Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 46
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En ese momento, Nick LaGrange descendía por el barranco en el lado este del Castello Fontanella, a solo cuatrocientos metros de la entrada. Vestía ropa de camuflaje gris y negro y cargaba una pesada mochila a la espalda. Tenía la cara ennegrecida con pintura de camuflaje.

Llevaba tres semanas investigando a un criminal italiano llamado Giorgio Cattoretti. Al parecer, la auténtica imprenta KBA Giori responsable de los billetes falsos de calidad cada vez mayor podría encontrarse en este castillo. Dos días antes había obtenido permiso para viajar a Italia y comprobarlo.

Acercarse lo suficiente al castillo para ver qué ocurría no sería tarea fácil.

Además de los profundos barrancos que rodeaban la estructura por los cuatro costados, había un foso y un muro de fortificación de seis metros de altura.

Las fotos satelitales también indicaban que guardias con perros patrullaban los terrenos del interior del foso.

No sería fácil, y podría acabar muerto. Pero si la máquina Giori estaba aquí, merecía la pena correr el riesgo.

Cuando se detuvo a descansar un momento, vislumbró unos faros a través de los árboles. Un coche circulaba por el camino de acceso al castillo, pero estaba demasiado lejos para distinguirlo.

Se preguntó si Giorgio Cattoretti iría dentro.

Cattoretti ordenó a Luigi que detuviera el Rolls en la entrada de la Torre Este.

Hizo una seña a Elaine.

—Tony se disgustará si te ve así.

Ella se miró el traje de negocios salpicado de sangre.

—Ve a asearte y guarda esa ropa en el armario. Yo me encargaré de ella más tarde.

Cattoretti bajó del coche y abrió con llave la puerta de la torre. Elaine subió sola.

Intentó convencerse de que Cattoretti había hecho lo correcto al matar a Gene Lassiter, y de que Gypsy estaba bien.

A medianoche, Nick LaGrange yacía boca abajo sobre el muro de fortificación. Solo había un guardia de servicio patrullando los terrenos, y tras cruzar el foso a nado, Nick había logrado esquivarlo.

Desde allí podía ver las ventanas de ambas torres, así como las que daban al patio interior.

Durante los últimos minutos había observado a un hombre delgado y moreno, con delantal, lavando platos. Después se apagaron las luces y se encendieron otras en la habitación contigua.

Usaba un micrófono láser para intentar captar conversaciones dentro del castillo, pero los pequeños cristales de las ventanas eran tan gruesos que el dispositivo resultaba casi inútil.

Oía un débil repiqueteo y entonces cayó en la cuenta de que en una de las habitaciones debía de haber una mesa de billar.

En general, el castillo parecía muy tranquilo. Si había una operación de falsificación en marcha, no encontraba indicios de ello. Cattoretti era dueño de una veintena de negocios donde podría estar la prensa Giori; el más cercano —y más probable— era una imprenta llamada DayPrinto S.p.A.

Si no averiguaba nada aquí, iría a ver qué podía descubrir allí.

Después de cambiarse la ropa ensangrentada y ducharse, Elaine se puso un conjunto informal de Fendi y bajó.

Encontró a Cattoretti en la cocina, charlando con Tony.

Ambos tomaban café. Cattoretti le contaba la cena que habían disfrutado en el restaurante.

Nadie habría imaginado que acababa de causar la muerte de una —y posiblemente dos— personas.

Cuando Cattoretti vio a Elaine, señaló a Tony y dijo:

—El chef de Il Luogo de Aimo e Nadia es el único cocinero de Milán al que Tony tiene en alta estima.

—¿Quién dice que lo tengo en alta estima? —replicó Tony—. ¡El hombre le pone licor al tiramisù! La receta original del tiramisu no lleva licor. Eso lo convierte en un dilettante, como todos los demás.

Tony miró a Elaine.

—El problema es que vivimos demasiado cerca de Francia.

Hizo una pausa.

—Lo que Tony no entiende es por qué el signore come en restaurantes cuando tiene al mejor chef de toda Lombardía trabajando aquí mismo, en su propia casa.

Cattoretti le pidió a Elaine que saliera a dar un paseo con él por el patio mientras fumaba un puro. Ella tuvo que cogerle la mano para mantener el equilibrio sobre los adoquines irregulares.

—¿Tienes frío, cara? —preguntó Cattoretti.

—No —respondió ella, pero él, galante, se quitó la chaqueta del esmoquin y se la puso sobre los hombros. Le tomó la mano de nuevo mientras caminaban—. Me alegra verte de mejor ánimo.

Era cierto. Ver a Cattoretti y Tony juntos le había levantado un poco el ánimo. No creía que el hombre pudiera ser del todo malo, no si tenía a alguien como Tony trabajando para él.

—Espero que entiendas que todo lo que hice esta noche, lo hice por ti —dijo Cattoretti—. Te protegí y recuperé el dinero, dinero que te mereces.

