Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 36
18%

36

Pasaba de medianoche cuando Elaine y Cattoretti salieron del teatro.

Toda la velada había sido como un sueño. Cuando terminó la ópera, Cattoretti llevó a Elaine entre bastidores. Conoció a Andrea Bocelli y a otros miembros del elenco en persona. Fue emocionante conocerlo: tenía una presencia arrolladora, incluso más imponente que cuando estaba en el escenario.

Elaine había ido a la ópera antes, en Washington, y las representaciones habían sido conmovedoras, pero nada comparable a lo que había presenciado esa noche.

Ver Madama Butterfly en La Scala, el mismo teatro donde la obra maestra de Puccini se había estrenado hacía más de cien años, con algunos de los mejores intérpretes del mundo, era una experiencia que jamás olvidaría.

Cuando el Rolls Royce giró por el camino que conducía al Castello Fontanella, Cattoretti le sostenía la mano y se la acariciaba, sin dejar de hablar de la ópera.

Ella sabía que él quería acostarse con ella esa noche: era obvio.

Se preguntó si él lo consideraba «parte del trato». Y qué pasaría si se resistía.

—¿Viviste en Estados Unidos alguna vez? —preguntó Elaine con curiosidad.

Cattoretti enarcó una ceja.

—Sí. ¿Por qué?

—Tu inglés —dijo ella—. Es perfecto.

—Gracias, cara. Pero preferiría no hablar de mi época en Estados Unidos.

Se tocó distraídamente la cicatriz de la mejilla.

—Fue hace mucho tiempo, y ahora soy una persona diferente.

Cuando giraron por el camino de entrada, él le apretó la mano y dijo:

—Antes de seguir adelante con nuestro plan, hay algo que debemos tener claro entre nosotros.

—¿Qué es? —dijo ella con inquietud.

Cattoretti se volvió y la miró a los ojos.

—Debes revelarme cada defecto que veas en mi dinero, Elaine. Cada error.

—Por supuesto que lo haré —dijo ella.

—Sin guardarte nada, como hiciste hoy.

—No —dijo ella, negando con la cabeza.

—Bien.

Cattoretti sonrió y le acarició la mano.

—Consideraría cualquier otra cosa una traición.

Cuando el Rolls Royce pasó la garita de vigilancia, Cattoretti se volvió bruscamente y la observó con atención. No había nadie dentro. La verja principal estaba completamente abierta.

Cattoretti le dijo algo al conductor, preocupado. Hubo un breve intercambio. Cattoretti parecía enfadado.

Cuando el coche se detuvo en el patio, Tony salió corriendo por la puerta de la cocina, con la cara blanca como la tiza. Cattoretti bajó del coche. Tony hablaba atropelladamente en italiano, agitaba las manos y se disculpaba por algo. Parecía aterrorizado. Elaine no entendía ni una palabra.

Cattoretti pasó junto a él y entró en el castillo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Elaine a Tony.

—¡Oh, Tony en gran problema! ¡Tony en molto problema!

Se escabulló de vuelta a la cocina, retorciéndose las manos.

Elaine encontró a Cattoretti de pie en el Gran Salón, gritándole a su hijo. Luigi miraba al suelo, avergonzado.

—¡Sciocco! —gritó Cattoretti, y le dio una bofetada—. Perché non mi avete telefonato?

Luigi dijo algo para defenderse. Cattoretti sacó el móvil del bolsillo. Elaine recordó que lo había apagado cuando empezó la ópera, pero no lo había sacado del bolsillo desde entonces.

Tan enfadado que ni siquiera vio a Elaine, se dio la vuelta y subió corriendo la escalera de mármol, y dejó a su hijo allí plantado con las mejillas enrojecidas y doloridas.

Elaine empezó a preguntarle a Luigi qué había pasado, pero cuando vio la expresión de su cara, cambió de opinión.

Subió lentamente las escaleras y entró con cautela en el dormitorio de Cattoretti. No lo había visto antes, ya que la puerta había estado cerrada cuando Tony le enseñó el castillo. Todos los muebles de la habitación estaban volcados, con cajones esparcidos por todas partes.

Cattoretti estaba de pie frente a la puerta abierta de una caja fuerte empotrada en la pared. Había fajos de dinero dentro: los estaba contando.

—¡Merda! —siseó. Cerró de golpe la pesada puerta de hierro.

—¿Qué ha pasado? —dijo Elaine.

Cattoretti se dio la vuelta bruscamente, con los ojos ardiendo de rabia.

—¡Se llevó tu dinero, eso es lo que ha pasado! ¡Ocho millones de malditos euros!

—¿Quién se lo llevó? —dijo Elaine, atónita.

—¡Gene Lassiter!

