15
Cuando Elaine regresó a Sofía, su obsesión con Nick se intensificó.
Si él le rozaba el brazo, una descarga eléctrica le recorría el cuerpo entero.
Si le dejaba mensajes de voz, los escuchaba una y otra vez en la intimidad de su despacho o de su salón, donde podía recrearse con el sonido de su voz.
Su estado emocional pasaba de un extremo a otro según la más mínima inflexión o mirada de él.
Anhelaba que le tomara la mano, como había hecho el primer día que llegó a Sofía.
Elaine solo podía imaginar el impacto que le causaría saber el torbellino emocional que provocaba en ella.
Se sentía como una colegiala que suspira sin cesar por un chico que ni siquiera sabe que existe.
Se odiaba a sí misma por ello, pero parecía incapaz de evitarlo.
«Deseas tanto a Nick simplemente porque no puedes tenerlo», pensó, tratando de convencerse de lo contrario. «Está fuera de tu alcance, y eso lo hace aún más atractivo. Si lo tuvieras al alcance de la mano, no te interesaría».
No se creía ni una palabra.
Un día entró en el despacho de Nick y lo encontró tan absorto en la pantalla del ordenador que ni se percató de su presencia.
—¿Nick? —dijo ella.
—¿Qué? —murmuró él distraído.
Ella se fue acercando poco a poco y miró por encima de su hombro. Casi esperaba ver pornografía en la pantalla.
—¿Has estado alguna vez en la Provenza? —preguntó él.
Estaba pasando imágenes de pequeñas villas rurales.
—No —dijo Elaine—. Parece preciosa. ¿Estás pensando en tomarte unas vacaciones allí?
—Sí. Unas permanentes.
—¿Qué quieres decir?
—Que me jubilo. Y pronto.
Elaine se quedó desconcertada.
—¿No eres un poco joven para jubilarte?
—Oh, seguiré trabajando en algo. Pero en algo que no ponga en peligro mi vida —la miró—. Tengo bastante dinero ahorrado —dijo—. Ese viejo Mustang es lo único que tengo.
Durante los días siguientes, Elaine no dejó de darle vueltas a lo que Nick había dicho, preguntándose cómo podía tener tanto dinero «ahorrado» como para jubilarse a los treinta y tantos.
Una noche tuvo un sueño maravilloso. Cenaba con Nick en una enorme cocina rústica. Las ventanas estaban abiertas y la brisa entraba en la estancia. Sobre la mesa había verduras frescas esparcidas. Fuera se veían colinas doradas y ondulantes, y álamos, como en un cuadro de Van Gogh.
A la mesa había dos niños sentados, un chico y una chica, y ambos hablaban francés. El chico se parecía a Nick. La chica tenía el pelo rubio rojizo.
Llamaron a la puerta. De repente, la atmósfera del sueño cambió. Por un segundo, estaba de vuelta en su casita de Garfield.
—Yo abro —dijo, levantándose de la mesa.
Mientras caminaba por el pasillo, el terror se apoderó de ella. El Servicio Secreto estaba allí, iban a arrestar a Nick, a llevárselo, a destruir su hermosa familia y su vida idílica con él.
Cuando tocó el pomo de la puerta, estaba frío como el hielo. Tragó saliva, lo giró y abrió.
Las dos chicas que se habían acercado a Nick en el bar de Sofía estaban allí de pie: la morena con el corte a lo paje y la rubia con la trenza por la espalda y los pantalones ceñidos.
—¿Está Neekie aquí? —dijo la morena con una sonrisa lasciva, los labios embadurnados de pintalabios—. ¿Puede venir a divertirse con nosotras?
Elaine se despertó sobresaltada.
Finalmente decidió llamar a Ashley y desahogarse. Necesitaba hablar con alguien sobre su obsesión; guardarse todo aquello para sí misma la estaba volviendo loca.
Ashley era buena dando consejos sobre el sexo opuesto; desde que Elaine había perdido la virginidad con el «señor Rodríguez», Ashley había sido una especie de mentora para ella, al menos en cuestiones del corazón.
—Tienes que hacerle saber cómo te sientes —dijo Ashley.
—¿Cómo? —preguntó Elaine, temblando.
Estaba de pie en una cabina telefónica en las afueras de Sofía, y fuera hacía unos diez grados bajo cero. No se habría atrevido a hablar con Ashley de aquello desde el móvil ni desde el teléfono de su despacho o su apartamento.
—Si le hago una insinuación y no está interesado, me sentiré tan humillada que no podré volver a mirarlo a los ojos. Tendré que pedir el traslado a otra oficina de campo. ¡Y me gusta estar aquí, me encanta estar aquí!
—Lo que te encanta es él —dijo Ashley.
Elaine no dijo nada. No hacía falta.
—Mira, Elaine, no estoy hablando de «hacer una insinuación». Estoy hablando de indirectas sutiles. Eres mujer, sabes cómo hacerlo.
—Le he lanzado todas las indirectas habidas y por haber, Ashley. No responde a ninguna.
Ashley se quedó callada un momento. Elaine sabía lo que estaba pensando: «Bueno, quizá es que el hombre no está interesado».
Ashley dijo:
—Mira, probablemente sea por lo de jefe y subordinada. ¿Sabe lo del cabrón de Great Falls?
Ashley era la única a quien Elaine le había hablado de Bill Saunders.
—No creo. ¿Cómo iba a saberlo?
—No me preguntes a mí, no soy agente secreta.
—Ashley, no somos «agentes secretas», hacemos cumplir la ley, como el FBI.
