12 #2
Al día siguiente, cuando Pável llegó al apartamento y comprobó por lo que debía de ser la quincuagésima vez que la mujer no estaba en casa, decidió arriesgarse. El pasillo estaba relativamente tranquilo, pero se oía un televisor tras la puerta de enfrente, el Apartamento n.º 88.
De camino había planeado todo lo que diría. Se acercó a la puerta por un lado, se sacó de la boca un chicle que llevaba masticando unos veinte minutos y lo embadurnó por toda la mirilla.
Llamó a la puerta con los nudillos.
El televisor se calló de inmediato. Oyó unos pasos débiles acercándose a la puerta.
Pável intuyó que quien había estado viendo la televisión se encontraba justo al otro lado de la puerta.
Volvió a llamar.
—Dobriy den —dijo con una sonrisa, procurando parecer amable.
—Da? —dijo con cautela una voz femenina. Por el tono, parecía una anciana.
—Estoy buscando a la señora que vive justo enfrente. ¿Sabe cuándo volverá?
Hubo una larga pausa.
—No puedo verle —dijo con suspicacia—. Tiene el dedo sobre la mirilla.
—No, algún crío ha puesto chicle encima.
—Bueno, no está en casa. Por favor, váyase.
—Ya sé que no está en casa; lleva fuera casi una semana. Necesito saber cuándo volverá.
—¿Qué quiere de ella?
—Trabajo para una empresa de mensajería. Tengo un paquete para ella.
—Déjelo en mi puerta y se lo daré cuando vuelva.
—Tiene que firmarlo.
Pável hizo una pausa.
—De todos modos, seguramente no sea importante. Creo que es solo un regalo de cumpleaños o algo así, quizá bombones. Lo devolveremos al remitente y ya está.
—No, por favor, no haga eso. Volverá pronto.
—¿Cuándo?
—En uno o dos días. A veces va a casa de su hermana, pero nunca se queda más de una semana.
—Horosho, le diré al despachador que retenga el paquete hasta el viernes que viene. Spacebo bolshoy.
—Pazhaluista.
Esa mañana temprano, Pável se bajó a duras penas del taxi en Troeshina y pagó al conductor. Entró en el apestoso portal del edificio.
Cuando pasó junto a los yonquis del hueco de la escalera, apenas lo miraron: ya conocían bien su cara, lo cual no era bueno.
Pável llegó al noveno piso y se detuvo frente a la puerta del apartamento. Por favor, que estés en casa, zorra, pensó, y llamó a la puerta.
Enseguida se oyeron pasos.
Pável vio cambiar la luz detrás de la mirilla.
¡Por fin!, pensó.
—¿Quién es? —Era la voz de una mujer mayor. Hizo la pregunta en ucraniano, pero Pável entendió.
Esbozó una cálida sonrisa y miró directamente a la lente de la mirilla.
—Soy amigo de su hijo.
Levantó el sobre para que ella pudiera verlo.
—Necesito que me hagan un retrato.
—¿Conoce a mi hijo? —dijo ella, ya más amistosa.
—¡Da!
Pável sonrió más ampliamente e intentó parecer lo más inofensivo posible.
Oyó el sonido de un cerrojo deslizándose a un lado, y luego un segundo.
La pesada puerta de acero se abrió apenas una rendija contra una cadena de seguridad. Un ojo legañoso lo observó a través de unas gafas con cristales opacos. El ojo lo miró de arriba abajo. Pável llevaba su traje azul, recién planchado, los zapatos lustrados.
La puerta se cerró en su cara.
Por un segundo, Pável entró en pánico, pero luego oyó que retiraban la cadena y la puerta se abrió de par en par.
—Siempre me alegra ver a cualquier amigo de mi hijo —dijo ella, casi efusivamente.
Pável entró con cautela. Frente a él había una anciana con una bata vieja y descolorida y unas zapatillas muy gastadas.
Parecía tener al menos sesenta años, quizá incluso setenta.
El cabello apagado y sin vida le caía pegado a la cabeza, tan fino en algunos lugares que se le veía el cuero cabelludo. Los años no la habían tratado bien.
El apartamento en sí era espantoso. Había un sofá raído, una mesa de centro llena de arañazos...
el papel pintado descolorido se despegaba en algunos lugares, y había manchas en el techo.
Pável notó una cacerola medio llena de agua en el suelo cerca de la puerta que daba a la cocina.
Mientras la miraba, cayó una gota e hizo un plonc.
El lugar no había sido renovado desde la época soviética. Pável volvió a preguntarse cómo un asesino a sueldo multimillonario podía dejar que su pobre madre viviera en semejante miseria.
El Artista debe de ser frío como el hielo, pensó Pável. Pero, por supuesto, en su profesión tendría que serlo. En realidad, sintió lástima por la anciana, que vivía así con un hijo al que obviamente no le importaba. ¡Y encima la usaba como intermediaria!
—¡Por favor, siéntese! —dijo ella efusivamente.
Parecía emocionada de tener un visitante de cualquier tipo.
—¿Puedo ofrecerle un té? Tengo unos bulochki que compré hace apenas una hora, están muy frescos... ¿Dijo que quería que le hicieran un retrato?
Antes de que Pável pudiera responder, ella añadió:
—Oh, estará encantado, recibe tan poco trabajo estos días...
Quizá si no cobrara dos millones por trabajo, tu pobre hijito conseguiría algunos clientes más, pensó Pável con ironía.
La mujer fue arrastrando los pies hacia la cocina y Pável empezó a sentarse en el sofá. Hizo una mueca al ver una gran cucaracha marrón deslizarse detrás de uno de los cojines.
Eligió una silla. Todavía no podía entender cómo un hombre que ganaba millones podía dejar que su propia madre viviera así.
La anciana estaba ahora en la cocina, de espaldas a él, rascándose la cabeza entre el cabello ralo.
—¿Ocurre algo? —dijo él, un poco alarmado.
—No consigo recordar por qué vine aquí...
Jesucristo, pensó Pável.
—Iba a preparar un té...
—Ah, da, ¡correcto! Té.
Mientras ella trajinaba en la cocina, Pável examinó la patética salita.
Había un televisor antiguo con unas tristes antenas de conejo encima, una estantería polvorienta con las típicas ediciones soviéticas de Tolstói, Pushkin y otros autores rusos, un jersey a medio tejer sobre una mesa y un periódico amarillento con un crucigrama a medio resolver.
Pável volvió a mirar el televisor. Estaba encendido, sintonizado en el Canal 1 de Kiev, pero la imagen tenía tanta nieve que era difícil distinguir qué programa era. El sonido estaba apagado o directamente no funcionaba.
—Espero que este té esté bien —dijo la anciana, volviendo al cabo de unos minutos—. ¿Azúcar? ¿Limón?
—Me gusta solo —dijo Pável—. Spacebo.
Ella dejó una pequeña bandeja con pastelitos de queso de aspecto grasiento que obviamente había comprado por unos kopeks a un vendedor ambulante. Un poco temblorosa, se sentó en el sofá, justo donde había estado la cucaracha.
—Delicioso —se obligó a decir Pável.
El té era aguado y repulsivo, claramente hecho con hojas ya usadas. Ella extendió el brazo y, con mano temblorosa, levantó la bandeja para que él pudiera coger uno de los panecillos de queso.
—Mmm —dijo mientras probaba uno—. Muy fresco.
En ese momento vio otra cucaracha que trepaba por la pared detrás de ella. Por un horrible instante pensó que iba a vomitar.