Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 43
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El restaurante, Il Luogo de Aimo e Nadia, estaba en el centro de la ciudad. En vez de ir en el Rolls Royce con chófer, Cattoretti condujo él mismo un reluciente Porsche descapotable azul metálico.

El interior del restaurante estaba decorado con una simplicidad moderna: paredes blancas inmaculadas, interrumpidas únicamente por unos cuantos llamativos cuadros abstractos al óleo. Tenía un aspecto muy italiano.

Cattoretti llevó consigo el bolso Gucci y lo dejó en una de las sillas vacías.

La comida estaba deliciosa, pero Elaine apenas podía probar bocado. Solo podía pensar en el dinero falso del bolso. Él le había dicho que hasta el último dólar que imprimiera lo enviaría a Rusia para blanquearlo allí. Pero si eso era cierto, ¿qué pensaba hacer con este dinero?

Lo que más temía Elaine era que lo usara para pagar la cena. Calculaba que la cuenta ascendería a varios cientos de euros: solo la botella de vino que había pedido Cattoretti costaba más de 300 €.

Mientras tomaban café y tiramisú, Cattoretti chasqueó los dedos al camarero y pidió la cuenta.

El hombre la trajo en una elegante bandejita y los dejó solos.

Cattoretti permaneció sentado, bebiendo su café y mirando plácidamente a Elaine.

—Pareces distraída, cara. ¿No te ha gustado la comida?

—No, estaba deliciosa.

Sonrió y se tocó el estómago.

—Es solo que he comido demasiado.

—Tonterías —dijo, mirando su figura—. Comes como un pajarito.

—Yo... me estaba preguntando. ¿Has sabido algo de Luigi sobre el pasaporte?

—Ah. Sí. Me temo que tengo malas noticias al respecto.

Elaine se tensó.

—¿Malas noticias?

—Sí. Por desgracia, tardará un poco más de lo esperado. Nuestro contacto en el ministerio ha caído enfermo hoy. Luigi dice que pasarán al menos dos días más antes de que lo entreguen. Probablemente no hasta final de semana.

—Está bien —dijo Elaine, con el estómago revuelto.

¡Final de semana! Descubrirían el fallo en los billetes falsos mucho antes.

El móvil de Cattoretti empezó a sonar. Lo sacó y miró la pantalla.

—Disculpa —dijo, y atendió la llamada en el vestíbulo.

Elaine se removió inquieta en su silla: aún podía verlo a través de la puerta, hablando por teléfono, asintiendo. Seguía mirándola.

«Por favor, que nadie descubra el error en los billetes falsos», pensó. «Por favor».

Cuando Cattoretti regresó a la mesa, sonrió y volvió a sentarse. Miró la cuenta sobre la pequeña bandeja plateada y cogió el bolso Gucci.

Elaine se clavó las uñas en las palmas.

Cattoretti sacó la cartera del bolso, la abrió y dejó la tarjeta de crédito sobre la bandeja.

Ella exhaló un gran suspiro de alivio.

El camarero vino con un datáfono portátil y Cattoretti introdujo su PIN.

—Y ahora —dijo, levantándose de la mesa—, tengo una pequeña sorpresa para ti.

Estaban de vuelta en el Porsche, cruzando el centro de Milán. Elaine tenía el estómago hecho un nudo; el café y el postre le subían de vez en cuando.

«¿Sorpresa?», pensó. «¿Qué tipo de sorpresa?»

Llevaban varios minutos en el coche. Cattoretti no había dicho una palabra.

—¿Puedo preguntar adónde vamos? —dijo finalmente Elaine.

—Cara —dijo en tono de reproche—. Te lo dije: es una sorpresa. No querrás que la estropee, ¿verdad?

—Nunca me han gustado mucho las sorpresas —dijo Elaine con voz débil.

—¿De verdad? Según mi experiencia, a la mayoría de las mujeres les encantan las sorpresas: regalos inesperados, viajes y demás.

—Bueno, supongo que no soy como la mayoría de las mujeres.

Él se rio.

—No, cara, pero yo no soy como la mayoría de los hombres. Siempre te encantarán mis sorpresas.

