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A principios de diciembre, Elaine había encontrado 75 defectos de impresión diferentes que los billetes falsos tenían en común.
Todas las discrepancias eran microscópicas e invisibles a simple vista.
Encontrarlas fue un proceso frustrante, ya que cada pocos días llegaban nuevos billetes falsos, la mayoría procedentes de Rusia y Europa del Este.
A menudo, los defectos comunes a todos los billetes anteriores desaparecían en los más nuevos.
Los criminales seguían aprendiendo y mejoraban constantemente la calidad de sus falsificaciones.
La Navidad y el Año Nuevo llegaron y pasaron.
A mediados de enero, Elaine había reducido la lista de defectos a diez errores, diez que las máquinas verificadoras de billetes podían detectar fácilmente si se actualizaba el software.
Lassiter convocó a varios expertos, incluido un ingeniero de KBA Giori.
Se desató un intenso debate sobre cuáles de los diez errores tenían más probabilidades de persistir a medida que los criminales mejoraran la calidad de los billetes.
Finalmente, tras una semana de acalorada discusión, acordaron los tres defectos clave: 1) la ausencia de un punto en uno de los ceros de los símbolos «100» microimpresos a lo largo del hilo de seguridad, 2) en el anverso del billete,
un error en la forma del reflejo de luz en la pupila del ojo de Ben Franklin, y 3) en el reverso del billete, una D fuera de posición —desplazada solo una línea de grabado— en la frase IN GOD WE TRUST.
Elaine comenzó de inmediato a trabajar con el mejor programador del Tesoro para modificar el software de verificación, de modo que detectara billetes con estos tres errores y los rechazara si presentaban uno o más de ellos.
A finales de enero, el software estaba perfeccionado y probado a fondo. Pasaron los más de trescientos billetes falsos recopilados una y otra vez por una máquina verificadora con el nuevo software, y esta los detectó todos. Sin fallo alguno.
El programador dedicó dos semanas a camuflar ingeniosamente el nuevo código para que, si los criminales llegaban a hacerse con él, tardaran años en descifrar los tres defectos que buscaba.
Cuando el software estuvo listo y lo dieron por perfecto, Lassiter llevó a Elaine a Citronelle para celebrarlo. Muchos lo consideraban el mejor restaurante de Washington.
—Elaine, hiciste un trabajo absolutamente fantástico en este proyecto —dijo él, alzando jovialmente su copa de champán—. Te espera una carrera larga y fructífera en el Tesoro.
—Gracias —dijo ella con cansancio.
Él se rio con satisfacción.
—Daría cualquier cosa por ver la cara de esos bastardos cuando vayan tan tranquilos a dejar otra remesa de sus malditas falsificaciones en su banco local, y las máquinas las rechacen todas y activen las alarmas.
Se van a cagar en los pantalones. Se pasarán los próximos meses rascándose la cabeza, tratando de averiguar qué ha pasado.
Elaine sonrió y dio un sorbo a su champán, pero estaba tan agotada, y aún tan tensa tras las intensas últimas semanas, que no conseguía disfrutar de verdad.
Lassiter la miró con comprensión.
—Jovencita, cuando regrese de mi viaje, quiero que te tomes un mes entero libre. Vete a Aruba o a Cancún o a donde sea y no hagas más que tumbarte al sol y beber piñas coladas todo el día —la señaló con el dedo—. Es una orden.
Elaine asintió vagamente.
«¿Y con quién se supone que voy a compartir estas maravillosas vacaciones?», pensó.
El lanzamiento mundial del nuevo software estaba previsto para el 1 de marzo.
Sin embargo, como Rusia era el país que más sufría por las falsificaciones, el plan de Lassiter era introducir el software allí primero, como «prueba de campo», para cerciorarse de que no hubiera ningún fallo.
Su última teoría era que uno de los grupos más poderosos de la Mafia de Moscú había conseguido de algún modo una de las máquinas Giori de un país empobrecido del tercer mundo.
Lassiter debía partir el 14 de febrero, día de San Valentín. Su plan era volar a Moscú, reunirse con el Banco de Rusia, probar el software y luego tomarse una semana libre en Alemania, donde tenía familia. Quería que Elaine se quedara en Washington hasta que terminara la prueba, por si acaso.
Elaine llegó al trabajo más temprano de lo habitual para despedirlo. Cuando entró en su oficina, se alarmó al encontrarlo desplomado en el sofá de cuero. Tenía el rostro pálido. El bastón yacía en medio del suelo.
—¿Qué pasa? —dijo, y corrió hacia él.
—No... no me siento muy bien. —Sus manos temblaban más de lo habitual. Tosió un par de veces—. ¿Podrías traerme las pastillas, Elaine? Están en mi escritorio.
Elaine fue rápidamente al escritorio y abrió el cajón de arriba, pero no vio ningún frasco de pastillas.
—El cajón lateral —jadeó él.
Abrió el de la izquierda.
—No, el otro.
Elaine encontró por fin el frasco y le quitó la tapa.
—Gracias —susurró él. Se metió dos pastillas en la boca, con el labio inferior tembloroso. Cerró los ojos y respiró por la boca.
—¿Llamo a un médico?
—No, no —dijo. Levantó la cabeza y la miró con los párpados entrecerrados—. Estaré bien en un momento. —Miró el reloj e hizo un esfuerzo por incorporarse—. Mi vuelo sale en...
—¡No puedes ir a Rusia así! Ni se te ocurra.
—Están esperando este software mañana. —Respiró hondo varias veces—. Sería muy malo, políticamente, retrasar esta prueba...
—Iré en tu lugar —soltó Elaine. En cuanto pronunció esas palabras, se arrepintió: él podría pensar que quería robarle la gloria.
Lassiter la miró un momento y luego desvió la vista hacia la maleta, ya hecha.
—No podría pedirte eso.
—Lo haré encantada, Gene. No puedes viajar así.
—Estás tan agotada como yo...
—No estoy tan agotada.
Miró la maleta con anhelo.
—¡Maldita sea, Gene, no voy a dejar que te suicides!