Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 6
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Cuando Giorgio llegó al sendero, se quedó oculto entre los arbustos y miró en ambas direcciones; no quería que nadie lo viera salir del bosque.

En su mano derecha llevaba agarrado su «bastón», que en realidad era la lanza de pesca que había fabricado con el palo de escoba.

Había una vieja bicicleta oxidada en el vertedero, y con mucho esfuerzo había logrado arrancar una de las empuñaduras de goma del manillar y la había colocado sobre la punta de la lanza.

Encajaba perfectamente, cubriendo por completo la hoja del pelador de patatas con la que había ensartado a tantos peces desprevenidos.

Si se encontraba con alguien que lo identificara, estaba preparado para matar. Bajo ninguna circunstancia permitiría que lo capturaran vivo.

El sendero estaba vacío en ese momento. Hacia el norte, bajaba y torcía a la izquierda en una curva, y hacia el sur, subía por una colina bastante empinada.

Estaba seguro de saber dónde se encontraba ahora, entre los pueblos de Corniglia y Manarola, como había pensado al principio.

Vernazza estaba al otro lado de Corniglia, hacia el norte, y le llevaría la mayor parte del día llegar allí a pie.

Salió de los arbustos y subió al camino, apoyándose en la lanza.

Se puso unas gafas de sol baratas con la lente derecha agrietada que había encontrado en el vertedero.

Ojalá hubiera sido la izquierda la agrietada, ya que habría ocultado mejor su horrible cuenca vacía, pero las lentes eran tan oscuras que no creía que nadie fuera a notarlo.

Llevaba los mismos pantalones con los que había caído por el acantilado, unos Armani con varios desgarros en las piernas.

El resto de su ropa era la misma que había encontrado en el vertedero el primer día: la sudadera vieja y deformada, la parka con el relleno saliéndose y las zapatillas deportivas raídas.

Se subió la capucha para ocultar aún más los ojos y el rostro.

Cattoretti parecía un vagabundo errante, o quizás un anciano de la zona algo chiflado.

Giró hacia el norte, cojeando y apoyándose en el bastón, y comenzó a avanzar lentamente hacia Vernazza.

El viaje transcurrió sin incidentes. De hecho, habría sido bastante agradable si no hubiera tenido tanto miedo de que lo atraparan.

Se cruzaba con turistas de vez en cuando, italianos en su mayoría, pero también gente de Francia, Holanda, Alemania e incluso algunos estadounidenses.

Algunos iban con niños, pero la mayoría eran parejas.

También se cruzó con bastantes ciclistas de montaña con casco que pasaban a toda velocidad por el sendero, con las ruedas crujiendo sobre las piedras y las bicicletas traqueteando.

Pensó que estaban locos, ya que había acantilados escarpados a ambos lados del camino, sin barandillas, acantilados que caían en picado hasta la costa rocosa, muy parecidos a aquel por el que Elaine Brogan lo había tirado de una patada.

En menos de una hora, Giorgio llegó a Corniglia.

El sendero conducía directamente al centro del pequeño pueblo.

Aceleró el paso al cruzar la carretera principal serpenteante que bajaba hasta el mar, temiendo encontrarse con algún policía local.

En cuanto estuvo a salvo al otro lado del pueblo, se desvió hacia la izquierda y tomó un camino de tierra que serpenteaba a través de medio kilómetro de viñedos.

Finalmente volvió a enlazar con el sendero.

Hasta ahora, todo bien, pensó mientras cojeaba, con el sudor corriéndole por la espalda. Nadie le había prestado atención. La pierna tampoco le molestaba tanto como temía; solo le escocía un poco cuando cargaba todo el peso sobre ella.

En menos de dos horas llegaría a Vernazza. Planeaba llegar justo cuando el sol se ocultara tras las colinas, para que la oscuridad lo protegiera.

Giorgio lo calculó todo a la perfección.

Justo cuando coronó la última gran colina antes de Vernazza y el conjunto de casas en tonos pastel apareció ante su vista, el sol se hundió tras la cima de las colinas circundantes.

De repente oscureció tanto que le costaba ver el sendero a través de las gafas de sol, y redujo el paso.

Se rio para sus adentros, pensando en lo irónico que sería caerse accidentalmente por otro acantilado después de todo lo que había pasado.

Bastantes lugareños lo conocían en Vernazza, así que tendría que ser extremadamente cuidadoso. Pero también conocía bien la distribución del pueblo, lo había recorrido entero a pie y estaba familiarizado con cada callejuela y sendero de los alrededores.

Justo antes de llegar a los primeros edificios de las afueras, había un camino que subía por una larga colina, rodeaba una curva y llegaba directamente a la parte trasera de su propiedad, donde estaba su villa.

Tomaría esa ruta para entrar, y una vez que hubiera recuperado lo que buscaba, se escondería en algún lugar del bosque hasta la mañana.

Al amanecer, planeaba dirigirse a pie a Vernazzola, un pueblo hermano a pocos kilómetros tierra adentro, y allí tomaría el primer tren a Ginebra para largarse de Italia de una maldita vez.

Justo cuando iba cojeando mientras repasaba el plan en su mente, vio a un ciclista de montaña que venía hacia él desde Vernazza. Bajó la cabeza de inmediato. Cuando el ciclista estaba a punto de pasar, Cattoretti volvió a levantar la cabeza para echar otro vistazo.

Volvió a bajar la mirada rápidamente, con el corazón en un puño.

