38 #2
—Tampoco para Morella. Conozco a todos sus tipos.
—¿Entonces para quién? —dijo Russo—. ¿Puede que alguna de las familias de Vegas esté metida en esto?
—No —dijo Vito—. Ellos no trafican con relojes chinos.
Joey Russo y sus hombres estaban desconcertados. El camión lleno de relojes que habían robado parecía haber caído del cielo.
Al día siguiente, él y Vito fueron a la habitación de hotel de Cattoretti. No llamaron a la puerta.
—Bonito traje, chico —dijo Russo, entregándole los 2.500 dólares restantes y admirando el traje nuevo—. Con mi ayuda, podrías llegar lejos. Ahora, ¿vas a decirme para quién trabajas? No es para ninguna de las bandas de aquí en Manhattan, eso lo sé seguro.
Cattoretti no dijo nada. Él y su tío eran tan pequeños y tan desconocidos que, a efectos prácticos, eran anónimos. En este caso, su insignificancia jugaba a su favor.
Russo le hizo un gesto.
—Bueno, ¿qué pasa con los relojes? ¿Vas a decirme cómo entran aquí?
—Te dije que no lo sé —dijo Cattoretti. La idea del contrabando con contenedores sumergibles era demasiado valiosa para entregarla gratis.
Planeaba vendérsela también, igual que la información sobre el camión.
Pero por un precio mucho más alto—. Quizá pueda averiguarlo si vosotros os echáis atrás, me dais un poco de espacio.
Creo que están usando un nuevo método de contrabando.
Russo y Vito se miraron.
—¿«Nuevo método»? ¿Qué quieres decir?
Cattoretti se encogió de hombros.
—Algo ingenioso que nunca se ha hecho antes. Algo que tiene que ver con buques portacontenedores.
Russo miró a Vito.
—¿Te crees lo que dice este chico?
Le hizo un gesto a Cattoretti.
—Una cucaracha no se tira ni un pedo en esos muelles sin que yo me entere. De hecho, piden permiso. ¿Tengo razón, Vito?
—Piden permiso.
—Así que cuando hablas de algún «nuevo método», dices gilipolleces, chico.
—Tenía razón sobre el camión, ¿no?
Joey Russo suspiró, mirando a su secuaz.
—De acuerdo, chico, tú ganas. Vamos, Vito, démosle un poco de espacio.
Giorgio Cattoretti pasó unos días de estrés intentando decidir qué hacer.
Sabía que el asunto le venía grande. No tenía ningún plan.
La verdad era que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.
El dinero que le habían pagado no le duraría mucho más.
Su tío iba tras él por haberlo delatado a Russo.
Y era solo cuestión de tiempo que Russo descubriera quién era Silvio: un don nadie.
Entonces sabía que estaría en serios problemas.
Le sacarían a golpes la información sobre el contenedor sumergible y probablemente lo matarían. Y a Silvio también.
Decidió ir a hablar con Russo otra vez.
—He cambiado de opinión —dijo, después de que lo cachearan y lo llevaran a la oficina de Russo.
El gánster se levantó lentamente del escritorio.
—¿De qué hablas? Teníamos un trato.
—Todavía tenemos un trato. Pero no quiero que me paguen con dinero.
—¿Con qué quieres que te paguen? —dijo Russo con suspicacia.
—Quiero un trabajo en tu organización. Un buen trabajo.
Russo y Vito se miraron.
—Tampoco de recadero. Algo importante.
Russo lo estudió un momento y luego rodeó el escritorio. El pulso de Cattoretti se aceleró.
Russo le pasó un brazo por el hombro afectuosamente.
—Me halaga, chico, que quieras venir a trabajar para mí.
Miró a Vito.
—Me hace sentir como un puto modelo a seguir.
Le dio una palmada en la espalda a Cattoretti.
—Consígueme la información que estoy esperando y estaré encantado de buscarte un hueco en mi organización. Tenemos muchos puestos. ¿Verdad, Vito?
—Bueno, sí, claro, jefe.
Cuando Cattoretti se fue, Vito dijo:
—¿Por qué le dijiste eso?
Russo se encogió de hombros.
—Para mantenerlo motivado.
Una hora después de que Cattoretti se fuera, uno de los hombres de Russo entró en la oficina.
—He averiguado quién es el chico.
—¿Quién?
—Se llama Giorgio Cattoretti. Lo rastreé a través de un tipo que hace carnés de conducir falsos. Trabaja para su tío, un tal Silvio Lombardi.
—¿Silvio Lombardi? No me suena de nada.
—No me extraña. El tipo es un don nadie. Hace películas porno, tiene un servicio de acompañantes de poca monta en el Lower East Side. No es nadie, jefe.
Russo le dio una calada al puro, pensativo.
Al día siguiente, cuando Cattoretti volvió a su hotel después de cenar, vio a dos hombres trajeados y bien arreglados sentados en el vestíbulo.
Cuando entró en el ascensor, ambos se levantaron de sus sillas y se dirigieron hacia él.
Mientras el ascensor subía al tercer piso, el corazón le latía con furia. Con un poco de suerte, podría escapar bajando por la escalera de incendios desde su habitación.
Cuando salió del ascensor y abrió la puerta, encontró a otros dos hombres esperándolo.
Había una bolsa en la cama que nunca había visto, abierta de par en par. Dentro había cinco Rolex Sea Dweller falsos, todavía en sus cajas.
Silvio. Su puto tío lo había incriminado. ¿Quién si no los habría puesto allí? No tenía otros enemigos en Nueva York.
—FBI —dijo uno de los hombres, mostrando una placa.
El otro lo cacheó.
—Quedas detenido, italiano de mierda.
Llevaron a Giorgio Cattoretti a la comisaría de Midtown North. Se encontró rodeado de la escoria de la humanidad: prostitutas, proxenetas, traficantes de drogas, atracadores y sus víctimas.
Lo fotografiaron, le tomaron las huellas dactilares y lo ficharon por dos delitos: tráfico de mercancía ilegal y violación de la ley de inmigración estadounidense. Ambos eran delitos graves. Un sargento le informó amablemente de que se enfrentaba a una pena de hasta cinco años de cárcel.
No ejerció su derecho a una llamada telefónica. No tenía a quién llamar.
Lo llevaron ante una jueza de aspecto severo. La mujer hispana lo miró desde el estrado como si fuera un insecto. Cattoretti oía las palabras flotar a su alrededor mientras ella hablaba con los agentes que lo habían detenido.
—El Estado solicita...
—...recomienda que se fije una fianza...
—...tráfico de Rolex falsificados...
La jueza le estaba haciendo una pregunta.
—¿Qué? —dijo él con voz apagada.
—He dicho que si está representado por un abogado.
Cattoretti miró fijamente a la mujer. Las palabras no significaban nada para él. Su vida había terminado.
—¿Tiene abogado? —dijo ella.
—¿Abogado? Eh, no.
—Entonces el tribunal le asignará uno. Queda en prisión preventiva con una fianza de cien mil dólares.
Golpeó con el mazo.
—Siguiente caso.
Cattoretti no recordaba que lo hubieran llevado a la celda.
Cattoretti se hundió en la más absoluta desesperación. ¡Solo ocho meses en Estados Unidos y ya detenido! Y sin nadie a quien recurrir.
Su vida se había ido por el desagüe.