Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 4
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Hacia el final de la tercera semana de vivir en el bosque, algo extraño le sucedió a Giorgio Cattoretti.

Una sobrecogedora sensación de tranquilidad y paz interior se apoderó de él, completamente inesperada.

Por supuesto, había oído la frase «estar en armonía con la naturaleza» muchas veces, pero hasta entonces solo había sido un puñado de palabras vacías. Ahora comprendía su significado a un nivel visceral.

Este cambio inesperado en su conciencia tuvo lugar mientras se daba su baño vespertino en el mar; su pierna había sanado hasta el punto de que podía nadar a braza, con movimientos suaves, durante unos treinta minutos sin cansarse.

Cuando terminó, se quedó de pie con el agua hasta la cintura, recuperando el aliento, mientras el intenso sol mediterráneo caía sobre su cuerpo bronceado.

Dejó caer una mano en el agua, y fue entonces cuando notó el cambio.

El agua le había parecido helada apenas tres semanas atrás, pero ahora casi no percibía la diferencia entre estar dentro o fuera de ella.

La sentía tibia, tan suave como el terciopelo...

y casi como una extensión de su propio cuerpo.

Cuando estaba en el mar, le costaba distinguir dónde terminaba él y dónde empezaba el agua.

Lo mismo ocurría con el aire fresco, siempre perfumado con olor a eucalipto y diversas hierbas aromáticas, que resultaba maravilloso en su rostro barbudo.

Ya era octubre, y tanto el aire como el agua se volvían cada vez más fríos, pero para él ambos le parecían más cálidos cada día.

Su piel parecía insaciable: nunca tenía bastante agua, viento ni sol.

Salió lentamente del mar vadeando y alzó la vista hacia la colina, contemplando el increíble paisaje natural: los árboles, el cielo azul más allá, el viento que agitaba su despeinado cabello entrecano.

Era una sensación verdaderamente increíble.

Su cuerpo parecía vibrar en sintonía con el entorno que lo rodeaba.

A pesar de sus lesiones, estaba en mejor forma que nunca: subir y bajar la empinada y rocosa colina a gatas día tras día, acarrear leña, pescar con arpón, nadar, y no beber café ni fumar ni probar una gota de alcohol había obrado maravillas.

Se miró los brazos, las piernas y el estómago, ahora perfectamente plano.

Su cuerpo se estaba volviendo musculoso y empezaba a parecerse al de un hombre de la mitad de su edad.

Giorgio siempre había sido un hombre dado a la reflexión. Decidió que quizá toda aquella «catástrofe» que había vivido era algo bueno, que quizá así tenía que ser.

A la tarde siguiente, mientras salía lentamente del agua, todavía en aquel estado de embriaguez, bajó la mirada hacia la férula de su pierna.

De repente, supo que había llegado el momento de quitársela.

No sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.

Cojeó hasta la roca donde estaban su ropa, la muleta y otras cosas, cogió el cuchillo de carne y cortó el cordel que sujetaba las dos tablillas de madera.

Las sacudió con suavidad para liberarlas.

Apoyó con cuidado algo de peso en la pierna e hizo una mueca de dolor, pero no fue tan malo como había esperado. Alargó la mano hacia la muleta, pero cambió de opinión. Se obligó a caminar despacio por el corto tramo de playa sin su apoyo.

Se detuvo y miró hacia atrás, al mar, mientras las lágrimas de gratitud le asomaban a los ojos.

Ahora sentía una afinidad especial con él.

Con ella, ahora.

Ella lo había sanado con Sus aguas saladas, Su oleaje acariciador, el beso espumoso de Sus olas.

Sintió que el amor le henchía el corazón como a esos idiotas de las novelas que estaba leyendo, un amor romántico, un amor por el mar. El sentimiento era mucho más fuerte y profundo que cualquiera que hubiera sentido por una mujer, o incluso por otro ser humano.

Mientras permanecía allí desnudo en la playa, gimoteando como un bebé, contemplando a su amada Señora del Mar color turquesa, era consciente de que el trauma que había sufrido, y su aislamiento del resto de la humanidad, lo estaba volviendo un poco loco.