Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 16
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Con el paso de los primeros meses, la vida de Giorgio en la villa de Chipre adquirió un ritmo agradable y satisfactorio.

Durante el primer fin de semana libre de Lexy, ingresó en la clínica que había encontrado en Nicosia para que le volvieran a romper la pierna y se la colocaran bien.

Fue una prueba agotadora, mucho peor de lo que había imaginado.

Lexy regresó el lunes por la mañana y lo encontró tumbado en la cama, exhausto, con la pierna escayolada de la rodilla para abajo.

—¿Qué ha pasado? —exclamó ella desde el umbral de la habitación.

—Nada, me hicieron una operación menor, eso es todo —gruñó, intentando encontrar una posición cómoda, algo que parecía imposible—. Cuando me quiten la escayola, dejaré de cojear.

—Oh.

Se despertó en ella una especie de instinto maternal y Lexy se volcó en cuidarlo a su manera tímida y discreta: le llevaba las comidas a la cama, libros para leer, música para escuchar y cualquier otra cosa que quisiera.

Pronto pudo volver a caminar con una muleta, y se exigió al máximo pese al dolor.

El médico le había dicho que necesitaría rehabilitación, pero ignoró el consejo, convencido de que podía rehabilitarse perfectamente subiendo y bajando esos 120 escalones de piedra que llevaban a la playa y haciendo ejercicio en su propio gimnasio.

El médico había resultado ser un entrometido que empezó a hacer preguntas sobre la lesión del ojo.

Giorgio mintió y dijo que había perdido el ojo de niño.

—Podemos colocarle una prótesis ocular y ya no tendrá que llevar ese parche —dijo el médico.

—No quiero un ojo de cristal, muchas gracias.

—No estoy hablando de un ojo de cristal. Esta prótesis se moverá de forma coordinada con el otro ojo y...

—¡Métase en sus asuntos! —gruñó Cattoretti.

La pérdida del ojo era un tema delicado para Giorgio.

Ojalá no fuera tan vanidoso, pero no podía evitarlo.

Ya había investigado sobre prótesis oculares.

La cirugía era complicada y el ojo tendría que fabricarse a medida en un laboratorio europeo, lo que implicaba que quedarían registros; de ninguna manera iba a correr semejante riesgo en ese momento.

Además, cuando se operara no sería en una clínica de poca monta en Chipre.

Esta servía para arreglar huesos rotos, pero no para cirugía ocular.

Pese a su vanidad, se dijo que tendría que conformarse con el parche.

A Lexy desde luego no parecía importarle, y ella era prácticamente la única persona a la que veía.

A los dos meses ya subía y bajaba los escalones que llevaban a la playa, primero con muleta y luego sin ella. Aunque Lexy nunca lo dijo, él notaba que estaba impresionada por su empuje y determinación.

Siempre que le dolía la pierna, la sumergía en agua de mar.

—Seguro que piensas que esto es una tontería —le dijo la primera vez que ella lo ayudó a bajar a la playa para hacerlo.

—No, en absoluto. En Chipre tenemos un dicho: el doctor Mar lo cura todo.

Lexy era un bicho raro. Giorgio no lograba descifrarla del todo.

Le había preocupado que pudiera dar problemas por tener que vivir tan aislada, pero aquel estilo de vida parecía irle bien.

De hecho, parecía irle mucho mejor que a él.

Él era un tipo sociable, acostumbrado a estar rodeado de gente y a ser el centro de atención.

En Milán, siempre asistía a la noche de estreno de cada nueva ópera en La Scala, acudía a diversos eventos de gala, siempre con una chica diferente del brazo, por lo general una modelo de alta costura.

Podía tolerar aquel estilo de vida aislado durante un tiempo, pero solo porque no le quedaba más remedio.

Por el contrario, Lexy era una introvertida de verdad.

Giorgio había pensado que podría sentirse sola y querer llamar a su familia y amigos por teléfono a todas horas, pero nunca los mencionaba siquiera.

De hecho, él no tenía teléfono fijo ni conexión a Internet, ya que era demasiado arriesgado.

Sí tenía un móvil barato para llamadas locales, pero por razones de seguridad compraba una nueva tarjeta SIM de prepago cada dos semanas y destruía la anterior.

Pero Lexy ni siquiera parecía darse cuenta, nunca pedía usarlo.

Iba a lo suyo: pasaba la mayor parte de su tiempo libre leyendo junto a la piscina, haciendo ejercicio en el gimnasio o viendo la televisión en la sala de cine, donde había una antena parabólica en el tejado que ofrecía más de mil canales.