Elaine se quedó estupefacta y miró alrededor de la habitación. ¿Lassiter había entrado en el castillo?

—Pero... ¿cómo?

—Ese idiota de Tony lo dejó entrar aquí —dijo Cattoretti, pasándose la mano por el pelo—. Yo... no puedo creerlo: ¡simplemente entró en mi casa y se fue con millones!

Elaine miró de nuevo la caja fuerte.

—Pero ¿cómo abrió...?

—Guardo la maldita combinación en un papel debajo de un cajón del escritorio. Soy más tonto que mi hijo.

Se pasó la mano por el pelo otra vez.

—Nunca pensé que alguien pudiera pasar todos los...

Con la boca todavía abierta, miró a Elaine con recelo.

—¿Cómo me encontró Lassiter?

Ella retrocedió ligeramente. No le gustaba cómo la miraba.

—No tengo ni idea de cómo te encontró.

—Para encontrarme, tuvo que encontrarte a ti.

Cattoretti le agarró la muñeca de un movimiento brusco.

—¿Cómo supo dónde estabas?

—Me estás haciendo daño —dijo Elaine, liberando el brazo de un tirón.

Cattoretti siguió mirándola, pero de repente su expresión cambió.

—¡Tu maleta!

Salió rápidamente de la habitación y bajó las escaleras. Elaine lo siguió, pero se quedó lo suficientemente atrás como para mantenerse fuera de su alcance. Él atravesó la planta baja y subió a la Torre Este, al dormitorio.

Echó un vistazo a la habitación y localizó la maleta de Elaine. La cogió, la arrojó sobre la cama y empezó a registrarla: abría los bolsillos, sacaba los objetos con brusquedad y los lanzaba de un lado a otro. El pequeño pavo de cuerda que Nick le había regalado cayó al suelo de piedra.

—¿Qué estás buscando? —dijo Elaine mientras lo recogía.

Cattoretti encontró algo en el forro. Sacó una navaja e hizo un pequeño corte en la tela. El objeto era una cajita negra del tamaño de una polvera.

—¿Qué es? —dijo Elaine.

—Un rastreador GPS —dijo, examinándolo de cerca. Lo dejó caer al suelo de piedra y lo pisoteó con el tacón. Se hizo añicos y los componentes electrónicos se desparramaron sobre las piedras.

La miró con expresión acusadora.

—No tenía ni idea de que estaba ahí —dijo Elaine—. Lassiter debió de esconderlo cuando puso la llave de datos en mi maleta.

Cattoretti se limitó a mirarla fijamente. Respiraba con dificultad y el aire le silbaba por las fosas nasales.

—¿Crees... crees que yo estaría realmente confabulada con Gene Lassiter?

Cattoretti la miró un momento más y entonces su ira se desvaneció de repente.

—No, claro que no.

Se acercó a ella y Elaine se estremeció.

—No voy a hacerte daño —dijo, tocándole suavemente el brazo.

Elaine tragó saliva. No se había dado cuenta de lo asustada que había estado.

Cattoretti se pasó la mano por el pelo de nuevo.

—Es que nunca nadie había entrado en mi propia casa a hacerme algo así...

Miró hacia la ventana.

—¡Me hace sentir como si toda mi seguridad aquí fuera una broma! Dios mío, ¿para qué pago a esa gente? Y ese maldito Tony...

—Estoy segura de que no fue culpa de Tony.

Cattoretti la miró de nuevo y suspiró.

—No, claro que tienes razón. No es culpa de Tony, es como un niño.

Cattoretti miró la mano de Elaine: todavía sujetaba el pequeño pavo de cuerda. Uno de los pies de plástico se había roto.

Él alargó la mano hacia el juguete, pero ella lo apartó.

—¿Valor sentimental? —preguntó cuando ella lo miró.

—Sí.

Por alguna razón, no quería que lo tocara.

Cuando él salió de la habitación, Elaine miró el collar Chopard sobre el tocador y luego el pequeño artilugio que tenía en la mano. Era irónico, pensó, que un juguete roto que un huérfano probablemente tiraría significara más que todos los regalos caros del mundo.

Cuando Cattoretti bajó, se sirvió un coñac para calmarse. Sacó un puro cubano del humidor del Gran Salón, salió y dio un paseo tranquilo por el patio, como solía hacer antes de acostarse. El aire fresco lo relajó y le despejó la mente.

Se detuvo junto al pozo, con la mirada puesta en la ventana de la Torre Este, donde dormía Elaine Brogan.

«¿Viviste en Estados Unidos alguna vez?», le había preguntado ella.

Giorgio Cattoretti se tocó distraídamente la cicatriz de la cara y recordó cuándo había decidido mudarse a Estados Unidos.