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La inauguración de Madama Butterfly en La Scala, con Andrea Bocelli, fue un evento de gala. Los medios acudieron en tropel.
Cuando el Rolls Royce plateado de Cattoretti se detuvo frente a la entrada del teatro, había un cordón de seguridad que iba desde la acera hasta las puertas principales, con reporteros y equipos de televisión apiñados contra él.
Elaine observó cómo centelleaban los flashes: una pareja de famosos bajaba de una limusina delante de ellos.
Cuando Elaine y Cattoretti salieron del Rolls, nadie les prestó mucha atención, aunque algunos fotógrafos les hicieron unas cuantas fotos por si acaso resultaban ser alguien conocido.
A Elaine le pareció que Giorgio Cattoretti pasaba completamente desapercibido.
Eso cambió cuando fueron a la recepción privada para los patrocinadores del teatro.
Se celebraba en una sala grande y elegante con suelos de teca con incrustaciones, enmarcados por hermosas columnas color crema.
Hubo gritos de «¡Giorgio!» y «¡El Gato!»
cuando la gente lo vio entrar. Entonces se transformó por completo: abrazaba a sus amigos, los besaba en ambas mejillas al estilo italiano, estrechaba manos, apretaba hombros. Parecía conocer a todo el mundo.
No podía presentar a Elaine con su nombre real, por supuesto.
De camino al teatro, habían ideado el alias «Marie De La Fontaine» y decidido que sería francesa, pero educada en Estados Unidos, en Stanford.
Elaine no estaba segura de que le gustara el nombre: Marie De La Fontaine sonaba o a condesa o a stripper, no sabía a cuál de las dos.
En cualquier caso, Marie De La Fontaine fue presentada a ministros, estrellas del pop, embajadores, magnates, artistas, escritores y políticos.
Por la forma en que la miraban, Elaine dedujo que Giorgio Cattoretti aparecía cada noche con una mujer diferente del brazo.
Incluso las señoras mayores que parecían cotillas empedernidas la observaron con apenas leve curiosidad antes de pasar a escrutar presas más interesantes.
Algo la desconcertó: Cattoretti la presentó a dos diseñadores de moda de fama mundial, y ambos parecían ser buenos amigos suyos. ¿No sabían lo que hacía en el sótano de DayPrinto?
Para cuando anunciaron que iba a comenzar la función, había bebido tres copas de Dom Perignon y le daba vueltas la cabeza.
Entraron en el palco privado de Cattoretti y Elaine se acercó a la barandilla para contemplar el teatro de La Scala.
Era impresionante. Los asientos estaban tapizados en lujoso terciopelo rojo, el escenario enmarcado por ornamentadas tallas doradas.
No había paredes, sino filas de palcos de varios pisos que formaban un semicírculo hasta el escenario.
Del techo descendía una majestuosa araña de cristal de tres niveles.
Elaine se sintió rebosante de alegría, como una niña que vive una fantasía. Solo que aquello no era un sueño: era real.
Cattoretti le tocó el hombro.
—¿Te has fijado en la chimenea?
Había un hueco rectangular de ladrillo en la parte trasera del palco.
—Este era el palco personal de Giuseppe Piermarini —dijo Cattoretti—, el arquitecto de este magnífico teatro.
En aquella época no había calefacción central, por supuesto, así que las chimeneas eran imprescindibles en invierno.
Además, las óperas duraban todo el día: a menudo se cocinaba entre actos para mantener contento al público.
Cattoretti miró hacia el escenario y soltó una risita.
—No hay nada que los actores teman más que un público frío y hambriento.
Elaine se sentó en uno de los asientos de terciopelo y se asomó por la barandilla para observar a la multitud elegantemente vestida que había debajo.
El aire estaba impregnado del aroma de perfumes y colonias caros.
Podía ver directamente el foso de la orquesta: los músicos calentaban y la mezcla de notas de violín y flauta cargaba el ambiente de emoción.
Justo enfrente, en un palco del segundo nivel, estaba sentado otro de los principales diseñadores de moda de Milán. El hombre saludó a Cattoretti con un gesto de cabeza y una sonrisa cómplice. Cattoretti le devolvió la sonrisa.
Elaine susurró:
—No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes?
—¿Por qué todos estos diseñadores son tan simpáticos contigo?
Cattoretti sonrió.
—¿No conoces el viejo dicho de que «la imitación es la forma más sincera de adulación»?
—Sí, pero aun así, tus imitaciones les cuestan dinero, ¿no?
—¿Les cuestan dinero? —Cattoretti se echó a reír—. Querida, mis imitaciones les hacen ganar dinero.
—¿Cómo? ¿Les das una comisión o algo así?
—Elaine, no entiendes de marketing ni de psicología del consumidor. Cada vez que alguien compra una de mis imitaciones, es publicidad gratuita para el artículo genuino. Mis clientes no pueden permitirse lo auténtico... todavía.
Levantó las manos.
—Yo no vendo imitaciones, Elaine: vendo sueños.
Miró al público y sonrió a otro diseñador famoso, que le devolvió la sonrisa.
—Mi negocio no solo es bueno para los diseñadores, sino para la sociedad en su conjunto.
Mis clientes sienten un profundo anhelo de poseer el producto real, no una mera «imitación».
Nadie en su sano juicio cree que está comprando un bolso Gucci auténtico de quinientos dólares por cincuenta.
La idea en sí es absurda. Su deseo sincero de poseer el producto auténtico los motiva a trabajar más y a ganar más dinero, lo cual es bueno para todos.
Le hizo un gesto.
—Seguro que puedes apreciarlo. ¿No es el sueño americano?
—Sí, claro que sí —admitió Elaine. Estaba empezando a admirar a Giorgio Cattoretti. Podía aprender mucho de él.
Cattoretti le tomó la mano.
—El telón está a punto de subir.