20
Elaine se sumergió en el proyecto y trabajó días, noches y fines de semana.
Para que estuviera cerca de la oficina y no «perdiera tiempo» buscando apartamento, Lassiter le alquiló una modesta suite en un hotel a pocas estaciones de metro.
Elaine solo iba allí para desplomarse en la cama o para despertarse y ducharse.
Lassiter la presionaba sin descanso. Perfeccionista y con poca paciencia para los errores, no era un hombre fácil de tratar.
Su oficina en el tercer piso del Edificio del Tesoro pronto pareció el cuartel de algún terrorista demente empeñado en derribar el sistema financiero estadounidense.
Estaba repleta de equipos de aspecto extraño, y las paredes ornamentadas aparecían cubiertas con sus diagramas de interconexiones al estilo de un árbol genealógico y con secciones muy ampliadas de billetes falsos de 100 dólares.
Un día había tantas tazas de café a medio llenar desperdigadas que le recordaron —dolorosamente— la oficina de Nick.
Era una persona ordenada y metódica, pero no tenía tiempo para poner orden.
—Ya limpiarás el desorden después —la regañaba Lassiter—, cuando terminemos este maldito proyecto.
Sus días se convirtieron en un borrón interminable.
Todos los datos se guardaban en un dispositivo seguro del tamaño de un salero, al que llamaban, con acierto, «el salero».
Llegar al trabajo. Lassiter sacando los billetes y el salero de su caja fuerte.
Ir a su oficina. Comparar interminablemente los billetes entre sí con todas sus ayudas tecnológicas.
Volver a la oficina de Lassiter cada tarde.
Devolver los billetes falsos y el salero a la caja fuerte.
Regresar al hotel. Tenía la visión borrosa casi todo el tiempo, los ojos inyectados en sangre, el cuello y la espalda doloridos de tanto inclinarse para mirar por las lentes del microscopio durante todo el día. Agradecía el agotamiento.
Trabajaba de lunes a sábado. Los domingos se tomaba el día libre.
Dormía todo el día y se daba el capricho de pedir al servicio de habitaciones.
Por lo demás, sobrevivía a base de cafeína y comida rápida. El primer mes perdió dos kilos.
Pensaba en Nick a menudo. A finales de octubre, todavía no le había dicho ni una palabra a Lassiter sobre él: tenía miedo de hablar de Nick.
Lassiter le había dado órdenes estrictas de no volver a tener contacto con él ni con nadie más del Servicio Secreto.
Elaine estaba registrada en el hotel bajo un nombre falso que le había facilitado Lassiter, quien también le había dado un nuevo móvil seguro con un número nuevo.
Estaba convencida de que el viejo había tomado todas esas precauciones para que Nick no pudiera localizarla, aunque nunca lo dijo explícitamente.
Tenía la clara sensación de que Lassiter sabía que entre ellos dos había habido algo más que amistad.
Una semana antes del Día de Acción de Gracias, Elaine por fin se armó de valor para preguntarle por Nick. Lassiter estaba en su oficina, sentado a la mesa de luz, de espaldas a ella. Observaba con una lupa algunos de los defectos comunes que ella había encontrado en los billetes falsos.
—¿LaGrange? —dijo sin volver la cabeza—. Me enteré de que lo arrestaron hace unas semanas.
Elaine sintió una punzada aguda en el pecho.
—¿Está... en la cárcel?
Lassiter se volvió y la miró.
—Por lo que tengo entendido, lo retiene Interpol en Bruselas. Cuando terminen de interrogarlo, lo trasladarán a uno de los centros de la CIA y luego... no lo sé. Al final se enfrentará a un juicio penal aquí, en Estados Unidos.
—Así que supongo que lo pillaron cuando aceptaba un soborno o algo así...
—Supongo —respondió Lassiter con vaguedad—. Solo sé que lo arrestaron.
Elaine se sintió enferma. Una imagen le vino a la mente: su padre, de pie al otro lado del cristal en la sala de visitas de la prisión, con el rostro cetrino y profundas ojeras. Nick probablemente pasaría el resto de su vida en cautiverio, a menos que lograra escapar de algún modo.
Se prometió que se quitaría a Nick LaGrange de la cabeza de una vez por todas.
Gene Lassiter entró en el vestíbulo del hotel sobre las tres de la tarde, como hacía todos los días.
—¿Algo para mí? —le preguntó al encargado de turno.
—Otro de estos —dijo el hombre, y le entregó discretamente un sobre.
En el anverso, con una letra que Lassiter reconoció, se leía: ENTREGAR EN LA HABITACIÓN 628. PERSONAL Y CONFIDENCIAL.
Era el tercero que recibían.
Más tarde, esa noche, Lassiter se sentó en el estudio de su cómoda casa de Georgetown, con el fuego crepitando frente a él. Apoyó el bastón contra el sofá, sacó el sobre del bolsillo de la chaqueta, lo rasgó y empezó a leer.
Querida Elaine...
Solo había un párrafo sentido, seguido de la firma de Nick.
Qué conmovedor, pensó Lassiter.
Lo arrojó al fuego.
Dio un sorbo al brandy y observó cómo las llamas lo convertían en humo y cenizas.