11
Sofía, Bulgaria, resultó ser una agradable sorpresa.
La ciudad tenía un sabor claramente europeo, con edificios de balcones que daban a bulevares arbolados y adoquinados por los que traqueteaban tranvías lentos.
El aire veraniego olía a flores y estaba lleno de risas y música romántica de acordeón.
Había una sencillez en los búlgaros y en su forma de vivir que a Elaine le parecía encantadora y genuina.
En el centro de la ciudad, los hombres y las mujeres iban mejor vestidos que en Estados Unidos: ellos con traje y ellas con faldas o vestidos elegantes, la mayoría con tacones altos. Cuando paseaban en pareja, la mujer solía tomar del brazo al hombre, a la antigua usanza.
Los hombres, con sus ojos oscuros y tez morena, eran bastante guapos, pero su actitud hacia las mujeres dejaba mucho que desear. En algunas partes del país, las chicas de tan solo catorce años todavía se subastaban en ferias al mejor postor.
Aun así, para Elaine era emocionante encontrarse en Sofía. Muchísimo más interesante que Great Falls, Montana.
El día que llegó, un conductor búlgaro de la oficina la recogió en el aeropuerto y la acompañó con toda formalidad a un apartamento en el centro.
Le habían alquilado el piso por semanas hasta que encontrara alojamiento permanente.
Era encantador, con muebles antiguos y techos de tres metros, y daba a una plaza tranquila y arbolada.
Cuando llegó a la oficina del Servicio Secreto, una recepcionista robusta le dijo:
—La estábamos esperando —con un inglés acentuado, y señaló hacia el pasillo—. La oficina del SAIC es la última, al fondo.
Elaine no sabía nada del SAIC, salvo que se llamaba Nick LaGrange. Recorrió el pasillo y se detuvo ante la puerta con su nombre.
Había un hombre alto y de hombros anchos inclinado sobre un escritorio abarrotado de papeles, tazas de café manchadas y otros trastos.
Contaba dinero de un sobre, murmurando para sí y garabateando en un papel.
Elaine no podía verle la cara: la melena castaña, larga y despeinada, se la tapaba.
Llevaba vaqueros desgastados y agujereados, botas de montaña y una cazadora de aviador de cuero cuarteado sobre una camisa de lino arrugada.
Levantó la vista y se apartó el pelo de la cara. Al ver a Elaine, le dedicó una cálida sonrisa.
—Hola.
Era el hombre más guapo que había visto en su vida.
—Soy Nick LaGrange —dijo, tendiéndole una mano firme—. Tú debes de ser Elaine.
—Sí —respondió ella por fin. No quería soltársela.
—Estoy a punto de salir a una misión encubierta. ¿Quieres venir y hacerte una idea del lugar?
Elaine se miró el traje de chaqueta con cierta duda.
—No te preocupes, vas vestida perfecta para esta misión —hizo una pausa—. ¿Llevas la pistola reglamentaria?
—Sí, claro.
Elaine empezó a abrir el bolso.
—Déjala aquí —dijo con una leve sonrisa—. Leí la nota de tu expediente.
Cinco minutos después, subían a un viejo Mustang rojo cereza aparcado en un garaje cerca de la oficina. Nick metió la llave en el contacto y el motor cobró vida con un rugido.
—Lo compré en Nueva York, lo envié al Reino Unido y lo traje conduciendo desde Londres —dijo con orgullo mientras salía del garaje—. Un Boss 429 original. Modelo del 68.
La miró.
—Seguro que los muscle cars no son lo tuyo...
—No —admitió Elaine. Todavía estaba un poco molesta por el comentario sobre la nota de su expediente.
Atravesaron el centro de Sofía con Nick tocando el claxon y sorteando tranvías y grupos de peatones. Sujetando el volante con las rodillas, sacó una bolsa de tabaco y se lió un cigarrillo. Se lo puso entre los labios, perfectamente enrollado, y lo encendió.
Sonrió al verla observándolo.
—Tuve mucha práctica en la universidad. ¿Quieres que te líe uno?
—No, gracias —dijo ella, sonriendo. Aquel tipo era todo un personaje.
Según avanzaban por la ciudad, notó que todo el mundo se quedaba mirando el viejo coche americano a su paso.
—¿No es un poco llamativo este coche para un agente del Servicio Secreto? —preguntó.
Nick se echó a reír.
—Aquí no hay secretos, Elaine. Todo el mundo conoce a todo el mundo. Y los americanos cantamos a la legua.
Giró en una esquina y saludó a un hombre que estaba en otra esquina fumando un puro.
—Cualquier búlgaro detecta a un chuzhenetz, un extranjero, a cien metros. Lo saben por cómo te vistes, caminas, te mueves, por la forma de tu cara y cien señales más. Aquí hay que andarse con cuidado. En Bulgaria, un extranjero solo significa una cosa: D-I-N-E-R-O.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Cinco años. Cinco largos años. Antes, Varsovia. Y antes, París.
