Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 3
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Los días fueron pasando y las heridas de Giorgio comenzaron a sanar poco a poco.

Se distraía del dolor ocupándose de los asuntos prácticos de la supervivencia.

Mientras rebuscaba en el vertedero, le asombraba la cantidad de objetos que la gente tiraba y que aún eran útiles, o al menos útiles para él.

Prácticamente todo lo que necesitaba, excepto comida, estaba allí de una forma u otra.

Cubiertos, platos, vasos, tazas, pastillas de jabón a medio usar, cepillos de dientes, champú, incluso pequeñas cantidades de lavavajillas y detergente para la ropa en los envases vacíos.

Lo único que anhelaba y no encontraba por ninguna parte era un poco de café, aunque fuera instantáneo, o una botella con algo de vino.

Pero no había manera de dar con ninguna de las dos cosas.

Su mayor hallazgo fue otro encendedor desechable.

Este estaba casi lleno de butano. El mecanismo de la rueda estaba doblado y no rozaba bien la piedra, por lo que lo habían tirado.

Giorgio pasó la mayor parte de la tarde transfiriendo la rueda y la piedra del encendedor casi vacío al casi lleno.

Cuando terminó, tenía un encendedor prácticamente nuevo que le permitiría hacer fuego para cocinar durante meses.

«Meses», pensó con amargura. «No, no voy a quedarme en este lugar olvidado de Dios durante meses».

Pero tenía que quedarse allí por el momento. Era demasiado peligroso moverse.

Pasó una semana y luego otra. Giorgio llevaba la cuenta del tiempo haciendo muescas en el roble caído.

Pronto se dio cuenta de que había caído en una rutina diaria.

Por la mañana, recogía con cuidado el agua de lluvia o el rocío de los tarros y luego desayunaba fruta y frutos secos.

Recogía leña para el fuego y la dejaba al sol para que se secara bien, y también reunía suficiente fruta y frutos secos para ir picando el resto del día.

Hacia el mediodía, bajaba a la orilla y se bañaba en el mar.

Se tumbaba en una de las rocas, desnudo salvo por la férula en la parte inferior de la pierna derecha, y descansaba durante una o dos horas.

Había encontrado una docena de libros de bolsillo en el vertedero, en su mayoría novelas románticas italianas, y los leía de cabo a rabo, algunos varias veces.

Giorgio Cattoretti no era nada romántico.

Para él, aquellas historias pertenecían a un género diferente y mucho más entretenido: la comedia.

A menudo se reía a carcajadas en las partes donde la heroína sentía una gran oleada de emoción por el Príncipe Azul por el que suspiraba sin cesar.

Daba igual: le encantaba leer, y los libros lo mantenían ocupado y entretenido, con la mente activa.

Por la tarde, pescaba con arpón. Se volvió tan hábil que conseguir la cena ya ni siquiera suponía un reto. Le asombraba lo estúpidas que eran aquellas criaturas, que volvían día tras día al mismo lugar donde una docena de sus parientes de sangre habían sido ensartados sin piedad el día anterior.

Nunca se encontró ni vislumbró siquiera a otro ser humano.

Había un sendero que conectaba los cinco pueblos, pero estaba mucho más arriba en la colina, fuera de su vista.

El terreno era tan escarpado que no le preocupaba demasiado que alguien se desviara del camino, ya que lo usaban sobre todo turistas, y no había muchos en esa época del año.

A veces oía a lo lejos un grito o una carcajada desde allí arriba, que era la única señal, además del vertedero y algún avión que pasaba de vez en cuando, de que había miles de millones de personas vivas y coleando en el planeta,

ocupándose de sus asuntos exactamente igual que antes de que lo tiraran por el acantilado.

Le costaba imaginar que la vida de los demás no hubiera cambiado drásticamente también.

Una tarde, cuando Giorgio subía la colina cargando con su «captura del día», oyó voces justo antes de llegar a su pequeña guarida.

Se agachó de inmediato entre la maleza, justo debajo del roble.

—¿Qué ha sido eso? —dijo una voz en italiano. Sonaba como un crío, un chico de unos diez o doce años.

—Yo no he oído nada —dijo otra voz. Parecía un poco más joven, de nueve o diez.

Giorgio movió ligeramente la cabeza para ver mejor entre las hojas. Solo eran dos.

—Parece que alguien vive aquí —dijo el más joven—. Mira todas estas cosas... un cepillo de dientes, platos, tazas...

Se oyeron risas. Algo se rompió, más risas. Giorgio se estremeció: estaban rompiendo los platos.

—Eh, mejor no hagas eso —dijo el otro—. Podría volver y darte una paliza.

