30 #3
¡La vista es spettacolare! —Elaine casi resbaló en los estrechos escalones desgastados y Tony se detuvo—.
Tiene que tener cuidado con esos tacones, signora...
—Los miró más de cerca, con expresión envidiosa—. Fendi, si?
Antes de que pudiera responder, se volvió y siguió subiendo. —La Suite Azul es mucho mejor que la Suite Roja.
Cuando hubieron subido el equivalente a unos tres pisos por la escalera de caracol de piedra, Tony se detuvo y le abrió una puerta. —Signora, prego...
Elaine entró con cautela en la habitación.
Lo primero que le llamó la atención fue el techo abovedado: estaba cubierto de murales azul pastel desvaídos que mostraban caballeros con armadura a caballo y parecían originales del castillo.
A lo largo de una pared curva, también pintada en azul pastel, había una cama con dosel y un armazón de roble que debía de pesar más de doscientos kilos.
Había un lavabo de mármol, una vieja rueca, un cuadro de un niño de pelo rizado acariciando a un perro...
El suelo de piedra estaba desgastado y relucía en algunos lugares.
—¿Qué antigüedad tiene este lugar? —preguntó Elaine, fascinada.
—La sección más antigua se construyó en el siglo VIII —dijo Tony con naturalidad, como si hubiera respondido esa pregunta muchas veces.
Elaine se sobresaltó al darse la vuelta: junto a la puerta había una armadura completa, con la visera cerrada y una espada empuñada en un guantelete metálico.
Tony le dio unas palmaditas al casco y sonrió.
—Signor te protegerá.
Dejó las maletas en el suelo y volvió a admirar a Elaine. Se frotó las manos.
—El jefe dice que quieres descansar. Pero ¿quizá te apetece darte un baño primero? Tenemos piscina climatizada.
—No, gracias, yo...
—¿Te apetece un masaje? ¿O una sauna?
—Quizá más tarde. Me gustaría echarme una siestecita.
—Sì, signora.
Tony se mordió el labio, pensativo.
—Pero quizá te apetezca comer algo. Un poco de focaccia con mozzarella de búfala...
—No, de verdad que yo...
—¿O un poco de prosciutto? Acabo de cortar unas lonchas...
—No, gracias, pero de verdad que no tengo hambre. Desayuné mucho en...
Elaine no sabía cómo llamarlo.
—...la oficina.
—¡Ah! ¡Con razón no tienes hambre! Comiste lo que cocinó ese dilettante toscano. El hombre se hace llamar chef... ¡y no sabe hacer una focaccia! Pasa demasiado tiempo en Francia, ¡esos franceses y sus extrañas maneras de cocinar!
Tony la miró más de cerca, preocupado.
—¿Quieres que te traiga un poco de Pepto-Bismol?
Elaine se rio.
—No, estoy bien, de verdad.
Tony se inclinó hacia delante y habló en tono confidencial.
—Entre tú y yo, no dejaría que ese supuesto chef le preparara la comida ni a mi perro...
Se encogió de hombros con resignación.
—Pero si el jefe quiere contratar a un cocinero de tres al cuarto para dar de comer a sus trabajadores, ¿qué puedo hacer yo?
Tony volvió a mirarla y asintió con aprobación.
—Eres una dama con mucha clase, justo como dijo el jefe.
Tony se dio la vuelta y señaló una cuerda que colgaba de un agujero en el techo.
—Si necesitas algo, tira de esta cuerda y sonará una campanilla en la cocina. ¿Bene?
Cuando Tony se marchó, Elaine miró las dos maletas, dudó un momento y decidió colgar toda la ropa en el armario. Se acercó a la ventana y abrió los pesados postigos de madera.
Ante ella se extendía un patio, el espacio interior del castillo.
Solo que aquel «patio» era enorme, más bien una piazza italiana, pavimentado con adoquines y flanqueado por farolas y estatuas.
En el centro había un pozo de piedra con un cubo de madera colgando de una cuerda.
A un lado se alineaba una hilera de automóviles cubiertos con lonas: antigüedades, supuso.
En el otro extremo había una larga hilera de hermosas fuentes, flanqueadas por dos cañones.
En el punto más alejado, también había algo cubierto con una lona, un objeto mucho más grande que un coche. Quizá un barco sobre un remolque.
Reinaba una paz absoluta: se oía el canto de los pájaros en el bosque, más allá del muro del castillo. Todo aquello tenía un aire de irrealidad.
«Princesa Alana», pensó Elaine. «Quizá al final sí he llegado a mi verdadero hogar...»
Volvió la mirada hacia la habitación, hacia la armadura, hacia la visera de acero.
Le hizo pensar en Lassiter: frío, hueco e inalcanzable.
Quería matarlo. Él había causado todo aquello.
Por su culpa la habían secuestrado y llevado a Italia, la habían acusado de robar información ultrasecreta del Departamento del Tesoro de EE.
UU. y la habían presionado para ayudar a un falsificador internacional a perfeccionar su moneda.
Y se preguntó: ¿de verdad Nick había estado bajo investigación, o Lassiter se lo había inventado todo para separarla de él?
Ya sabía la respuesta. El criminal era Lassiter, no Nick. Se odiaba por haberle creído a aquel viejo bastardo malvado y no haber escuchado a Nick.
Miró la cama con anhelo. Estaba demasiado cansada para seguir pensando. Dudó si quitarse el vestido de Prada antes de dormir.
Vio un pijama en un estante bajo la mesita de noche. De pura seda.
Se lo puso y por fin se tumbó en la enorme cama, acurrucándose bajo una manta.