—Entonces, ¿te gusta estar en el extranjero?
—Me gusta estar lo más lejos posible del cuartel general y de sus puñeteros DOPS.
Giró bruscamente a la izquierda, hacia una plaza, y aparcó en la calle.
—¿En qué consiste exactamente esta misión encubierta? —preguntó Elaine, nerviosa.
Nick terminó el cigarrillo y tiró la colilla por la ventana.
—¿Has oído hablar alguna vez del Turkey Roll?
—No.
—Suena a sándwich, ¿verdad? Es una estafa que montan por aquí.
Salieron del coche y cruzaron la calle. Al fondo de la plaza se alzaba una enorme iglesia de estilo bizantino, con cúpulas doradas relucientes y tejados curvos de color turquesa.
—Esa es la catedral de Alejandro Nevski —dijo Nick—. Seguramente la mayor atracción turística del lugar.
De pronto, Nick le tomó la mano a Elaine.
—Para que esto funcione, tenemos que parecer una pareja —dijo en voz baja.
Se preguntó si solo lo decía como excusa para cogerle la mano. «Bah, eso quisiera yo», pensó Elaine.
Apenas habían caminado unos metros cuando un hombre apareció de la nada y se plantó justo delante de Elaine. Se agachó a recoger algo de la acera; todo ocurrió tan de repente que Elaine casi tropezó con él. Recogió un grueso fajo de billetes estadounidenses de cien dólares.
Por un instante, Elaine se enfadó: si el hombre no se hubiera cruzado delante de ella, lo habría encontrado ella misma.
El hombre miró a Elaine y luego a Nick.
—¿Es suyo? —preguntó, mostrando el dinero.
Entonces Elaine cayó en la cuenta: quizás era la estafa. El Rollo del Pavo.
Nick la miró y luego le dijo al hombre:
—Sí, es mi dinero.
Cuando alargó la mano para cogerlo, el hombre retrocedió rápidamente.
—Lo repartimos a medias. ¿De acuerdo?
Nick volvió a mirar a Elaine.
—Bueno...
—Vamos allí —susurró el hombre, señalando hacia la parte trasera de un edificio.
Los llevó a doblar la esquina.
Elaine miró a su alrededor con nerviosismo, temerosa de lo que pudiera pasar. No le gustaba aquella situación: estar en un país extraño, mezclada con criminales y desarmada.
El hombre le quitó la goma al fajo y empezó a contar rápidamente. Edin, dvama, trima, chitirima...
Había treinta billetes flamantes de cien dólares en el fajo: tres mil dólares en total.
Le entregó la mitad a Nick y luego miró por encima del hombro de Elaine con los ojos muy abiertos. Se dio la vuelta y echó a correr pegado a la pared del edificio.
Dos hombres llegaron trotando desde la dirección opuesta. Uno llevaba un traje arrugado; el otro, un chándal mugriento. Este último señaló a Nick mientras farfullaba en búlgaro.
El del traje les mostró una placa de policía.
—Este hombre... dice que le han robado su dinero.
Nick miró a Elaine con nerviosismo.
—No sé de qué habla. Yo no he robado nada.
—¡Vacíese los bolsillos!
Nick titubeó.
—¿Quiere ir a la cárcel?
A regañadientes, Nick se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y los volvió del revés. Luego, de los vaqueros, sacó las llaves del coche, la cartera y un mechero.
—¿Lo ve?
—¡Ahí! —dijo el otro, señalando el pequeño bolsillo relojero de los vaqueros de Nick.
Nick suspiró y sacó el fajo de billetes.
—Mire, estaba tirado en la acera. No se lo he robado a nadie.
—Da! —exclamó el otro, arrebatándoselo de la mano. Desenrolló los billetes, frunció el ceño y volvió a mirar a Nick—. To ne vsichko e tuk!
—Dice que le ha quitado parte de su dinero —tradujo el policía.
—Yo no me he quedado con nada —protestó Nick, señalando hacia la parte de atrás del edificio—. Otro tipo recogió el fajo y me dio la mitad.
—¿Otro tipo? —dijo el policía, mirando a su alrededor—. ¿Qué otro tipo? Yo no veo a ningún otro tipo.
Nick miró a Elaine.
—¿Quiere ir a la cárcel? —repitió el policía. Entrecerró los ojos mirando a Elaine—. ¿Quieren ir los dos a la cárcel? Prisión búlgara muy mala. No como en Estados Unidos.
Nick miró a su alrededor y abrió la cartera.
—Mire, le daré todo el dinero que tengo...
Sacó unos cuantos billetes de cien dólares y otros tantos de cien euros.
El policía miró a Elaine.
—Yo no tengo dinero —dijo ella con la garganta seca. Ojalá aquello fuera la estafa de la que Nick le había hablado, y no otra cosa.
El policía le hizo una pregunta al otro hombre. Este fulminó a Nick con la mirada.