En un semáforo, giró bruscamente a la derecha y aceleró por una calle estrecha, haciendo chirriar un poco los neumáticos. Parecía relajado, con una sola mano en el volante, cambiando de marcha con naturalidad.

Elaine notaba el sudor corriéndole por el costado.

—No estás enfadado conmigo por nada, ¿verdad?

—¿Enfadado?

Cattoretti le cogió la mano y se la apretó.

—¿Cómo podría estar enfadado contigo, después de que hayas eliminado tan brillantemente cada pequeño error de mis billetes falsos?

Elaine luchó contra el pánico que la atenazaba. ¿Había un ligero sarcasmo en su tono? No podía saberlo.

De repente aminoró la marcha, mirando más allá de ella, por su ventanilla. Parecía estar observando el interior de un bar. Sin previo aviso, hizo un giro en U que lanzó a Elaine contra la puerta.

—Perdona —dijo—. Vi un sitio para aparcar por aquí. Son difíciles de encontrar.

Detuvo el Porsche y aparcó en paralelo con pericia entre dos grandes motocicletas.

Apagó el motor. Le sonrió de nuevo y le tomó la mano.

—Muy bien, dejaré de mantenerte en suspenso. Vamos a recuperar tu dinero esta noche. Todo.

—¿Mi dinero? —dijo ella, confundida.

Él señaló hacia el bar, al otro lado de la calle.

—En unos minutos, la querida Gypsy de Gene Lassiter llegará allí.

Sonrió con satisfacción.

—Vamos a intercambiar a Gypsy por el dinero.

Gene Lassiter estaba sufriendo su quinto o sexto ataque de ansiedad desde que había huido con el dinero del castillo de Cattoretti.

Estaba sentado frente a su ordenador portátil en la habitación del hotel en Milán, hiperventilando, con las palmas sudorosas, actualizando la pantalla cada minuto o dos con la esperanza de encontrar un correo electrónico de Gypsy.

Le aterrorizaba la idea de haber perdido a su dulce amor para siempre. Si así fuera, no sabía qué haría.

No tenía manera de contactar a Gypsy por teléfono.

No se había atrevido a apuntar el número en ningún sitio; solo lo había guardado en su móvil, que evidentemente había perdido en algún lugar la noche anterior, posiblemente en casa de Cattoretti.

Sabía que Gypsy vivía en Berlín con un hombre llamado Dieter, pero nada más.

Miró la bolsa llena de dinero en efectivo que le había quitado a Cattoretti. ¿De qué servía todo ese dinero sin Gypsy? Todo lo que había hecho era por su querido amante. Sin Gypsy, todo ese dinero no era más que tinta sobre papel.

La habitación del hotel era un desastre repugnante, con platos, tazas y vasos sucios del servicio de habitaciones esparcidos por todas partes.

Lassiter tenía miedo de salir del edificio.

No había puesto un pie fuera de la habitación desde que se había registrado la noche anterior, por temor a que los hombres de Cattoretti pudieran encontrarlo de algún modo.

Tenía el presentimiento de que Gypsy vendría a Milán ese día, a pesar de que se lo había prohibido.

Gypsy era impulsivo hasta la exasperación. Lo cual era parte de su atractivo.

Lassiter actualizó la pantalla de nuevo, con el rostro crispado de angustia. La idea de que Gypsy ya no estuviera interesado en él era más de lo que podía soportar.

Entonces le asaltó un pensamiento aterrador, uno que, se dio cuenta, había estado acechando justo bajo la superficie de su conciencia durante todo el día.

¿Y si Gypsy realmente había encontrado a otro amante?

Con la cabeza entre las manos, Gene Lassiter se echó a llorar como un niño.

El bar era elegante y sofisticado, con cómodos sofás repartidos por todas partes y las paredes decoradas con pinturas impresionistas de aire melancólico. Estaba lleno de gente moderna de unos treinta años, todos del barrio, todos bien vestidos, y tan abarrotado que costaba respirar.

