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Rondaba los cuarenta años, tenía una tez morena, patillas largas y un bigote caído.
Siempre iba impecablemente vestido. Elaine solo lo veía en el ascensor o cuando pasaba por el pasillo hacia su oficina.
Siempre iba acompañado de una o dos chicas jóvenes y hermosas, ataviadas con costosos conjuntos de diseñador.
Para la entrevista, Elaine se puso lo que consideraba su mejor conjunto: unos vaqueros blancos ajustados que resaltaban sus largas piernas y una blusa que dejaba al descubierto su vientre plano.
Se gastó el sueldo de las últimas tres semanas en que le peinaran en una peluquería y se permitió el lujo de un maquillaje profesional, aunque a esas alturas ya habría podido hacérselo ella misma.
Fue en autobús hasta la agencia. Por alguna razón, no quería que su padre supiera lo que estaba haciendo, así que le dijo que tenía que trabajar en el centro comercial.
El tiempo era pésimo. Llovía a cántaros y el viento soplaba con fuerza.
Incluso con el paraguas, cuando llegó a Rising Star estaba empapada de las rodillas para abajo.
La señora Crawford la hizo pasar de inmediato; no tuvo que esperar.
—Bueno, señorita Brogan, es un placer conocerla —dijo el señor Eskew—. Por favor, tome asiento.
Elaine se sentó en el sofá de cuero. El despacho olía a humo de puro y a loción de afeitar almizclada.
Él cerró la puerta, acercó una silla, le dio la vuelta y se sentó a horcajadas justo enfrente de ella.
Estaba tan cerca que sus rodillas casi se tocaban.
Llevaba muchas joyas de oro. Elaine se fijó en que lucía un Rolex.
Le cogió la tarjeta de modelo de la mano sudorosa, miró el anverso, luego el reverso, y después la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose a admirar su figura. Su mirada se posó en el vientre desnudo de Elaine.
—Tienes un aspecto fresco. Hay cierta inocencia en ti que resulta atractiva.
—Gracias.
Dejó la tarjeta sobre la mesa de centro y la miró a los ojos.
—Sé que no tengo que decirte lo competitiva que es la profesión de modelo, Ellen.
—Es Elaine.
—Cierto. Elaine. Para triunfar en este negocio, tienes que sacar a relucir tu verdadero yo, tu singularidad.
Le hizo un gesto con la mano.
—¿Sabes a qué me refiero?
Elaine asintió.
—La cámara capta lo que estás pensando, lo que estás sintiendo, tu... actitud. De eso se trata realmente. De la actitud.
Movía mucho las manos al hablar.
Volvió a mirarle el vientre. Parecía que cada vez que lo hacía, su bigote caído se estremecía ligeramente.
—Con mis clases particulares —continuó—, saco a relucir la singularidad de la modelo.
Le miró la rodilla, extendió la mano y se la puso encima. Volvió a mirarla a los ojos y dijo:
—¿Te gustaría recibir clases particulares, Elaine?
—Bueno...
Quería quitarle la mano de encima.
—No estoy segura de que yo...
—¿Te gustaría ir a sesiones fotográficas en el Caribe? ¿En París? ¿En Los Ángeles?
—Yo...
—¿Tener ropa cara? ¿Tener tanto dinero que puedas comprar lo que quieras sin pensártelo dos veces?
La mano de él se deslizó muslo arriba. Elaine se quedó mirándola, incapaz de moverse. Se levantó de golpe.
—No me gusta que me toque —soltó—. Solo tengo dieciséis años.
Él la miró con el ceño fruncido en señal de desaprobación.
—Te estás comportando como si tuvieras doce años. Las modelos profesionales tienen que ser maduras.
Durante un segundo, Elaine sintió el impulso de reprimir lo que estaba sintiendo e intentar actuar con más «madurez», pero entonces se dio cuenta de que aquello no era más que otra manipulación. Ahora lo veía todo con claridad.
—Esta agencia no es más que una estafa —dijo—. Sé lo que está haciendo.
—¿Y qué es eso? —dijo él, arqueando una ceja.
—He visto a esas otras chicas...
—¿Qué otras chicas?
—Las otras...
Elaine se dio cuenta de que no tenía ninguna prueba concreta de lo que hacía aquel tipo repugnante.
—Quiero que me devuelva el dinero. Gasté dos mil dólares aquí, ¡y quiero que me los devuelva!
—Me temo que eso es imposible.
—¿De verdad? Pues entonces creo que iré a la policía y les contaré lo que acaba de hacerme.
—¿Y qué fue eso? —dijo, arqueando la ceja de nuevo.
—Usted...
Se dio cuenta de que tenía muy poco que decir. Me tocó la rodilla.
—¿Sí? —dijo él.
—Le... le diré a mi padre lo que hizo. Mide un metro noventa y pesa ciento trece kilos. Es obrero de la construcción.
La tez morena del señor Eskew perdió un poco de color. La observó durante unos segundos.
—No hay razón para hacer amenazas —dijo cordialmente—. En Rising Star garantizamos la satisfacción.
