Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 13
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Nick parecía conocer a todo el mundo en Sofía, y llevaba a Elaine con él a «hacer sus rondas» por los clubes y bares más sórdidos de la ciudad, algo que a ella le resultaba deliciosamente intrigante. Al menos al principio.

Era evidente que Nick tenía muchas amigas con derecho a roce, del tipo que frecuentaban bares y vivían de la generosidad de los hombres que conocían allí, sobre todo extranjeros «ricos».

La tercera noche que salieron, dos jóvenes que claramente conocían a Nick se detuvieron en su mesa.

Una de ellas llevaba un corte de pelo estilo paje, con un flequillo negro azabache cortado recto sobre los ojos oscuros.

La otra lucía una gruesa trenza rubia que le llegaba hasta la raja del trasero, cuyas formas quedaban tan marcadas bajo unos ajustados pantalones de spandex negro que podría haber posado como modelo anatómico.

—¡Ven de fiesta con nosotras, Neekie! —dijo la morena, con los labios de piñón brillantes de carmín rojo, tirándole de la chaqueta de cuero.

—¿No ves que estoy con una colega? —dijo Nick, con la cara colorada. Por cómo lo dijo, Elaine se sintió como un mueble de oficina.

La rubia miró a Elaine con descaro, clavándole los ojos oscuros.

—Puedes traer a tu colega, Neekie. No nos importa.

Cuando por fin se libró de ellas, miró a Elaine con cara de disculpa.

—Solo salgo con ellas para estar al tanto de todo. Así te enteras de muchas cosas.

—Espero que responda a la penicilina —dijo Elaine.

Nick sonrió.

Las búlgaras más jóvenes iban vestidas para matar, con faldas cortas, tacones altos y blusas escotadas.

Prestaban gran atención al pelo, al maquillaje y a las manos y los pies; la mitad llevaban uñas postizas y extensiones de pestañas.

A Elaine le parecía que todas las chicas de Sofía competían a vida o muerte por ver quién era la más sexy.

Había tantas mujeres guapas que Elaine se sentía del todo anodina y corriente con sus aburridos trajes grises de oficina y sus zapatos planos de ir cómoda.

Una noche en que ella, Nick y otros dos agentes —ambos casados— estaban en un bar, Elaine le hizo este comentario a Nick cuando pasó una chica con una falda tan corta que se le veían los ligueros de las medias negras con puntilla.

—La vida es dura aquí, Elaine —dijo él—. No es como en Estados Unidos, donde tenéis todo tipo de sistemas para proteger a las mujeres y darles igualdad de oportunidades y esas cosas. Aquí las mujeres necesitan a los hombres para sobrevivir, y no hay suficientes hombres buenos para todas.

Nick se encogió de hombros.

—Para conseguir a un buen hombre, tienen que sacar el máximo partido a todos sus activos.

—Y seguro que tú sacas buen partido de los activos de ellas —dijo Elaine.

Nick miró a los otros dos agentes y sonrió.

—Bueno, ya sabes lo que dicen: «Donde fueres, haz lo que vieres».

Elaine quería estrangularlo.