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Menos de una hora después, en París, Gene Lassiter se acercó cojeando a un teléfono público en la Rue de Rivoli. Echó un vistazo a ambos lados de la calle y arrancó el plástico de una nueva tarjeta telefónica internacional. Con ella marcó un número en Suiza.
Mientras esperaba, consultó el reloj. Eran las 17:40. El segundo pago ya debería haber llegado.
—Banque Cantonale du Valais —dijo una mujer con acento francés.
—Sí, buenas tardes. Tengo una cuenta en su banco y quisiera consultar el saldo, por favor.
—Un momento.
Lassiter volvió a echar un vistazo a la calle para asegurarse de que nadie lo observaba.
Una empleada se puso al teléfono y él le dio el número de cuenta.
—Su saldo es de exactamente quinientos mil dólares estadounidenses.
La empleada hizo una pausa.
—¿Algo más?
—¿Solo quinientos mil? ¿Está segura? Esperaba una transferencia esta tarde.
—Un momento.
Hubo una larga pausa, con clics de fondo.
—Me temo que hoy no se ha recibido ninguna transferencia en esta cuenta.
Lassiter colgó de golpe. «¡Malditos rusos!». Después de corregir la cagada que habían hecho en Moscú y ayudarlos a recuperar la llave de datos, ¡creían que podían no pagarle!
Era imposible mantener a Gypsy con unos miserables quinientos mil euros. Se secó el sudor de la frente y se obligó a calmarse.
Volvió a vigilar la calle y marcó otro número con la tarjeta. Esta vez, a Moscú.
Esa gente no tenía ni idea de con quién se las estaba viendo.
No sabían que había colocado un dispositivo GPS en la maleta de Elaine Brogan.
Acababa de comprobarlo y su ordenador mostraba que el dispositivo estaba en una ubicación al este de Milán, Italia.
Donde tenía sobradas razones para creer que se encontraban el comprador y la imprenta Giori.
Esperó impaciente mientras el teléfono sonaba al otro lado.
—Da —dijo una voz que sonaba aburrida.
—Soy yo. Quiero saber por qué no han transferido el resto del dinero. Acabo de llamar a mi banco y no está.
Lassiter hizo un esfuerzo por controlarse. «Sé diplomático», pensó. «No des por hecho que van a joderte».
—Quizás ha habido algún error...
—¿Error? —dijo la voz con calma—. No ha habido ningún error.
—Escúcheme, imbécil. Sé de sobra que su comprador tiene el producto. Yo mismo se lo puse en sus putas manos, después de que ustedes la cagaran. Quiero saber por qué no he recibido el segundo...
—Sus servicios ya no son necesarios.
Lassiter frunció el ceño, sin estar seguro de haber oído bien.
—¿Perdón?
—Sus servicios ya no son necesarios.
—¿Qué demonios significa eso?
—Significa Do sdvidanya, imbécil.
La línea se cortó.
—¿Hola? —dijo, pulsando el gancho varias veces—. ¿Hola?
Lassiter paró un taxi, volvió a su hotel y se dispuso a coger el primer vuelo de París a Milán.
Iba a conseguir su dinero, aunque tuviera que arrancárselo de los dedos fríos y muertos al comprador.