—De acuerdo —dijo finalmente, y se guardó todo el dinero en el bolsillo. Se dio la vuelta y desapareció tras la esquina, murmurando para sus adentros.
El policía señaló a Nick.
—Debería tener cuidado. Bulgaria muy peligrosa para extranjeros.
Y se marchó en dirección contraria.
Cuando volvieron a quedarse solos, Nick miró a Elaine con complicidad. Una sonrisa le curvó los labios.
—No era un policía de verdad...
—No —confirmó Nick.
—No lo entiendo... ¿De qué iba todo esto?
—De esto —dijo Nick, metiendo la mano en el bolsillo de atrás. Sacó un único billete de cien dólares—. Esto salió de ese fajo... seguramente todo era falso. Un par de policías de incógnito, policías de verdad, seguirán a esos tipos hasta que lo averigüemos.
En cuanto estuvieron en el Mustang y de camino a la oficina, Elaine dijo:
—Deberías haberme dejado traer la pistola. No soy incompetente.
—¿He dicho yo que seas incompetente?
—No, pero... —Estaba enfadada consigo misma por querer impresionarlo, pero no podía evitarlo—. Me haces sentir incompetente. No soy una chica indefensa.
—No te me pongas feminista, ¿vale? No suelo hacer mucho caso a las normas, pero cuando se trata de cosas importantes, sigo el reglamento al pie de la letra. Si te pasa algo, el responsable soy yo. —La miró—. ¿Te parece bien?
—Bueno, sí, claro que sí. Es solo que no quiero que pienses que soy inepta.
—El Servicio Secreto debió de pensar que tenías otras cualidades que compensaban tu falta de puntería. —Le miró las piernas.
—Muchas gracias —murmuró ella.
—No me refería a eso. Me refería, por ejemplo, a la impresión calcográfica. —La miró con curiosidad—. Tu expediente decía que sabes mucho de eso.
—Algo sabré del tema. Me especialicé en eso.
Nick pareció sorprendido. —¿Dónde demonios puede uno especializarse en impresión en huecograbado?
—En RISD. La Escuela de Diseño de Rhode Island...
—Sé lo que significa. Es una escuela excelente.
Se encogió de hombros con modestia. —Supongo que sí. —Por supuesto que era buena: una de las mejores escuelas de diseño de Estados Unidos.
—Tus conocimientos de impresión en huecograbado podrían sernos muy útiles —dijo Nick—. El delito principal del que nos ocupamos en esta oficina es la falsificación. Pero seguro que ya lo sabes.
Viajaron en silencio durante unos minutos. Aunque Elaine se sentía un poco frustrada por la actitud de él hacia ella, se sentía muy a gusto con Nick LaGrange. Su forma de ser abierta, honesta y segura resultaba muy atractiva.
Al pasar junto a un grupo de hombres de aspecto rudo en una esquina, sus pensamientos volvieron a los estafadores con los que acababan de toparse.
—Es una estafa ingeniosa la que montan esos tipos —dijo ella—.
Por una fracción de segundo, me enfadé cuando el primer hombre se interpuso delante de mí y pareció recoger aquel fajo de billetes.
Pensé que debería haberlo encontrado yo en lugar de él.
—Sí. Siempre me pasa lo mismo, aunque sé que es un timo —le sonrió—. Todos somos codiciosos, Elaine. Es la naturaleza humana.
Cuando regresaron a la oficina, Nick retiró algunos trastos de una de las sillas de visitas y le ofreció asiento.
—Entonces, ¿qué opinas de este billete? —dijo, entregándole a Elaine el billete de cien dólares. También le dio una lupa.
Su mirada le indicó que aquello era una prueba.
Frotó con cuidado el billete entre el pulgar y el índice. Había sido impreso con una prensa de huecograbado: se notaban las crestas en el papel. Lo examinó con la lupa, fijándose en los detalles más finos.
Al cabo de un momento, Nick preguntó: —¿Quieres un billete auténtico para comparar?
—No hace falta —murmuró Elaine, observando el anverso del billete—. Este es falso, sin duda.
Nick arqueó una ceja. —¿Cómo lo sabes?
—Para empezar, la tinta que cambia de color no es del todo correcta. Cambia de negro a dorado, pero el...
—Sí, bien. ¿Y?
—Y las líneas del rostro de Jefferson no tienen el mismo espaciado, sobre todo en la zona de la mandíbula. Además, la microimpresión no es tan nítida como debería. —Elaine hizo una pausa—. Aun así, es una falsificación bien hecha.
Nick sonrió. —Nada mal, Elaine. Nada mal. Normalmente, billetes tan buenos como este tenemos que enviarlos a Estados Unidos para confirmarlo.
Descolgó el teléfono y marcó un número. Mientras esperaba, abrió el cajón y sacó un fajo de billetes de cien dólares de unos dos centímetros de grosor. —A ver qué te parecen estos.