Cattoretti saludó a algunas personas mientras guiaba a Elaine hacia una mesa alta en un rincón. Estaba parcialmente oculta por una columna, pero aún así ofrecía una buena vista de la puerta principal.

Una camarera se acercó a la mesa. Cattoretti pidió Chianti para los dos.

Nerviosa, Elaine recorrió la sala con la mirada, observando a toda la gente. Lo último que le importaba en ese momento era conseguir el dinero. Ya no lo quería. Solo quería escapar. Quizá podría disculparse para ir al baño de señoras y salir por la puerta trasera.

Pero sin pasaporte, y con Interpol y vete a saber quién más buscándola, no creía que pudiera llegar muy lejos.

Cattoretti observaba a toda la gente, buscando a Gypsy.

Elaine miró a su alrededor; solo en su campo de visión había bastantes mujeres altas con el pelo largo, oscuro y rizado.

—¿Cómo la reconocerás? —preguntó Elaine.

—A las nueve en punto, Greta llamará al bar y preguntará por Gypsy —sonrió—. Cuando se ponga al teléfono, la reconoceremos.

A medida que pasaban los minutos y Elaine observaba a toda la gente bebiendo y charlando, su curiosidad empezó a superar su deseo de huir. Quería ver cómo era Gypsy, qué clase de chica haría que Gene Lassiter llegara a tales extremos.

Exactamente a las nueve en punto, se oyó el débil timbre de un teléfono. El camarero contestó.

—Es la llamada de Greta —susurró Cattoretti, atento.

El camarero escuchó un momento, luego apartó el auricular y recorrió la multitud con la mirada.

—Gipsy è qui? —gritó—. ¿Gypsy?

Elaine se inclinó hacia delante, observando a la gente. Nadie parecía reaccionar.

—¡Gypsy! —gritó el camarero, más alto.

—Quizá ella... —empezó Elaine, pero entonces vio que la multitud se abría cerca de la barra para dejar pasar a alguien.

—Ahí está —susurró Cattoretti.

Una figura alta y esbelta se abrió paso entre la multitud. Solo se la veía de espaldas: una espesa melena de pelo rizado que le llegaba hasta la parte baja de la espalda. Llevaba unos pantalones de cuero negro ajustados y un jersey blanco.

Cuando llegó a la barra y cogió el teléfono, Elaine vislumbró unas uñas largas pintadas de negro o azul muy oscuro. Escuchó un momento, dijo una o dos palabras y devolvió el teléfono al camarero.

La chica volvió a desaparecer entre la multitud, ahora en dirección a la puerta principal.

—Vamos —dijo Cattoretti, ya de pie.

Salieron y empezaron a seguir a Gypsy por la calle.

Caminaba con determinación, contoneando las caderas con altivez.

Elaine sentía ahora una extraña curiosidad y se preguntaba de nuevo qué encontraba Lassiter tan irresistible en ella como para tomar riesgos tan enormes, para destruir las vidas de otras personas.

Cuando se acercaba a un callejón, un gran sedán negro giró justo delante de ella y le cortó el paso.

Cattoretti actuó con rapidez y empujó a Gypsy al asiento trasero.

—Sube delante —le dijo a Elaine.

—Me llamo Giorgio Cattoretti —oyó Elaine que decía desde el asiento trasero, mientras el coche arrancaba—. Lamento haberte sacado de la calle de esta manera.

—¿Dónde está Gene? —preguntó una voz suave con acento alemán, casi un susurro. Sonaba asustada—. No entiendo... ¿qué está pasando?

—No te alarmes —dijo Cattoretti en tono tranquilizador—. No te haremos daño. Gene está bien. Lo verás muy pronto, te lo prometo.

Elaine no pudo resistirse y se dio la vuelta para mirar.

Cuando vio el rostro de Gypsy, quedó estupefacta.

Los ojos hundidos, las cejas negras y gruesas, la nariz aguileña, los labios llenos y sensuales...

Una criatura verdaderamente impresionante.

Lo que más dejó estupefacta a Elaine fue el espeso bigote negro de Gypsy, bien recortado, y su barba.

Gypsy era un hombre.