14
Al final del primer día de trabajo de Lexy, Giorgio Cattoretti empezaba a preguntarse si había cometido un grave error al contratarla.
Cuando ella le preguntó qué quería cenar, él sugirió ensalada César, ya que se la había recitado de forma impecable durante la entrevista.
Estaba sentado en la terraza, disfrutando de la puesta de sol mientras leía un libro.
Pasaron unos quince minutos sin que oyera ningún sonido en la cocina.
La puerta corredera de cristal estaba abierta y pensó que a esas alturas ya debería haber oído cajones al abrirse o el ruido de un cuchillo sobre la tabla de cortar.
Se levantó de la silla con el libro en la mano y entró.
Lexy estaba plantada en medio de la espaciosa cocina, de espaldas a él. Las encimeras estaban vacías, intactas. Parecía absorta en sus pensamientos.
—¿Pasa algo? —preguntó él, un poco inquieto.
Ella se volvió lentamente. Tenía el rostro pálido, pero no pronunció palabra.
—¿Qué ocurre, por el amor de Dios?
—Yo... no sé cómo hacer una ensalada César.
Giorgio retrocedió con el ceño fruncido.
—¿Cómo que no sabes hacer una ensalada César? Me recitaste la receta a la perfección en la entrevista.
—Lo sé, pero en realidad no sé cómo hacerla.
Giorgio dejó el libro sobre la mesa del comedor y se acercó cojeando.
—¿De qué demonios estás hablando?
Lexy se limitó a encogerse de hombros, con cara de susto.
—¿Qué, se te olvidó la receta? Si es así, hay un libro de cocina justo ahí en el...
—No se me ha olvidado la receta, me la sé. Es solo que nunca he hecho una ensalada César.
—Merde —gritó Cattoretti—. ¡Me has mentido!
—No he mentido —dijo Lexy mientras retrocedía.
—¡Sí lo has hecho! Me dijiste que podías cocinar cualquier cosa. ¿Te acuerdas?
—¡No he mentido! Puedo cocinar cualquier cosa. Solo que no sé exactamente cómo.
Ahora Cattoretti estaba más desconcertado que enfadado. Algo no encajaba en ella.
Lexy se volvió hacia las encimeras y los armarios, mirándolos como si esperara que salieran duendes a preparar la ensalada por ella.
Giorgio se acercó y la agarró por los brazos, obligándola a volverse hacia él con cierta brusquedad.
—¿Qué demonios te pasa? ¿Estás... —buscó una palabra diplomática— mentalmente desequilibrada?
—¡No!
—Entonces, ¿qué es? ¿Cómo puedes saberte todas esas recetas y no...?
—Tengo memoria fotográfica.
—¿Una qué?
—Memoria fotográfica. Me sé miles de recetas de memoria, pero solo estoy acostumbrada a hacer platos sencillos en casa... no podemos permitirnos ingredientes sofisticados. Además, hay palabras de las recetas que no sé qué significan.
—¿Qué palabras, por ejemplo?
—Batir.
—¿Batir...?
—Sí. ¿Qué significa batir? —añadió con timidez—. No hablas griego, ¿verdad?
Cattoretti suspiró y pensó: «¿Qué clase de bicho raro he contratado?».
Se acercó al armario y abrió un par de cajones hasta encontrar lo que buscaba; todavía no conocía bien la casa, y menos aún la cocina.
—Esto es un batidor —dijo, entregándoselo—. Batir significa mezclar rápida y suavemente, como cuando preparas nata montada...
—Ya sé lo que significa. Gracias.
Negando con la cabeza, entró en el salón y volvió con un libro en la mano.
—Este es un diccionario inglés-griego. Si quieres conservar este trabajo, te sugiero que aprendas a usarlo.
Giorgio pasó la noche debatiéndose entre despedir a Lexy o no, pero cuando hacía un trato con alguien, lo cumplía.
Podía ser un falsificador, un extorsionador y un asesino ocasional, pero tenía su propio código ético.
Técnicamente, Lexy no le había mentido. De hecho, tenía que admitir que admiraba cómo había manejado la entrevista.
Había hecho básicamente lo mismo que él habría hecho en su lugar.
También le intrigaba su «memoria fotográfica».