—Lo que sea. —Ashley nunca había entendido la elección profesional de Elaine—. La cuestión es que, si sabe lo del bastardo de Great Falls, seguramente esté cagado de miedo de intentar algo contigo. Tiene miedo de que pierdas los estribos y lo hagan despedir por acoso sexual.
Elaine ya lo había pensado. —No creo que sea eso. Este tipo no va de seguir las reglas, Ashley. Eso es precisamente lo que lo hace tan atractivo: es un rebelde, hace lo que le da la gana.
—Sí, esos tipos son emocionantes.
Elaine suspiró. —Es que creo que si de verdad estuviera interesado en mí, se arriesgaría.
«Bueno, ahí lo tienes», casi podía oír que pensaba Ashley.
—Mira, Lainie, si estás tan loca por este tipo, deberías decírselo directamente. Ya sabes lo que dicen: «Es mejor haber amado y perdido, que no haber amado—»
—¡Venga ya, no me vengas con clichés!
—Bueno, me llamas para pedirme consejo y luego, cuando te lo doy, lo rechazas. ¿Qué quieres que te diga exactamente?
—Lo siento. Es que estoy muy alterada con esto. Has sido de gran ayuda, de verdad. Yo... solo necesito pensar un poco más.
—Ya has pensado bastante, solo estás volviéndote loca. Es malo para tu autoestima.
—Sí —suspiró Elaine, abrazándose y temblando de nuevo—. Escucha, me estoy quedando helada, Ashley, tengo que colgar. Te agradezco mucho el consejo, y por favor, por favor, no le digas ni una palabra de esto a nadie.
—Como si fuera a contárselo a todos mis amigos agentes secretos.
Dos horas después, Nick entró en la oficina de Elaine.
—¿Te gustaría venir conmigo a una misión encubierta en Bielorrusia?
Era como si hubiera escuchado toda la conversación telefónica. Por supuesto, Elaine sabía que eso era imposible.
—Claro —dijo, tratando de ocultar su emoción—. ¿Cuál es la misión?
Nick se lo explicó. Sospechaba que había una pequeña operación de falsificación allí y no conseguía que las autoridades bielorrusas colaboraran, así que quería ir a investigar él mismo. —Solo sería un par de días —añadió con naturalidad.
—Está bien —dijo ella, esforzándose por ocultar su júbilo. Se preguntó si querría que se hicieran pasar por pareja otra vez. De hecho, solo de pensar en encerrarse con él unos días en un hotel en Bielorrusia se excitó. ¿Quién sabía qué podría pasar?
—Necesitarás un pasaporte falso, por supuesto —dijo él—. ¿De qué país quieres ser? ¿Se te da bien algún acento en particular?
—¿Podrías conseguirme un pasaporte de Irlanda, anda? Dicen que mi acento irlandés no está nada mal.
Nick soltó una carcajada. —¡Eso es genial! ¿Eres irlandesa o tienes sangre irlandesa?
—Mi tataratatarabuela era una princesa irlandesa. Vivía en un castillo precioso.
En realidad, lo que Elaine dijo fue: —Mi padre solía ir por ahí murmurando con acento irlandés por diversión. Brogan es un apellido irlandés, pero no creo que conociera a ningún irlandés de verdad.
—Ah. Bueno, conozco a gente que puede hacer un pasaporte irlandés. A estos países del antiguo bloque soviético les encanta el IRA.
Cuando volaron a Minsk, la capital bielorrusa, Nick viajó con un pasaporte británico falso y en el formulario de entrada puso como ocupación «Ingeniero».
Le dijo que ella escribiera «Contadora» en el suyo.
Su pasaporte era de emisión diplomática, supuestamente expedido por el Departamento de Agricultura, Pesca y Alimentación de Irlanda.
—Llevamos cinco años casados, vivimos en Londres, yo trabajo para British Petroleum. No tenemos hijos. Estamos aquí de vacaciones. ¿Entendido?
—Sí.
Elaine estaba tan emocionada que apenas podía contenerse. Cuando bajaron del taxi y se acercaron al vestíbulo del hotel, se armó de valor y le cogió la mano a Nick.
Él se la soltó enseguida, frunciendo el ceño.
—Creía que se suponía que estábamos casados —dijo ella, un poco dolida.
—Lo estamos. Cinco años, Elaine. Ningún matrimonio se coge de la mano después de cinco años.
Cuando por fin llegaron a la habitación del hotel que Nick había reservado, Elaine se llevó una decepción aún mayor.
Había esperado que solo tuviera una cama grande.
Pero no solo tenía dos camas separadas, sino que estaban en habitaciones distintas.
Era una suite diseñada para una familia, con un dormitorio para los padres y otro para los niños. Incluso había baños separados.
Le daba rabia pensar que él nunca la vería con el peignoir nuevo en el que se había gastado medio sueldo.
—He pensado que así tendrías más intimidad —dijo Nick mientras llevaba su maleta a la más pequeña de las dos habitaciones.
—Gracias —murmuró Elaine.
Entró en el otro dormitorio y deshizo la maleta con desgana.
Unos minutos después, Nick apareció en la puerta.
—Voy a salir, a ver qué puedo averiguar.
—¿No quieres que yo...?
—No, tienes que quedarte aquí. Prepárate para revisar los billetes que traiga: tendremos que movernos rápido.
Los tres días que pasaron en Bielorrusia fueron un suplicio para Elaine.
Nick la obligó a quedarse en la habitación como una prisionera.
Él salía a rastrear billetes de 100 dólares sospechosos, se los traía para que los revisara y volvía a salir, dejándola sola casi todo el tiempo.