Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 47 #2
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—Son solo cincuenta mil. Este casino es propiedad de una empresa francesa: envían todos sus billetes extranjeros a su oficina principal, en Marsella —hizo una pausa—.

De todos modos, es una buena oportunidad para poner a prueba todo nuestro trabajo, Elaine.

Además, sé que la casa de cambio de este casino acaba de actualizar el software de verificación.

—Oh —Elaine tragó saliva.

Él le puso el brazo en el hombro.

—Cara, ¡deberías tener más confianza en ti misma! Revisaste mis falsificaciones «con lupa», como dijiste. No tienes nada que temer —le dio unas palmaditas en la rodilla—. Ahora sé buena chica y ve a cambiar el dinero.

Cogió el bolso, abrió lentamente la puerta y salió del coche.

Cattoretti se inclinó hacia ella con una sonrisa.

—¡Y procura no apostarlo todo antes de que llegue!

Cuando Elaine se acercó a la entrada del casino, de pronto sus sentidos se agudizaron. Miró por encima del hombro. Cattoretti ya estaba sentado en una de las mesas de la terraza.

Le sonrió y la saludó con la mano, ya con el teléfono en la oreja.

Un hombre uniformado le abrió la puerta de cristal y ella entró en el vestíbulo del enorme casino. Se oía el constante tintineo y el chirrido mecánico de las tragaperras.

Pasó junto a un guardia de seguridad, que apenas la miró. La casa de cambio estaba concurrida: había varias personas haciendo cola para cambiar dinero por fichas o fichas por dinero.

Había cámaras de seguridad por todas partes. Elaine vio un cartel en la pared.

- ADVERTENCIA -

CUALQUIER PERSONA SORPRENDIDA INTENTANDO PASAR AUNQUE SEA UN SOLO BILLETE FALSO EN ESTAS INSTALACIONES SERÁ ENTREGADA A LA POLICÍA

La advertencia estaba repetida en italiano y francés.

Elaine ya tenía las manos húmedas de sudor.

Aquello era una prueba. Cattoretti quería que ella intentara cambiar el dinero y cargara con las consecuencias si lo detectaban como falso.

Entonces le vino a la mente un pensamiento aún más aterrador. ¿No le había dicho Lassiter que, hacía unos meses, una prostituta italiana había cambiado algunos de los billetes falsos en ese mismo casino y después había desaparecido?

Detrás de uno de los mostradores, vio a un empleado que metía un fajo de billetes de euro en una de las máquinas verificadoras de alta velocidad. Imposible cambiar el dinero allí: las máquinas harían saltar las alarmas al instante.

Ahora que había salido por completo del aturdimiento pasivo de los últimos tres días, recorrió el vestíbulo con la mirada, frenética.

Tenía que haber otra salida del edificio...

pero ¿adónde iría? Solo tenía un pasaporte falso que Cattoretti le había fabricado y un bolso lleno de billetes falsos sin valor.

Deambuló por el casino abarrotado, pasando junto a las máquinas tragaperras y rodeando las mesas de blackjack, con el corazón latiéndole cada vez más fuerte. Su única esperanza era endosarle la moneda falsa a otra persona. Pero ¿a quién? ¿Y cómo?

Recorrió la multitud con la mirada y divisó a una rubia teñida cargada de joyas de oro llamativas. La acompañaba un hombre con sombrero de vaquero y corbata de cordón. Estaban en una mesa de dados, recogiendo sus fichas.

—¡No se vayan ahora! —dijo uno de los otros jugadores—. Están en racha.

—Cariño, nos retiramos mientras vamos ganando —dijo la mujer mientras barría las fichas con avidez. Llevaba en el dedo un diamante del tamaño de una bellota.

—Anoche perdí hasta la camisa —murmuró el hombre que la acompañaba mientras echaba las fichas en su sombrero de vaquero—. Nos largamos mientras podemos.

Cuando giraron en dirección a Elaine, ella rodeó otra mesa de dados para interceptarlos.

—Apuesto a que son de Texas —dijo Elaine con una amplia sonrisa.

—¡Así es! —dijo la mujer—. No se ven muchos estadounidenses por estos lares. Somos de Galveston. ¿De dónde eres tú?

—Dallas —dijo Elaine, y giró para seguirles el paso. Caminaban apresuradamente hacia el cambio de divisas—. Escuchen, puedo ahorrarles una buena cantidad en sus ganancias, si les interesa...

Aminoraron el paso.

—¿Cómo es eso? —preguntó el hombre con cautela.

—Puedo cambiarles las fichas por dólares estadounidenses. No tendrán que pagar ni un centavo de comisión. —Elaine miró alrededor para asegurarse de que nadie la observaba y abrió el bolso Gucci para que ambos pudieran ver el interior.

El hombre miró a su esposa, tentado.

—Chester, ¿te has vuelto loco? —dijo la mujer. Fulminó a Elaine con la mirada—. No nacimos ayer, cariño.

Agarró a su marido del brazo y se lo llevó.

Elaine caminó por el casino con la mente acelerada. Solo habían pasado cinco minutos desde que había entrado, pero cada minuto que pasaba le parecía una semana. Se estremeció al pensar en lo que Cattoretti le haría.

Podía oír su voz cuando habló de Sforza:

Se dice que clavó a un traidor a su propio ataúd, aún vivo.

Elaine caminó hasta el fondo, donde estaban los baños.

Había una puerta trasera, una salida de emergencia contra incendios, como exigía la ley, pero dos guardias de seguridad armados la custodiaban.

Una vez más, aunque lograra pasar junto a ellos, ¿adónde iría?