Tras darle el diccionario inglés-griego, se le ocurrió que ella debería poder leerlo sin más y conocer la definición de cada palabra en inglés, pero quizá no funcionaba así. Tendría que hablar con ella del tema con más detalle. Tal vez podría resultarle útil.
A la mañana siguiente, Lexy le sirvió una tortilla de tomate y queso, y zumo de naranja recién exprimido. Todo estaba bien preparado y delicioso. Giorgio empezó a sentirse más tranquilo respecto a su decisión de contratarla.
Cuando terminó, le dijo que iba a salir y fue rápidamente a la farmacia más cercana. Por suerte, aquel era un país donde las recetas médicas se consideraban «opcionales» para comprar casi cualquier cosa, sobre todo si uno estaba dispuesto a pagar la marca más cara.
Cuando Giorgio volvió a la villa, encontró a Lexy fregando los platos. Se sentó a la mesa de la cocina y esperó a que terminara.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó, mostrándole un dispensador circular lleno de píldoras amarillas.
Ella se sonrojó.
—Veo que sí. Tienes que tomarte una de estas cada noche antes de acostarte —señaló el borde del dispensador—. ¿Ves? Lunes, martes, miércoles... Te lo he dejado preparado. No se te olvidará, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza, todavía sonrojada.
Cogió el bastón y se levantó de la mesa. —Los pondré en el cajón de arriba de tu baño.
—Yo... gracias.
Giorgio sonrió, echando un vistazo a sus hermosas piernas.
—De nada.
Por la tarde del mismo día, Giorgio invitó a Lexy a salir a la terraza con él a tomar una copa de vino. Fue a la bodega a buscar una botella cara de Chardonnay.
Ella se sentó tímidamente a la mesa del patio frente a él, intentando bajarse el corto vestido de doncella francesa; se le veía la parte superior de encaje de las medias negras hasta el muslo. Le resultaba un poco incómodo sentarse de forma recatada, aunque a Giorgio le traía sin cuidado.
Él le entregó una copa.
—Gracias.
Lo miró expectante; parecía nerviosa.
—¿Cómo es que hablas tan bien inglés?
—Oh.
Pareció aliviada, como si pensara que iba a despedirla.
—No hablo tan bien.
—Sí que hablas bien. ¿Fuiste a una escuela de inglés?
—¿En Episkope?
Sonrió tímidamente.
—Allí no tenemos ninguna escuela de inglés. Lo aprendí de la televisión, viendo películas y series estadounidenses.
—Ah.
Era la misma forma en que Giorgio había aprendido, aunque él había vivido varios años en Estados Unidos. Le hizo un gesto.
—También tengo curiosidad por esa «memoria fotográfica» tuya. Me intriga.
—No es nada, en realidad —dijo con modestia—. Solo tengo muy buena memoria.
—¿Si te diera un libro podrías simplemente pasar las páginas y luego recordar todo?
—No, no es así. Mucha gente piensa que funciona como una cámara, pero no. Tengo que querer memorizar lo que leo, y debo leer muy despacio y con atención.
—Oh.
Giorgio hizo una pausa. Estaba un poco decepcionado; había esperado algo más exótico.
—Entonces, en algún momento antes de tu entrevista conmigo, ¿leíste algún libro de cocina muy despacio y con atención...?
—Sí.
Se sonrojó un poco.
—Quería mucho este trabajo. Pasé tres días leyendo un libro de cocina de principio a fin.
—¿Y qué hay de las fotos, las imágenes, los gráficos? ¿También puedes memorizarlos?
—Sí, en realidad esto es lo que mejor recuerdo, las imágenes.
En mi mente puedo ver las páginas de un libro exactamente como están impresas, todas las palabras, los gráficos, todo.
Cuantos más tipos de fuentes se usen, más fácil es recordar.
Cuantos más colores, más imágenes, más variada la disposición, más fácil de memorizar.
—Ya veo.
Cattoretti dio un sorbo a su vino, preguntándose cómo podría aprovechar aquello.
—Entonces, si te diera el patrón de costura de un vestido, por ejemplo, ¿podrías memorizarlo en detalle, las medidas, etcétera?
—Oh, sí, eso no sería difícil.
Lo miró con curiosidad, esperando una respuesta, pero él no le preguntó nada más.