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Dos días después, mientras hacía una muesca para marcar su día veintisiete de vida de ermitaño en el bosque, Giorgio Cattoretti tomó una decisión.
Mañana abandonaría aquel lugar.
Había pasado un mes entero desde que cayó del acantilado.
Un mes lunar completo, al menos. Conocía bien el funcionamiento de la policía italiana y consideraba que había transcurrido tiempo suficiente para que dieran por hecho que se había ahogado.
Estaba bastante seguro de que empezaban a olvidarse de él.
Si conseguía entrar y salir de Vernazza, estaría en camino hacia una vida mucho más cómoda.
Estaba bien preparado. Durante muchos años había temido que en algún momento tuviera que esconderse, y lo había previsto.
A la mañana siguiente se levantó con las primeras luces y comenzó los preparativos para partir. Lo primero que tenía que hacer era cortarse el pelo desgreñado y recortarse la barba para no parecer un fugitivo que llevaba un mes viviendo en el bosque.
En el vertedero consiguió una lata de crema de afeitar casi vacía y algunas maquinillas desechables usadas.
También había encontrado un gran fragmento de espejo roto. Lo había encontrado, de hecho, el segundo día que llegó allí, y lo había guardado bajo el árbol caído desde entonces.
Ni una sola vez en los últimos veintiocho días se había permitido echar un vistazo a su propio reflejo. Abajo, en la playa donde pescaba con arpón, había rocas planas con oquedades que formaban pequeñas pozas donde podría haberse agachado fácilmente para mirarse la cara, pero no se había atrevido.
Giorgio Cattoretti era vanidoso con su aspecto. No le gustaba esa faceta de su carácter, pero la aceptaba. No podía imaginar qué aspecto tendría con un ojo de menos.
Cuando el sol empezó a asomar por el horizonte y los primeros rayos iluminaron su pequeño refugio, se puso en cuclillas y recuperó el fragmento de espejo de debajo del árbol.
Lo colocó sobre el tronco del árbol caído, con el reverso hacia el mar, de modo que los rayos del sol le dieran de lleno en la cara.
Respiró hondo, armándose de valor, y miró el fragmento plateado, que reflejaba los arbustos a su espalda. Se inclinó lentamente hacia delante... primero apareció la barba, luego los labios, la nariz... tragó saliva... después los ojos y la frente.
—Cristo santo —jadeó, y apartó la mirada de inmediato, con náuseas. ¡Estaba horrible, parecía un monstruo! ¡Un cíclope!
En ese horrible segundo en que se vio, llegó a vislumbrar el fondo de la cuenca vacía, que los rayos del sol iluminaban de un rosa pálido.
Su primer pensamiento fue: «¿qué mujer me querría ahora?».
Con lágrimas rodándole por la cara, se obligó a meter la mano en uno de sus frascos de agua dulce, mojarse el rostro y empezar a recortarse la barba.
Dos horas después había recuperado la compostura y se dijo que se había comportado como un tonto.
A las mujeres no les importaba tanto el aspecto de los hombres, no como en esas tontas novelas románticas que había estado leyendo.
Eso no le había ayudado. Su experiencia le decía que el bello sexo se sentía atraído por la confianza y el poder, y nunca en su vida había sentido tanta de ambas cosas.
Cuando se hubiera reintegrado a la civilización, se pondría un ojo de cristal. Había conocido a un barbero en Milán que tenía uno, y no quedaba tan mal.
Giorgio pasó la mayor parte de la mañana devolviendo al vertedero todos los objetos que había acumulado, lo que le llevó varios viajes.
No pensaba dejar ninguna prueba que pudiera indicar que alguien había estado viviendo en aquel bosque durante un largo período.
Si de algún modo la policía local llegaba a enterarse —una posibilidad remota, cierto— podrían reunir suficientes pruebas forenses para concluir que había sido él, y quería que el mundo entero lo creyera muerto.
No iba a correr ningún riesgo a estas alturas, ni siquiera el más mínimo.
Solo enterrar las espinas de pescado le llevó una hora: parecía que había miles.
Cuando terminó de recoger, su pequeño escondite bajo el árbol caído tenía exactamente el mismo aspecto que el día en que lo encontró, salvo por un círculo ennegrecido donde había hecho las fogatas.
Para entonces se habían acumulado muchas hojas secas en el suelo, y tras remover la tierra y esparcirlas, no quedaba rastro visual alguno de que nadie hubiera puesto un pie en aquel lugar, y mucho menos vivido allí.
Giorgio recogió las cosas que se llevaría y se echó al hombro una mochila raída que había encontrado.
Al echar un último vistazo a su pequeño refugio, le sorprendió la pena que sentía ante la idea de marcharse: casi se había convertido en su hogar.
Se dio la vuelta y empezó a subir la colina hacia el sendero.