Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 15
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El Artista descansaba en un jacuzzi en la terraza ajardinada de un magnífico ático en el centro de Kiev.

El edificio se alzaba cerca de la orilla del río Dniéper y ofrecía las mejores vistas de los rascacielos de la ciudad y de la gigantesca estatua Rodina-Mat o Madre Patria, una mujer que sostenía una espada y un escudo.

El lujoso apartamento no era muy diferente del que Pável había imaginado para la madre de Areli.

Areli se inclinó hacia delante en el jacuzzi y, con una mano que se había secado cuidadosamente con una toalla, cogió el sobre y sacó la fotografía.

El objetivo era un hombre apuesto, de unos cincuenta y pocos años, con un rostro duro y surcado de arrugas.

El nombre en el reverso de la fotografía no le resultaba familiar, aunque tampoco habría importado.

Areli nunca veía las noticias, nunca leía el periódico y, en general, le importaba un comino lo que sucedía en el resto del mundo.

A dos millones por encargo, te importaba todo un bledo. Hacías tu trabajo, cobrabas y te dabas todos los caprichos que te apetecieran.

Areli alargó la mano hacia la mesa junto al jacuzzi, cogió una buena porción de caviar beluga fresco y la untó generosamente sobre una tostada caliente.

La tostada estaba hecha con pan francés que llegaba en avión desde París cada mañana.

Lo único que importaba en este mundo era el dinero: proporcionaba tanto placer y tanta satisfacción que apenas hacía falta nada más.

Areli compraba ropa en Dubái, masajes en Tokio, cortes de pelo en Roma.

Cuando tenías mucho dinero, podías conseguir lo que quisieras.

Acompañantes de calidad de cualquier edad, sexo o condición que desearas te llegaban al ático con solo pulsar un botón del móvil: rusos, asiáticos, africanos, holandeses, finlandeses... lo que te apeteciera.

El Artista se recostó en el jacuzzi y volvió a coger la fotografía, clavando la mirada en los ojos del objetivo desprevenido.

Areli no carecía por completo de sentimientos, y para minimizar la culpa, intentaba pensar en la víctima solo como «el objetivo», imaginándola como poco más que un pellejo relleno de paja, como esas dianas redondas y gruesas que se usan en el tiro con arco.

Areli incluso dedicaba unos momentos cada día a visualizar una diana sobre el rostro del objetivo para deshumanizar al individuo, para verlo como un objeto inanimado en lugar de un ser humano de carne y hueso.

Funcionaba.

El Artista disfrutaba enormemente del desafío de rastrear al objetivo: sobrevolar lentamente a gran altura como un buitre, descender un poco más, examinar el terreno, observar cualquier patrón de comportamiento repetitivo... y finalmente lanzarse a por la presa.

Sí, el asesinato por encargo era todo un arte. Y nadie en el mundo tenía más talento para ello que Areli. Cada uno de los diecisiete trabajos se había ejecutado de manera diferente: no había dos iguales, cada uno era una expresión única de perfección artística.

El único problema era que Areli había aceptado últimamente demasiados contratos; se había vuelto un poco codicioso.

En ese momento había dos «retratos» en proceso, y este nuevo sumaba un total de tres obras maestras sin terminar.

El Artista no tenía fama de trabajar rápido: Areli no era una liebre, sino una tortuga.

Por lo general, quienes contrataban al Artista eran pacientes y valoraban que un trabajo tan detallado e imposible de rastrear requiriera mucho tiempo y una preparación meticulosa.

Areli investigaría un poco sobre este nuevo objetivo y luego dejaría que las ideas maduraran durante un tiempo.

Después de remojarse un poco más, Areli salió del jacuzzi, se secó con una mullida toalla blanca y se sentó frente a tres ordenadores de sobremesa de alta gama, desnudo.

Era hora de investigar a fondo los antecedentes del objetivo.