Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 22
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Como no había tiempo para que el Departamento del Tesoro organizara el viaje a Rusia, Lassiter le dijo que bajara a una agencia de viajes y comprara un billete en clase business a Moscú con su tarjeta de crédito, solo de ida;

el billete de vuelta se lo entregarían en la habitación del hotel una vez que llegara.

Le dijo que llamaría a la oficina del Servicio Secreto en Moscú para informarles del cambio de planes, que pusieran la reserva del hotel a nombre de ella, la recogieran en el aeropuerto de Sheremétevo y le dieran «un trato de primera clase» durante todo el tiempo que estuviera en Rusia.

Lassiter puso el software en una memoria USB corriente protegida con contraseña, que ella colgó de su llavero.

Solo estaría fuera tres días, así que cogió su maletín y la maleta más pequeña. Como a menudo trabajaba hasta tarde, guardaba la maleta pequeña en su oficina. Dentro llevaba un traje de chaqueta, una muda de ropa interior y algunos cosméticos.

En la maleta también había un par de cosas que Lassiter desconocía.

Una era el pasaporte diplomático irlandés falso que Nick le había hecho, con 3.000 dólares en efectivo guardados dentro: su dinero de «emergencia».

La otra era algo que Nick le había dado cuando fueron a Bielorrusia en la misión encubierta para que lo llevara en la maleta.

Era una pistola del calibre .357 con silenciador fabricada especialmente para el Gobierno de EE.

UU. por Sig Sauer. El arma estaba desmontada en tres piezas pequeñas y escondida dentro de varios objetos cotidianos —una lata de laca, un cepillo y un secador—, y pasaría por cualquier escáner de seguridad de aeropuerto. Nick nunca se la había reclamado.

Lassiter no le había dicho que fuera armada, pero el software que llevaba era tan importante que le pareció buena idea.

Otra cosa que guardaba en la maleta —el objeto más preciado que poseía— era el gracioso pavito de cuerda que Nick le había regalado por su primer aniversario. Mientras reordenaba las cosas en la maleta, lo apretó con cariño entre las manos y luego lo guardó con cuidado en uno de los bolsillos.

Cuando el taxi la dejó en el aeropuerto de Dulles, estaba hecha un manojo de nervios, pero también emocionada.

Tenía ganas de ver los resultados de los últimos seis meses de esfuerzo.

El Banco de Rusia sin duda quedaría impresionado.