Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 10
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—¿Bulgaria? —dijo Elaine, con la vista clavada en la transmisión confidencial que sostenía.

Bill sonrió.

—Bastardo —murmuró ella.

Su expresión se ensombreció.

—Voy a fingir que no he oído eso.

Elaine se quedó allí de pie, fulminándolo con la mirada.

—No tuve nada que ver con adónde decidieron trasladarte —dijo Bill.

Miró con desdén las piernas de ella.

—Simplemente les dije que pensaba que aquí estaban desperdiciando tu talento, y sigo pensándolo. Quizás en Bulgaria encuentres una situación más aceptable para ti.

Se volvió hacia los papeles de su escritorio.

—Te vas mañana. Haz un resumen de todo lo que tienes entre manos y déjalo en mi escritorio antes de las cinco.

Esa noche, Elaine se quedó hasta tarde recogiendo sus cosas personales de la oficina y metiéndolas en cajas. Bill lo revisaría todo con lupa antes de enviarlo a Bulgaria.

Se sentía tan amargada como el clima del exterior.

Cuando estaba a punto de marcharse, volvió a sentarse en su austero escritorio. Miró la pantalla apagada del ordenador, vaciló, y luego lo encendió e inició sesión en el sistema. «El daño ya está hecho», pensó.

Abrió las bases de datos criminales y continuó con su trabajo en el caso de Ronald Eskew.

Apenas una hora después, dio con algo emocionante.

Había una agencia de modelos que había abierto en Dayton, Ohio, apenas dos meses después de la desaparición de Rising Star. Funcionó solo ocho meses antes de cerrar. Según los registros municipales, el propietario había sido R. E. Crawford.

Crawford: ese era el nombre que había usado su asistente.

¿Y Robert E. Crawford?

Elaine tecleó el nombre en la base de datos criminal del FBI, con el alma en vilo.

Al cabo de un momento, apareció una coincidencia.

Ronald E. Crawford, alias Robert A. Eskew, alias Steven B. Hayes, alias Edward T. Cane, alias... La lista continuaba.

Abrió el resto del archivo.

El corazón le dio un vuelco cuando aparecieron las fotos policiales del hombre: de frente y de perfil, sosteniendo un número.

¡Era él! Seguía con el bigote caído, y ahora también llevaba barba.

Recorrió el archivo a toda prisa, con el corazón acelerado. Buscado por fraude postal, phishing informático, emisión de cheques sin fondos, falsificación de moneda... una docena de delitos de cuello blanco.

Elaine frunció el ceño, confundida, mientras se desplazaba arriba y abajo por el extenso archivo. ¿Dónde estaba ahora? Era evidente que lo habían arrestado, porque había fotos policiales.

Ah, ahí estaba. Hacía cinco años...

Condenado por tres cargos de fraude postal, Decatur, Illinois. Lo sentenciaron a dos años en una prisión de mínima seguridad de Illinois.

¿Y después?

El archivo parecía terminar ahí.

Entonces reparó en la última línea.

17 de septiembre de 2006. Fallecido.

«¿Fallecido?», pensó aturdida. «¿El hombre está muerto?»

No podía ser...

Con una creciente sensación de decepción, siguió haciendo clic. Por fin encontró el certificado de defunción.

Causa de la muerte: insuficiencia cardíaca. Según el dictamen del médico forense, el fallecido murió plácidamente mientras dormía.

Elaine abandonó Montana aturdida.

Mientras miraba por la ventanilla del avión y veía cómo Great Falls se alejaba, sintió que le habían quitado el suelo de debajo de los pies.

...murió plácidamente mientras dormía.

¡No era posible! El hombre despreciable responsable de la muerte de su padre había muerto plácidamente mientras dormía.

¡El muy bastardo! ¡El afortunado y despreciable bastardo!

Solo en las últimas horas Elaine comprendió plenamente que todo lo que había hecho desde el suicidio de su padre —cada decisión importante, cada acción derivada de esas decisiones— había estado impulsado por su deseo de vengarse de Ronald Eskew.