Solo hablaba cuando le hablaban. No acompañaba a Giorgio a comer ni a nada más a menos que él se lo pidiera, e incluso entonces lo hacía con timidez, sonrojándose a menudo cuando él le hablaba.

Aquel sonrojo constante le decía a Giorgio todo lo que necesitaba saber sobre ella.

Era evidente que lo adoraba, que lo veía casi como a un dios.

Enseguida aprendió lo frágil que era emocionalmente e intentaba no levantarle la voz, ya que cualquier crítica por su parte, real o imaginaria, la afectaba profundamente.

También era evidente que disfrutaba del sexo con él.

O, para ser más precisos, que disfrutaba dejándole hacer con ella lo que quisiera.

Descubrió que cuanto más rudo era, más le gustaba a ella.

Era arcilla en sus manos, una arcilla muy dispuesta.

La ataba, la azotaba por todo el cuerpo, le hacía todas las perversiones que se le ocurrían, dando rienda suelta a su imaginación y sus fantasías, adondequiera que lo llevaran.

Tenía una vasta experiencia con mujeres y era hábil para percibir lo que querían y dárselo.

Parecía que no había nada de lo que hiciera que a Lexy no le gustara.

Ella se resistía a expresar su placer en voz alta, pero siempre acababa gimiendo sin control y con orgasmos tan violentos que los muebles temblaban.

Algo que Cattoretti notó fue que, a diferencia de la mayoría de las mujeres, Lexy mantenía los ojos casi siempre abiertos mientras hacían el amor, mirándolo directamente a la cara.

Ella nunca le había preguntado por su ojo, y él siempre llevaba el parche de cuero en su presencia.

Giorgio había tenido especial cuidado de no dejarle ver jamás su cuenca ocular vacía, convencido de que le produciría impacto y repulsión, igual que a él mismo la primera vez que la vio.

No tenía ni idea de qué pasaba por su mente cuando lo miraba a la cara mientras follaban, pero sabía que, fuera lo que fuese, la excitaba.

Pronto se cansó del disfraz de criada francesa y empezó a ser más creativo con su vestuario.

Hacía frecuentes visitas a las mejores tiendas de lencería y boutiques de diseñadores de Nicosia, donde compraba lo que le llamara la atención.

Algunos días, mientras ella hacía las tareas domésticas, le hacía ponerse únicamente unos Manolo Blahnik o Jimmy Choo ridículamente altos con medias hasta el muslo, y quizás un sujetador de realce con volantes.

Disfrutaba haciéndola subirse a una escalera para quitar el polvo de los libros en los estantes superiores de la biblioteca.

Otros días, llevaba un mono negro ceñido que la cubría desde los tobillos hasta el cuello...

pero con la entrepierna abierta. Cuando hacía mucho calor, disfrutaba del look de «pilluelo callejero», en el que ella fregaba los suelos completamente desnuda, con el pelo recogido de cualquier manera y un poco de suciedad en la cara.

Giorgio estaba bastante bien dotado y disfrutaba acercándose a Lexy en cualquier momento del día, agarrándola del pelo y metiéndosela en la boca hasta hacerla atragantarse un poco.

Cuando terminaba, a menudo le hacía un «facial», como en las películas porno americanas.

Por sus reacciones, aquello parecía ser una de sus prácticas favoritas.

Cuando cocinaba, le gustaba que llevara solo un delantal, para poder acercarse por detrás y manosearla cuando quisiera.

La comida a menudo se quemaba, pero merecía la pena.

Llegaron a compenetrarse tanto sexualmente que en el instante en que él entraba en la habitación con la lujuria corriéndole por las venas, Lexy sabía exactamente lo que Giorgio quería.

Sin mirarlo, sus movimientos se volvían más lentos y lo observaba por el rabillo del ojo, como si el aire se cargara de pronto de una tensión salvaje.

Cuando terminaban, ella volvía a sumirse en el silencio, sin decir una sola palabra, como si nada hubiera ocurrido. Pero siempre retomaba sus tareas de limpieza o cocina con una calma renovada, como si aquel trato rudo y dominante le proporcionara la paz interior que tanto necesitaba.

Cattoretti cayó en la cuenta de que la relación que representaban era la de amo y esclava. Lexy necesitaba que él la poseyera y controlara, que la tratara como un objeto de su propiedad, codiciada y completamente dominada.

Sin embargo, lo que Cattoretti no advertía era que Lexy no solo lo idolatraba, sino que estaba profundamente enamorada de él, y lo había estado desde la primera vez que lo vio.