38 #3
En algún momento de la madrugada siguiente, la puerta de la celda se abrió con estrépito. Cattoretti estaba acurrucado en el catre.
Entró un joven pulcro con un traje de rayas azules. Llevaba un maletín en una mano y una pequeña silla plegable de metal en la otra.
—Hola, Sr. Cattoretti —dijo, sentándose—. Soy Stephen Petit, su abogado de oficio. ¿Quiere contarme qué pasó?
Cattoretti lo miró a los ojos. De repente, algo despertó en él un instinto de supervivencia.
—Él me obligó a hacerlo —soltó Cattoretti, al borde de las lágrimas.
—¿Quién lo obligó?
—Mi tío. Él... él dijo que si encontraba la manera de llegar a América, me daría un trabajo. No tenía ni idea de que fuera un criminal —Cattoretti empezó a sollozar, pero se contuvo, fingiendo estar avergonzado—. Me d-dijo que tenía que vender los relojes, o me echaría a-a la calle.
—¿Quién es tu tío? ¿Cómo se llama?
Cattoretti se secó los ojos. Vaciló, recordando la omertà, el código de silencio de la Mafia. Pero Silvio no pertenecía a la Mafia, solo era un delincuente de poca monta, un don nadie. —Se llama Silvio Lombardi.
Stephen Petit volvió al día siguiente.
—Tu tío salió limpio —dijo—. La policía registró su apartamento y no encontró nada.
Debería haber sabido que estaría preparado, pensó Cattoretti. —Mi tío es una serpiente. Nunca debí venir a América —empezó a llorar de nuevo.
Petit le puso la mano en el hombro con simpatía.
—Mira, eres solo un chaval del que se han aprovechado.
Ya he hablado con el fiscal del distrito.
No le interesa arruinarte la vida... lo que le interesa es frenar todos estos Rolex falsos que están inundando la ciudad.
Está bajo mucha presión del alcalde. Es malo para el turismo...
la gente compra esos relojes por Times Square, los estafan, se quejan a la policía —hizo una pausa—.
Si pudieras darles una pista, algo que los llevara a la fuente de estos relojes...
Cattoretti vaciló. Era su única baza. —Yo... no estoy seguro.
Petit se inclinó hacia delante con aire confidencial.
—Mira, sé cómo es con los italianos, Giorgio, siendo Silvio de la familia y todo eso.
Pero tienes que pensar en ti mismo. América es la ley del más fuerte, especialmente en Nueva York.
Si sabes quién le suministra los relojes a tu tío, puedo conseguirte un trato con el juez.
Puedes declararte culpable y te caerán seis meses, pero la sentencia quedará suspendida. No pasarás ni un día entre rejas.
Cattoretti no entendía el sistema legal estadounidense. Declararse culpable sonaba peligroso.
—¿Estás seguro de esto?
—Por supuesto que estoy seguro, soy tu abogado.
Se llama acuerdo de culpabilidad, se hace todos los días.
Cambias tu declaración a culpable, sueltas de dónde vienen los relojes y quedas libre.
A nadie le interesa castigar a peces pequeños como tú...
nuestras prisiones ya están superpobladas —le hizo un gesto—.
Miras al juez a los ojos y le dices que cometiste un error, que lo sientes, que aprendiste la lección.
Es tu primera vez... eso es todo lo que necesita para dejarte marchar con un tirón de orejas.
Cattoretti tragó saliva.
Había un hombre de aspecto distinguido sentado en el estrado del tribunal. Tenía un rostro curtido y cabello espeso y peinado. Miró a Cattoretti desde arriba.
—Se ha informado al tribunal de que el acusado desea cambiar su declaración de inocente a culpable —dijo—. ¿Es correcto?
—Sí, Señoría.
El juez miró a los demás. —¿Todas las partes están de acuerdo?
Stephen Petit asintió. —Sí, Señoría.
—El Estado está de acuerdo, Señoría —dijo el fiscal del distrito.
Una ola de alivio invadió a Cattoretti.
El juez lo miró desde arriba, en silencio durante un largo momento.
—Esta ciudad es una cloaca de crimen por culpa de personas como usted, alimañas que entran ilegalmente al país y luego se aprovechan de nuestros buenos ciudadanos, vendiéndoles productos falsificados, drogas y Dios sabe qué más.
Personas que se burlan de las leyes de este gran país.
Personas que no tienen respeto por los estadounidenses honestos y decentes —la voz del juez temblaba de indignación—.
Hay sistemas judiciales que miman a esa gente.
En Manhattan, los castigamos con todo el peso de la ley.
El pánico se apoderó de Cattoretti. Miró a Stephen Petit, pero el hombre permanecía allí de pie, con las manos cruzadas y los ojos fijos en el juez.
—Giorgio Cattoretti, fue atrapado con las manos en la masa en una habitación de hotel con mercancía falsificada, con clara intención de vender dicha mercancía.
Para hacer un escarmiento, lo condeno a cumplir cinco años en la prisión estatal de Attica, Nueva York.
Después de que pague su deuda con la sociedad, será deportado de los Estados Unidos.
La sala empezó a dar vueltas. Stephen Petit estaba cerrando tranquilamente su maletín.
—¡Ha habido un error! —gritó Cattoretti, mientras el alguacil lo agarraba del brazo—. Mi abogado me mintió... ¡Soy inocente! ¡Mi tío me tendió una trampa! ¡Me tendieron una trampa!
Se lo llevaron a rastras mientras gritaba.
Por un instante, vislumbró el rostro de Joey Russo, que estaba de pie al fondo de la sala.
Russo sonreía.