Se puso detrás del escritorio y se agachó hacia uno de los armarios. Elaine oyó un chasquido metálico. Parecía que estaba abriendo una caja fuerte.
—¿Dos mil dólares, dijiste?
—Así es.
Elaine estaba segura de que aquello era una trampa. No podía creer que fuera a devolverle el dinero de verdad.
Cerró la caja fuerte, colocó dos fajos de billetes de cien dólares sobre el escritorio y los empujó hacia ella.
Elaine se quedó mirándolos.
—Adelante. Cógelos.
Los cogió antes de que él pudiera cambiar de opinión y se los metió en el bolso.
—Espero que ahora veas que somos una agencia respetable y que se lo cuentes a los demás. Que tus expectativas personales no se hayan cumplido no quiere decir que a otras chicas les vaya a pasar lo mismo.
Cuando Elaine llegó al vestíbulo, vio que seguía lloviendo a cántaros y se dio cuenta de que había dejado el paraguas en la oficina del señor Eskew. Ni se le pasó por la cabeza volver a buscarlo.
Salió volando por la puerta y corrió hasta la parada del autobús. Cuando llegó a la marquesina, estaba empapada hasta los huesos. Pero sonreía de oreja a oreja.
¡Había recuperado todo el dinero! ¡Hasta el último dólar!
Su padre estaría orgulloso de ella. Había tenido razón desde el principio. Tendría la satisfacción de decir «te lo dije», pero al menos ella había recuperado el dinero.
Mientras esperaba el autobús, comenzó a preocuparse. Algo la inquietaba. Había sido demasiado fácil. Recorrió la calle lluviosa con la mirada. ¿Y si el señor Eskew llamaba a algún matón para interceptarla y robarle el dinero?
Tras asegurarse de que nadie la observaba, sacó los fajos del bolso y los deslizó en los bolsillos delanteros de los vaqueros.
El autobús no tardó en llegar. Elaine se sentó en la parte de atrás y pasó todo el trayecto preocupada, echando vistazos por la ventanilla trasera, temiendo que alguien la siguiera en coche.
Cuando llegó a su parada, le pidió al conductor que esperara un momento mientras bajaba y comprobaba si había algún coche detrás del autobús, pero no la seguía nadie.
Se dirigió a casa a paso rápido. No vivía precisamente en un barrio donde fuera seguro llevar más de diez dólares en el bolso. Pero claro, nadie esperaba que ella tuviera dinero, y en su manzana todo el mundo le tenía pánico a Patrick Brogan.
Elaine encontró a su padre en su posición habitual, sentado frente al televisor, con una cerveza en la mano.
—¿Qué tal el día, cariño? —la observó con más atención—. ¡Estás empapada, Lainie! Será mejor que te cambies de ropa.
Elaine sacó los dos fajos húmedos de los bolsillos y los dejó en la mesa de centro, frente a él.
—¿Qué es esto? —dijo incorporándose.
—Todo el dinero que gastamos en Rising Star, papá. Hasta el último centavo —se inclinó, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó—. Tenías razón.
—¿Sobre qué?
—Es una estafa. Todo lo que hacen es... bueno, prefiero no decirlo. El caso es que recuperé el dinero.
Su padre contempló los dos fajos de billetes con asombro.
—Quiero que lo ingreses en el banco, para la universidad —dijo ella.
Patrick miró a su hija con admiración.
—Has madurado, cariño, ¿lo sabías?
En su habitación, cuando Elaine se quitó los vaqueros mojados, se estremeció al recordar la mano del señor Eskew sobre su pierna. Entonces notó que había dos manchas grisáceas en la tela blanca, justo encima de los bolsillos, donde habían estado los fajos de billetes.
«Hasta el dinero de ese hombre está sucio», pensó mientras echaba los vaqueros al cesto de la ropa sucia.
Esperaba que las manchas salieran.
A la noche siguiente, mientras Elaine y su padre cenaban, llamaron a la puerta.
—Yo voy —dijo levantándose de la mesa. Fue a la puerta principal y la entreabrió, dejando la cadena puesta. Lo primero que vio fue el destello de luces azules en las casas de enfrente.
—¿Es esta la residencia de los Brogan? —preguntó un hombre trajeado de gris.
—Sí.
Le mostró una placa con una estrella.
—Servicio Secreto de Estados Unidos. Abra la puerta, señora.
Atónita, Elaine quitó la cadena y abrió. No había uno, sino dos hombres de traje gris.
—¿Patrick Brogan vive aquí? —dijo uno.
—Bueno... sí —tragó saliva, con muy mal presentimiento—. Papá —llamó, pero él ya se acercaba por detrás.
—¿Qué pasa? —preguntó nervioso.
—¿Patrick Brogan?
—Sí...
—¿Depositó usted efectivo esta mañana en la sucursal del First National Bank de Penn?
—Bueno... sí, pero...
Las esposas se cerraron en torno a sus muñecas.
—Queda arrestado por distribución de moneda falsa.
El otro hombre dijo:
—Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a un abogado...