Era un policía, un gendarme local.

Había reconocido al instante el uniforme azul oscuro con la franja roja que subía por los pantalones.

Cattoretti siguió con la mirada clavada en el sendero mientras la bicicleta pasaba traqueteando.

Estaba a punto de suspirar aliviado cuando oyó que la bicicleta derrapaba y se detenía detrás de él.

Luchó contra el impulso de apretar el paso.

Ahora oía la bicicleta volviendo hacia él. —Merde —murmuró entre dientes.

—¿Signore? —dijo el policía, deteniéndose a su lado.

Giorgio mantuvo la cabeza gacha y siguió cojeando por el camino. «Solo soy un anciano loco e inofensivo», se dijo.

—¿Signore? —repitió el policía, más alto.

Giorgio ya se había alejado unos metros.

El policía pedaleó hasta adelantarlo y giró bruscamente, cortándole parcialmente el paso.

—Signore, le estoy hablando —dijo en italiano.

Giorgio miró hacia un lado y fingió reparar en él por primera vez.

—¿Eh? —dijo Giorgio, llevándose la mano a la oreja.

El agente no aparentaba más de veintidós o veintitrés años, poco más que un crío, pero estaba bien plantado, con hombros anchos y brazos musculosos.

Llevaba un cortavientos azul oscuro sobre un polo.

En el cinturón llevaba un walkie-talkie a un lado y una pistola enfundada al otro.

Un par de guantes de látex asomaba en el centro.

—¿Vive usted por aquí? —preguntó.

—¿Eh? —dijo Giorgio, girándose más hacia el policía y ahuecando la mano junto a la oreja.

—He dicho que si vive usted por aquí.

—Manarola —respondió Cattoretti, y siguió cojeando.

—Oye, no he terminado de hablar contigo.

Giorgio suspiró y se detuvo. Con cara de fastidio, dijo en italiano:

—¿Qué quieres de mí, muchacho? Solo soy un viejo que ha salido a pasear. ¿No tienes nada mejor que hacer?

Rodeó la bicicleta cojeando y siguió su camino.

El joven policía volvió a adelantarlo, esta vez bloqueando el sendero por completo.

—¡Alto!

Giorgio suspiró, se detuvo y se apoyó en el bastón.

—Muéstreme su identificación, per favore.

—¿Eh?

—¡Muéstreme alguna identificación! —dijo el policía, levantando la voz.

—Mis papeles están en casa —dijo Giorgio, señalando hacia atrás—. ¿Cree que llevo documentos encima cuando salgo a pasear?

—¿Por qué lleva esas gafas oscuras? Es peligroso, podría resbalarse y caer del sendero.

Giorgio no supo qué responder.

El policía desmontó lentamente de la bicicleta y bajó el soporte con el pie.

—Quítese las gafas de sol, per favore.

Giorgio miró a un lado y otro del sendero. Estaba desierto, no había un alma a la vista. El único sonido era el rumor constante del oleaje allá abajo. Justo detrás del policía había un precipicio de al menos sesenta metros de caída vertical hasta la costa rocosa.

Giorgio se quitó las gafas de sol lentamente y se las guardó en el bolsillo delantero de la sudadera.

El policía lo miraba con cierto recelo, pensó Giorgio. Con la luz del crepúsculo y bajo la capucha, sabía que era difícil verle los ojos.

—Bájese la capucha —ordenó el policía.

Con la mirada en el suelo, Giorgio se la bajó lentamente; luego levantó la cabeza de golpe y clavó los ojos en el policía.

El joven retrocedió al ver la cuenca vacía del ojo.

Cattoretti se abalanzó hacia delante y le golpeó el pecho con ambas manos. El joven derribó la bicicleta al caer de espaldas, justo al borde del precipicio. Antes de que pudiera levantarse, Cattoretti le agarró los tobillos y tiró de ellos hacia arriba, haciéndolo caer por el borde del acantilado.

Giorgio observó cómo el policía caía hacia las rocas, dando vueltas en el aire, gritando y arañando el vacío con desesperación. La caída fue tan larga que, cuando el policía se estrelló contra las rocas, pasó un segundo antes de que el sonido del impacto escalofriante llegara hasta Cattoretti.

Giorgio volvió al sendero y miró a un lado y otro con desesperación, el corazón desbocado. No había nadie alrededor, seguía desierto. Dio un paso hacia la bicicleta, pensando que podría usarla para huir rápido... pero se detuvo.

Aquello podía parecer un accidente.

Se asomó de nuevo al borde del acantilado. Una ola rompió sobre el cuerpo del policía y, cuando el agua retrocedió, este rodó, atrapado entre las rocas.

Se bajó las mangas de la sudadera sobre las manos para no dejar huellas dactilares, recogió la bicicleta y la hizo retroceder unos tres metros por el sendero.

Apretó las manetas de freno delantero y trasero y arrastró las ruedas bloqueadas en línea recta por la tierra y las piedras hacia el lugar donde el policía había caído, hasta el mismo borde.

Luego, agarrando la bicicleta por el sillín y el cuadro, la levantó, giró sobre sí mismo y la lanzó por el acantilado con todas sus fuerzas.

La vio caer dando tumbos en el aire, igual que el policía. Cayó al agua, a unos seis metros de donde flotaba el cuerpo.

Tras asegurarse de que no hubiera señales de lucha en el sendero ni nada que pudiera alertar a la policía, recogió el bastón y se alejó cojeando a toda prisa.