—Sí —dijo Elaine, sintiéndose culpable.

Se encogió de hombros, con el puro entre los dedos.

—Fue una lástima que Lassiter muriera, pero no se pudo evitar.

Era un hombre mezquino y egoísta, Elaine.

Los hombres mezquinos siempre reciben su merecido.

Lo que te hizo fue una cobardía: había muchas formas de sacar la llave de datos de Estados Unidos, pero eligió utilizarte a ti. Despreciable y cobarde.

Las palabras reconfortaron a Elaine, pero también tuvo la sensación de que Cattoretti intentaba manipularla.

Se oyó un ruido en algún lugar por encima de ellos. Sonó como una piedrecita rodando por un canalón.

Cattoretti alzó la vista bruscamente. Uno de los perros guardianes empezó a ladrar al otro lado del muro de fortificación.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Elaine.

—Probablemente un animal. Hay muchos animales salvajes por aquí.

Cuando Cattoretti terminó su puro, acompañó a Elaine hasta su dormitorio en la Torre Este.

Cuando entraron, él se quedó allí, mirándola. Había un brillo lujurioso en sus ojos.

—Cara —susurró, y le acarició el rostro con ternura—. Eres tan hermosa.

Se acercó más, con la mirada fija en sus labios. Ella olía el humo del puro en su ropa.

El corazón le latía con fuerza, pero no de lujuria.

—Esto... esto es demasiado rápido —dijo ella—. Eres un hombre muy atractivo, pero apenas nos conocemos.

Él la ignoró y de repente sus labios se apretaron contra los de ella.

Elaine se resistió, pero eso solo pareció excitarlo más.

Una voz prudente dentro de su cabeza le dijo: No tienes pasaporte ni dinero.

En cuestión de días este hombre descubrirá que le mentiste sobre sus falsificaciones, y que no valen nada.

Será mejor que le gustes mucho más de lo que le gustas ahora, si quieres ver tu próximo cumpleaños.

La empujó sobre la cama y apretó su cuerpo contra el de ella.

Elaine sentía la erección de él contra su muslo mientras le exploraba la boca con la lengua.

Las manos de él parecían estar en todas partes: le subían la bata, le acariciaban los pechos, le frotaban los pezones con los dedos.

Sintió una excitación sexual sucia, casi pornográfica; una parte de ella disfrutaba de lo que él le estaba haciendo.

Déjalo que haga lo que quiera contigo, dijo la voz.

Abrió los ojos un segundo... y vio una luz roja en el techo.

Jadeó y empujó bruscamente a Cattoretti.

—¿Qué pasa? —dijo Cattoretti, sin aliento.

—Yo... —Elaine intentó no mirar el pequeño punto de luz. Era un rayo láser que parpadeaba en lo que le pareció algún tipo de código—. No puedo hacer esto ahora, no estoy lista.

Él frunció el ceño, se dio la vuelta y miró hacia el techo.

En ese instante, el pequeño punto rojo se apagó.

Elaine yacía sin aliento en la cama, con miedo de que apareciera de nuevo. Había reconocido una palabra: era código Morse. La palabra que la había sacudido como un rayo. N-I-C-K.

Estaba afuera, en algún lugar. ¡Había venido a buscarla!

Cattoretti le observaba los ojos. El hombre tenía instintos afilados como navajas.

—¿Qué pasa, cara? —dijo él, volviendo a mirar hacia el techo.

Elaine se incorporó en la cama.

—Es que... simplemente no estoy lista para esto.

—Ya veo. ¿Y cuándo crees que estarás lista?

Lo dijo en un tono que le indicó que no era cuestión de «si», sino de «cuándo».

—Yo... no lo sé. Una mujer no puede dar un horario para estas cosas.

Se levantó de la cama y se alisó la chaqueta, visiblemente tenso.

—Muy bien —dijo—. Quizá tus sentimientos cambien cuando lleguemos a Vernazza.

—¿Vernazza? —dijo Elaine.

—Sí. Como tu pasaporte no estará listo hasta dentro de unos días, pensé que podríamos tomarnos unas vacaciones allí. Tengo una pequeña villa junto al mar. Es muy apartada, muy romántica —sonrió—. Te gustará.

Echó un último vistazo al techo y dijo:

—Buenas noches, cara.

Luego se fue y cerró la puerta tras de sí.

En cuanto se fue, Elaine se acercó a la ventana y miró hacia afuera. Apenas podía distinguir el patio y las murallas de la fortificación: estaba demasiado oscuro para ver nada más. Se quedó allí un momento y luego retrocedió, por miedo a que Cattoretti pudiera verla.

Se sentó de nuevo en la cama, con la piel de gallina en los brazos. ¡Nick LaGrange estaba allí! ¿Cómo la había encontrado? ¿Había venido a rescatarla?

