Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 17
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Al final de su primer año de refugio, Giorgio Cattoretti sintió una nueva paz interior.

Era similar a aquella sensación de estar «en armonía con la naturaleza» que lo había sorprendido cuando vivió en el bosque.

Comprendió que la experiencia de supervivencia física lo había cambiado de forma fundamental.

Ya no bebía tanto, ni comía tanto, ni fumaba tantos puros.

Pasaba más tiempo al aire libre que nunca en su vida.

La rutina diaria que había establecido mientras vivía en el bosque había arraigado en él.

Ahora se levantaba y desayunaba, y después hacía algunas tareas en la casa, como limpiar la piscina, trabajar en el jardín o arreglar alguna de las máquinas de ejercicio.

Para pasar lo más desapercibido posible, se negaba a contratar a nadie más que a Lexy, ni siquiera a empresas de mantenimiento de piscinas.

Terminaba estas tareas a la hora del almuerzo.

Solía comer en la terraza, contemplando el mar.

A menudo, Lexy le leía alguna novela en voz alta.

Habían empezado a hacerlo cuando él se recuperaba de la cirugía de la pierna, y Giorgio lo disfrutaba enormemente.

Ella le leía a Dickens, a Tolstói o a Faulkner, y su voz suave y encantadora solía arrullarlo hasta que se dormía.

A media tarde, Giorgio bajaba a la playa a nadar.

A veces Lexy lo acompañaba, a veces no. A menudo iba a pescar con arpón.

Se compró un fusil de pesca submarina de verdad, junto con aletas y equipo de esnórquel.

Un par de veces por semana subía la cena escaleras arriba.

Le enseñó a Lexy a limpiar y cocinar el pescado justo como a él le gustaba, con hierbas que cultivaba en el jardín.

Cuando le quitaron el yeso y la pierna se le curó por completo, estaba en excelente forma física: delgado, bronceado y musculoso.

Se sentía tan bien que incluso empezó a olvidar que le faltaba un ojo.