Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 18
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Elaine voló de regreso a Bulgaria tremendamente angustiada. No sabía cómo iba a mirar a Nick a la cara de nuevo. La culpa la abrumaba. Lo estaba traicionando. Pero ahora estaba bastante segura de que él era culpable, y no pensaba ir a la cárcel por él.

Pero tenía que estar completamente segura.

Cuando llegó a Sofía, pasó toda la noche recogiendo sus cosas en el apartamento. Luego, a las cinco de la mañana, fue a trabajar, mucho antes de que llegara nadie salvo el guardia de la entrada principal.

Tras asegurarse de que no había nadie, se puso unos guantes de látex y entró en la oficina de Nick. Él nunca echaba la llave a la puerta ni al escritorio desordenado ni a los armarios. Sin embargo, el cajón inferior del archivador grande estaba cerrado con llave.

Sacó sus herramientas de cerrajería y, tras forcejear casi cinco minutos, por fin logró abrirlo. En el fondo del cajón, escondida bajo un jersey que apestaba a tabaco, había una caja de cartón.

«Por favor, que no haya dinero aquí», pensó mientras abría las solapas.

Se le cayó el alma a los pies.

Ahí estaba, delante de sus narices. Los 10.000 dólares en rublos que Nick había sacado de Bielorrusia. Reconoció las gomas amarillas que aún rodeaban cada fajo. Nunca lo había cambiado a dólares estadounidenses, nunca lo había reintegrado en la cuenta de operaciones encubiertas.

—Cabrón —susurró, con la vista fija en aquella prueba irrefutable.

Ahora era ella quien se sentía traicionada. Había falsificado sus DOPS, y también los de él.

Cerró el cajón, lo volvió a cerrar con llave y regresó a su oficina.

Nick llegó a la hora de siempre. Ella estaba recogiendo sus cosas de la oficina.

Él se asomó a la puerta y dijo con una sonrisa:

—Vamos a sincronizar nuestros DOPS.

La sonrisa se le borró al ver las estanterías vacías y las cajas de cartón.

—¿Qué... qué pasa?

—Tengo que ir a Washington —murmuró ella.

Él miró las cajas.

—¿Cómo que «tienes» que ir a Washington?

—Me... me trasladan.

Evitó su mirada.

—¿Que te trasladan? ¿De qué demonios estás hablando?

—Se corrió la voz de que detecto billetes falsos rápido, y me quieren para un proyecto nuevo en el que están trabajando en el Tesoro.

Él parecía atónito, y después receloso. Ella evitó su mirada.

—¿Qué demonios pasó en Alemania? —dijo él—. ¿Con quién te viste allí?

—No puedo decírtelo —dijo ella, sacando unas carpetas del cajón.

Antes de separarse de Lassiter, él le había dicho que bajo ningún concepto debía revelarle nada a Nick.

La tapadera era que sus habilidades para detectar billetes falsos eran necesarias para un nuevo proyecto en Washington, que su supervisor allí era confidencial y que revelar cualquier otra cosa supondría una violación de su autorización de seguridad.

La documentación de su traslado del Servicio Secreto al Departamento del Tesoro se enviaría por correo urgente.

Los billetes de avión a D.C. la estarían esperando en el aeropuerto de Sofía.

Nick rodeó el escritorio y le agarró la muñeca.

—¿Qué demonios está pasando, Elaine?

—¡Suéltame! —dijo ella, zafándose de un tirón.

Uno de los otros agentes pasaba por el pasillo. Se detuvo y miró hacia la oficina. Al ver el rostro desencajado de Nick, siguió adelante a toda prisa.

Nick se quedó allí plantado, respirando con dificultad.

—Por si lo has olvidado, soy el SAIC de esta oficina. Te estoy haciendo una pregunta oficial. ¿Con quién te viste en...?

—Ya no trabajo aquí —dijo Elaine con la garganta seca—. Ahora trabajo para el Tesoro.

Nick parecía como si le hubieran dado una bofetada.

—¿Qué te pasa? ¿La otra noche no significó nada para ti?

—Yo... solo tengo que irme, Nick.

Estaba conteniendo las lágrimas.

—No tengo elección. Por favor, no me preguntes nada más.

—¿Tienes que irte? Esto no es el maldito ejército estadounidense, Elaine. No tienes que hacer nada.

Hizo una pausa, con expresión dolida.

—¿Es otro hombre?

No podía hacerle esto, con o sin autorización de seguridad.

—Nick... van a arrestarte.