—No lo hará... ¿verdad?

—Cállate y abre los cigarrillos.

Giorgio oyó el sonido de papel al rasgarse.

—¡Eh, mira, aquí hay un encendedor! —dijo el más joven.

Giorgio lo oyó accionarlo varias veces. Ahora podía distinguir vagamente a los dos chicos, ambos con cigarrillos colgando de los labios.

Los encendieron y dieron caladas expulsando el humo de forma exagerada, como críos.

Giorgio apretó los dientes al ver al mayor guardarse en el bolsillo el encendedor que tanto le había costado reparar.

El más joven empezó a toser.

—Esto es fuerte.

—No eres más que un cazzamoscio —dijo el otro chico. Eso significaba debilucho o, literalmente, «polla flácida».

En ese momento, uno de los peces que Giorgio había pescado empezó a coletear en el suelo. Giorgio le puso la mano encima para que se estuviera quieto.

—Me pregunto quién vivirá aquí —dijo el chico joven.

—Vete a saber, algún vagabundo mugriento.

—¡Eh, a lo mejor es un criminal!

El otro se rio.

—¡Un criminal que huye de la ley!

—Estás loco, Mario —dijo el otro.

—¡Podría haber una recompensa! —añadió el más joven—. ¿Y si cuando volvamos se lo decimos a la policía?

El mayor no respondió.

«¡Mierda!», pensó Giorgio.

Entonces otro de los peces empezó a coletear, y Giorgio lo aplastó con el codo.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Mario.

—¿El qué? —dijo el mayor.

Mario se acercó y miró debajo del roble, a solo unos metros de donde se escondía Giorgio.

Moviéndose muy despacio, Giorgio sacó el pelador del extremo de la lanza.

Mario se acercó aún más, a solo unos metros, casi al alcance de la mano. Entre las hojas, Giorgio podía ver la piel tierna y pálida de su cuello joven...

La mente de Giorgio se disparó: hundiría la hoja en el costado del cuello de Mario, lo bastante profundo para que el chico se ahogara y no pudiera gritar; luego agarraría al otro y lo estrangularía, y después remataría al primero.

Arrastraría ambos cuerpos hasta el agua y los lastraría con piedras...

Otro pez empezó a coletear.

Ahora Mario miraba casi directamente hacia el brazo izquierdo de Giorgio.

—Vamos —murmuró el mayor, alejándose unos pasos—. Tenemos que volver al hotel.

—Pero hay algo aquí, en los arbustos...

—Solo es un animal, estúpido. Te puede morder una serpiente.

Mario se dio la vuelta a regañadientes y lo siguió.

Giorgio aflojó el agarre sudoroso del pelador y se tumbó boca arriba, dejando escapar un gran suspiro de alivio.

Giorgio estuvo inquieto las siguientes veinticuatro horas.

Fue al vertedero y, tras dos horas rebuscando, por fin encontró otro mechero, maldiciendo al pequeño cabrón por haberse llevado el suyo.

Pensó en trasladar su guarida a otro sitio, pero no dejaba de repetirse que solo eran un par de críos —turistas— y que probablemente habían olvidado todo lo que habían visto y dicho cinco minutos después de marcharse de allí.

¿Quién iba a tomarlos en serio? Un par de niños con demasiada imaginación.

Aun así, Giorgio no durmió bien esa noche.

Entonces las cosas empeoraron: un fuerte siroco empezó a soplar desde el sur.

En Cinque Terre no hacía falta meteorólogo para saber el pronóstico: la dirección del viento lo decía todo.

Cada viento tenía su nombre. Con un siroco cálido y polvoriento que soplaba desde el desierto del Sáhara, Giorgio sabía que al día siguiente cambiaría a Libeccio, desde el suroeste, y vendría una tormenta de las gordas.

Empezó a prepararse, cubriéndolo todo con plástico lo mejor que pudo, incluido él mismo.

Para Giorgio, la tormenta fueron doce horas de sufrimiento puro, y rugió toda la noche.

La lluvia y el viento fueron devastadores; el vendaval feroz le arrancó el plástico y lo dejó a la intemperie.

Quedó empapado hasta los huesos. En un momento dado, se encontró acurrucado en posición fetal en el barro, llorando como un crío, deseando que el viento aullante lo arrastrara colina abajo hasta el mar embravecido y acabara con todo.

Lo único positivo fue que, cuando por fin terminó y un viento de Tramontana que soplaba desde las montañas despejó misericordiosamente los cielos, había acumulado agua de lluvia suficiente para semanas. Siempre que consiguiera evitar que se echara a perder.