Justo cuando empezaba a preguntarse si había imaginado la pequeña luz en el techo, oyó un ruido que venía de la ventana.

Nick LaGrange subía lentamente por el lado más oscuro de la Torre Este. Había lanzado un gancho de escalada al tejado y trepaba por el muro de piedra, con miedo de que el guardia de patrulla lo viera.

Todavía estaba conmocionado por lo que había presenciado en el patio. Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, no lo habría creído.

Su Elaine estaba allí, en aquel mismo castillo. ¡Y aparentemente era muy amiga de Giorgio Cattoretti! Muy buena amiga.

Le había impactado tanto que casi había perdido el equilibrio en el muro de la fortificación y había golpeado piedras contra el canalón. Durante unos segundos, cuando el perro empezó a ladrar, pensó que alguien lo descubriría.

Lo que más perturbaba a Nick era haber visto a Cattoretti y Elaine caminando de la mano.

Recordó el día en que la había conocido en Bulgaria, cuando le había tomado la mano a Elaine para seguir con la estafa del Rollo del Pavo.

Para cuando habían regresado a la oficina aquel día, ya se había enamorado de ella, aunque no se había dado cuenta en ese momento.

Ver a Cattoretti cogiéndola de la mano hizo que Nick ardiera de celos.

¿Por qué diablos lo había abandonado en Bulgaria después de que se habían acostado juntos por primera vez?

Había sido emocionalmente devastador para Nick. Todavía no lo entendía.

Descansó un momento para recuperar el aliento y luego volvió a trepar.

Elaine se levantó de la cama y observó sin aliento la ventana mientras una mano enguantada abría las contraventanas.

—No te preocupes —susurró una voz desde la oscuridad de afuera—, soy yo, Nick.

Se coló por la ventana de un impulso.

Iba vestido de pies a cabeza con uniforme de camuflaje y tenía el rostro ennegrecido con pintura. Todo tipo de equipo técnico le colgaba del cuerpo. Llevaba un arnés alrededor del pecho, del que pendía un cable de acero.

Quería correr a sus brazos... pero entonces vio la expresión de su rostro.

Nick miró hacia el tocador. El collar de diamantes Chopard estaba extendido encima. Volvió a mirarla.

Solo entonces Elaine se dio cuenta de cómo debía de parecer aquello.

—Esto... esto no es lo que parece —tartamudeó.

—¿No? ¿Y qué es, entonces?

Se puso a la defensiva.

—Es... se llama supervivencia, Nick.

Él volvió a mirar el collar.

—A mí me parece mucho más que «supervivencia».

Entonces cayó en la cuenta de que él podría haberlos visto a ella y a Cattoretti paseando de la mano por el patio: recordó el ruido que habían oído.

—Nick...

—¿Por qué me abandonaste en Bulgaria?

—Nick... —Tenía lágrimas en los ojos—. Tendría que haberte hecho caso a ti y no a ese viejo horrible. Lo siento, yo...

—¿Por qué no respondiste a mis cartas?

—¿Cartas? ¿Qué cartas?

—Di con el hotel donde te alojabas en Washington. Sé a ciencia cierta que las entregaron.

Ahora todo empezaba a encajar.

—Gene Lassiter, ese cabrón...

—Gene... ¿quién?

—Lassiter. El tipo con el que me vi en Alemania, el que me dijo que te estaban investigando. Me contó que te habían detenido y que habías acabado en la cárcel.

—¿Y le creíste a él en vez de a mí?

Se le humedecieron los ojos.

—Nick... por favor.

Él se encogió de hombros.

—Es que soy un dejado y un vago, nada más. Nunca me molesté en cambiar esos rublos.

—Lo sé, Nick, cometí un error estúpido. ¿Puedes perdonarme? —Una lágrima le rodó por la mejilla—. ¡Te quiero, Nick! ¡Estoy loca por ti!

Reparó en el pequeño pavo de cuerda que había sobre el tocador. Estaba tumbado de lado, con una pata desprendida.

Esbozó una sonrisa.

—¿Has guardado esa tontería?

—¡Pues claro que la guardé! —dijo Elaine, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Se acercó a ella y alargó la mano.

La puerta se abrió de golpe.

Cattoretti estaba plantado en el umbral, vestido con su esmoquin, pistola en mano. Clavó la mirada en Nick y luego en Elaine.

Nick echó mano a su arma.

Cattoretti disparó. Elaine gritó. Nick se tambaleó hacia atrás. Cattoretti disparó dos veces más.

Los dos disparos le dieron en el centro del pecho. Cayó al suelo.

Elaine se lanzó hacia él entre sollozos, pero Cattoretti la agarró de la muñeca.

—¿Quién es? —gritó.

—¡Nick! —gimió ella, con la vista clavada en su cuerpo inerte—. ¡Nick!

—¿Quién es? —exigió saber Cattoretti.