por fin vio el anuncio de Xavier, le pareció el trabajo perfecto para ella. ¿Cocinera y ama de llaves interna para una persona discapacitada? ¿Qué trabajo podía venirle mejor? Ya estaba haciendo exactamente lo mismo en casa.
En el instante en que puso los ojos en Xavier, se quedó sin aliento.
Era totalmente diferente a cualquier hombre que hubiera conocido, aunque tampoco es que hubiera conocido a muchos en el pequeño pueblo de Episkope.
La mayoría de los hombres chipriotas eran gordos y borrachos perezosos, en su humilde opinión, sin posibilidad de llegar a ser otra cosa.
Xavier Dente era como un personaje de película, extraordinario.
Era sofisticado, poderoso y endiabladamente guapo.
Aquel primer día que Lexy fue a su villa, cuando él le dijo que se quitara la ropa, se había emocionado en secreto.
Ni siquiera se dio cuenta entonces, pero habría hecho cualquier cosa que él le pidiera: ¡ni siquiera habría tenido que pagarle!
¿Vivir allí con un hombre como él en aquella hermosa villa junto al mar, completamente solos?
Sexualmente, él le había abierto un mundo nuevo, uno que no sabía que existía.
Parecía saber exactamente cómo tocarla, como si pudiera leerle la mente y conociera sus fantasías eróticas más secretas.
Cuando se ponía uno de los conjuntos escandalosos que él le había comprado, y él la observaba con su único ojo, con aquel parche negro de pícaro sobre el otro, realmente se sentía como Sexy Lexy, ¡y era electrizante!
¿Tener la atención total e indivisa de aquel hombre fascinante y poderoso, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, deseándola prácticamente a cada momento?
¿Tenerlo todo para ella sola? Era como un sueño, uno que Lexy no quería que terminara jamás.
Pero después de unos meses, algo empezó a inquietarla.
¿Quién era él en realidad?
No tardó mucho en darse cuenta de que aquel «Xavier Dente» era algún tipo de criminal que usaba Chipre como escondite. Eso lo veía cualquiera. ¿Por qué si no iba a vivir un hombre de mundo como él en una isla remota como aquella, en total aislamiento, sin amigos, sin familia, sin nadie más que ella?
Casi nunca salía de casa. Incluso cuando la llevaba al supermercado de Kyrenia cada dos o tres días para hacer la compra, le costaba salir del coche.
Había una caja fuerte en su dormitorio, Lexy lo sabía, porque su habitación estaba justo al lado, separada solo por un tabique. Podía oír el leve giro del dial y el chirrido de la puerta al abrirla.
¿Cuánto dinero habría en aquella caja fuerte? ¿Millones?
¿Y qué tipo de criminal era Xavier, o había sido?
Tenía la sensación de que en realidad era italiano, no portugués, porque el primer día había usado la palabra cara.
No era un término cariñoso portugués, sino italiano: lo había buscado.
¿Sería algún poderoso don de la mafia italiana?
¿Un gánster duro que cogía el teléfono y mandaba «liquidar» a la gente a su antojo, como en las películas?
Lexy no podía creer que fuera una persona así.
Había una amabilidad genuina en él, y parecía directo y honesto en todos sus tratos, al menos con ella.
Le pagaba hasta el último céntimo que le prometía a final de mes, puntual como un reloj, e incluso la había llevado al banco en Nicosia y le había explicado cómo abrir su propia cuenta para tener el dinero a salvo.
La trataba como si le importara de verdad y estuviera cuidando de sus intereses. Como un amigo de confianza.
Pero eso no era lo que ella quería. Lo que anhelaba, algo que le ocultaba por completo, era que él se enamorara perdidamente de ella, igual que ella se había enamorado de él.
Ten paciencia, Lexy, se repetía.
Acabará queriéndote, es solo que todavía no te conoce bien.