¡Y ahora el hombre estaba muerto!

No era justo, sin más. La mayor ironía era que había muerto mucho antes de que ella terminara siquiera la universidad.

Elaine sintió todas las emociones imaginables, y a la vez no sintió nada. Había rechazado dos trabajos perfectamente buenos, había pasado por aquel proceso infernal para entrar en el Servicio Secreto... ¿y para qué?

Era la capitana de un barco sin timón.

Cuando el avión aterrizó en Chicago, en lugar de hacer transbordo hacia Washington D.C., compró un billete a Pittsburgh. No había vuelto a casa desde que se graduó en Bromley. Algo le decía que era hora de hacer las paces con su pasado.

Alquiló un coche en el aeropuerto de Pittsburgh y, casi sin darse cuenta, se dirigió hacia su antigua casa en Garfield.

Mil recuerdos inundaron su mente mientras recorría la avenida Penn, pasando por lugares conocidos: el pequeño mercado donde solía comprar, la lavandería, la parada de autobús que había recorrido mil veces de ida y vuelta a casa.

Al pasar lentamente frente a la pequeña y humilde vivienda, le pareció aún más pequeña y humilde de lo que la recordaba, y el vecindario mucho más deteriorado.

Podía ver el balcón que su padre había construido en la parte trasera, con la pintura descascarada.

Se veía a sí misma de niña, en brazos de su padre.

Tu tataratatarabuela era una princesa irlandesa. Vivía en un hermoso castillo. Tenía un foso, y un...

¿Qué es un foso, papi?

Sintió una punzada aguda en el corazón y se alejó a toda velocidad.

Unos minutos después, se detuvo frente a la Academia Bromley para Chicas.

Entró en la oficina principal. La señora Prentice se había jubilado hacía mucho tiempo y la había sustituido una directora nueva y joven.

Había un guardia de seguridad en el mostrador de recepción, también una novedad. Incluso él era un desconocido.

—¿Puedo ayudarla?

—Estudié en Bromley —dijo Elaine—. Solo voy a dar una vuelta por los terrenos, si no le importa...

—Adelante.

Elaine volvió al coche de alquiler y sacó del maletero una pequeña maceta de crisantemos.

Avanzó con dificultad por la nieve, rodeando el edificio principal, pasando el campo de fútbol y cruzando la colina, hasta llegar a los restos de la iglesia.

La señora Prentice había organizado que el cuerpo de su padre fuera enterrado allí, en el viejo cementerio. La escuela había pagado todo.

Elaine se agachó frente a la sencilla lápida y apartó la nieve.

EN MEMORIA DE PATRICK KEEGAN brOGAN, UN PADRE MARAVILLOSO Y GRAN AMIGO DE LA ACADEMIA FEMENINA brOMLEY

Elaine contempló las palabras grabadas en la losa, mientras las lágrimas le corrían por el rostro. Colocó la maceta al pie de la lápida. De repente se desplomó hacia delante, sollozando, abrumada por una sensación de soledad y desesperación.

—Ojalá pudiera hablar contigo, papi —jadeó, apretando las manos y el rostro contra el frío mármol—. No sé qué hacer.

Lloró durante unos minutos, hasta que oyó un crujido en la nieve, detrás de ella. Se dio la vuelta. Dos chicas de unos doce años, a caballo y con sus cascos de equitación, avanzaban por el lateral del cementerio.

Elaine se secó los ojos y las saludó con la mano. Las chicas le devolvieron el saludo.

Pensó en Kaitlin y en cómo se habían distanciado.

Cuando Elaine volvió al coche, su dolor se transformó en una dulce tristeza. Lo sobrellevaría, de alguna manera. Era una Brogan. Somos de recia estirpe irlandesa, casi podía oír decir a su padre. Iría a la maldita Bulgaria y vería qué pasaba.

Si las cosas no mejoraban, renunciaría al Servicio Secreto.