No podía comprar nada en Italia con otra moneda que no fueran euros, y desde luego no podía arriesgarse a usar sus tarjetas de crédito.

Elaine volvió al frente del salón principal y se asomó por el borde del marco de la ventana.

Cattoretti seguía sentado en el café de enfrente. Estaba demasiado lejos para distinguir los detalles de su rostro, pero se notaba que vigilaba la entrada: veía el resplandor anaranjado de su puro parpadear cada vez que le daba una calada.

Se acercó a las mesas de dados y miró a su alrededor, desesperada. Tenía que haber alguna forma de salir de aquello... pero nadie en su sano juicio confiaría en una desconocida que ofreciera cambiar dinero. Y si los guardias la veían hacerlo, la echarían, como mínimo.

Entonces recordó algo: el Rollo del Pavo. Una estratagema similar podría funcionar.

Divisó a una joven rubia voluptuosa, de aproximadamente su edad, que parecía molesta por algo. Junto a ella había un hombre con gafas de montura metálica que parecía lo bastante mayor como para ser su abuelo. Estaban discutiendo.

Elaine se acercó un poco más para captar la conversación.

—Tú dices que esas fichas mías —dijo ella con un fuerte acento italiano—, ¡y luego dices cómo apuesto! ¡Yo apuesto como quiero!

—Querida, solo intento evitar que pierdas —dijo él con un refinado acento británico—. Necesitas orientación.

—¡Yo no quiero tu orientación! —dijo ella con altivez, y deslizó la pila de fichas lejos de él.

—Haz lo que te dé la gana. —Recogió los dados y los lanzó—. Tíralo todo a la basura, no me importa. Pero no vas a conseguir más esta noche.

—Y tú tampoco —murmuró la chica.

Elaine se dio la vuelta y fue directamente al baño de mujeres.

Dentro había una encargada sentada junto a una mesa con toallas apiladas, enfrascada en un libro de bolsillo.

Elaine entró en uno de los cubículos del medio.

Echó el pestillo y colgó el bolso Gucci en el gancho de la puerta.

Sin hacer ruido, se deslizó por debajo del tabique hacia el cubículo contiguo, esperó unos segundos, tiró de la cadena y salió.

Un minuto después estaba de vuelta en el casino y se acercó por detrás a la italiana curvilínea. Entre los dedos llevaba una bola pegajosa de chicle que había sacado de un cenicero.

—Disculpa, tienes chicle en la parte de atrás del vestido —dijo Elaine.

La chica frunció el ceño. —Merda —dijo mientras se llevaba la mano a la espalda, tanteando con los dedos—. Questo vestito è molto costoso! —Miró a su acompañante de edad avanzada, que ahora estaba absorto en su propio juego, sin prestarle atención.

—Qué lástima —dijo Elaine con simpatía—. Sé cómo quitarlo sin estropear el vestido. Vamos al baño de señoras.

Cuando entraron en el baño, Elaine le dijo a la encargada: —¿Le importaría conseguirnos cinta adhesiva fuerte, por favor? De la cocina o del conserje.

—Nastro d'argento —tradujo la chica.

—Si —dijo la encargada, y salió del baño.

—La cinta lo quitará como por arte de magia —le aseguró Elaine a la chica, que se había dado la vuelta y miraba aquel desastre pegajoso en el espejo.

—Disculpa un momento —dijo Elaine, y entró en el cubículo del medio. Cerró la puerta tras ella.

Se deslizó por debajo de la puerta y entró en el cubículo donde había dejado el bolso Gucci, luego regresó al primero.

—¡Dios mío! —exclamó.

—Cosa c'è? —dijo la chica.

Elaine salió del cubículo con el bolso en las manos y lo cerró rápidamente.

—Nada... yo... alguien dejó esto aquí.

Dio un paso hacia la puerta.

—Voy a entregarlo a seguridad...

—Espera —dijo la chica con suspicacia, agarrando la muñeca de Elaine—. ¿Qué hay dentro?

—Nada —dijo Elaine, apartando la mirada.

La chica intentó quitarle el bolso.

Elaine lo sujetó, pero se aseguró de que la chica viera el dinero.

—Madonna mia! —jadeó.

—Yo lo encontré —dijo Elaine, apartándolo—. ¡Es mío!

—¡Nosotras encontramos! —dijo la chica, tirando de él.

Sus ojos ardían de codicia.

—¡Llamo a seguridad!

—Shhh —dijo Elaine, mirando nerviosamente hacia la puerta—. Mira, ¿lo repartimos? Cincuenta y cincuenta. ¿De acuerdo?

En ese momento, otras dos mujeres entraron en el baño.

Elaine y la chica entraron en uno de los cubículos y cerraron la puerta con pestillo.

Elaine contó rápidamente el dinero, mientras la chica observaba cada uno de sus movimientos.

—Hay cincuenta mil aquí —susurró Elaine.

Señaló el bolso de la chica.

—Tú me das veinticinco mil en fichas, y puedes quedarte con todo.

A la chica solo le llevó una fracción de segundo decidir que el efectivo era mejor que las fichas.

Contó rápidamente fichas por valor de 25.000, y Elaine le dio el dinero a cambio.

Cuando Elaine salió por la puerta del baño, se cruzó con la encargada, que llevaba un rollo de cinta adhesiva.

—Gracias —sonrió Elaine—, pero ya resolvimos el problema.

Un minuto después, Elaine estaba en la ruleta más alejada de la entrada, de pie en un lugar desde donde podía hacer apuestas y, a la vez, ver claramente a todos los que entraban en la sala.