Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 3
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Según la ley federal, Patrick Brogan había cometido un delito grave de Clase C, penado con hasta 12 años de prisión y una multa de hasta 250.000 dólares.

La fianza se fijó en 500.000 dólares. Lo interrogaron repetidamente la policía local, el Servicio Secreto y el FBI, pero se negó a revelar de dónde había salido el dinero falso.

Unos días después, lo acusaron de un segundo delito: robo. Al cotejar sus huellas dactilares con la base de datos criminal, coincidieron con una huella latente tomada en la escena de un crimen dos años atrás, en una obra donde había trabajado.

El padre de Elaine se enfrentaba a una condena total de 25 años.

Elaine estaba destrozada por el dolor. No sabía qué hacer. Atormentada por la culpa, fue a la comisaría e intentó decirles que había conseguido el dinero falso en la agencia de modelos, pero la despacharon como a una familiar angustiada que intentaba proteger a su padre.

Él rechazó todas las visitas. No quiso hablar con ningún abogado, ni siquiera con uno de oficio.

Seis días después del arresto, por fin le permitieron a Elaine ver a su padre.

Se sentó junto a la ventanilla de visitas y esperó, conteniendo las emociones. Un guardia trajo a Patrick Brogan y señaló con el dedo.

—Número siete.

Su padre caminó despacio por el otro lado de las cabinas de visita, con el mono naranja de la cárcel.

—Papi —dijo con voz entrecortada, apretando las manos contra el cristal.

Con los labios temblorosos, dijo con voz tensa:

—No soporto que me veas así.

Ni siquiera la miraba.

—Por favor, no te avergüences —dijo con lágrimas corriéndole por las mejillas—. Mírame, papi.

Por fin alzó la vista. Tenía unas ojeras oscuras y la piel cetrina. Solo llevaba una semana en la cárcel, pero parecía haber perdido al menos nueve kilos.

—Diles de dónde sacaste el dinero —le suplicó.

—No voy a arrastrarte a esto, cariño.

—¡Por favor, papi! Van a meterte en la cárcel veinti...

—No va a cambiar nada.

Patrick alzó las manos y las apoyó sobre las de ella, contra el cristal.

—Lo que hice fue por ti, cariño. Por tu futuro. No quiero que te sientas mal por ello. Nunca.

La verdad era que saber que su padre había estado robando en obras para pagarle Bromley todos esos años le revolvía el estómago.

En el fondo siempre había sabido que el dinero venía de actividades turbias, pero se había empeñado en creer sus historias sobre los negocios de salones recreativos que tenía con sus amigos.

Bajó la voz hasta un susurro.

—Tienes que mantener la boca cerrada sobre ese dinero falso, cariño. No se lo cuentes a nadie. Nunca. Prométemelo.

—Pero...

—Prométemelo, Elaine.

—Te... te lo prometo.

—Se acabó el tiempo —dijo el guardia con brusquedad, situándose detrás de él.

Elaine apretó las manos con más fuerza contra el cristal, deseando desesperadamente poder tocarlo. Tenía la terrible sensación de que aquella sería la última vez que vería a su padre.

—¡Te quiero, papi!

El guardia se lo llevó hasta perderlo de vista.

Elaine no tenía ni idea de qué sería de ella ahora.

Sabía que sus días en Bromley estaban contados.

Cada día conducía sola la vieja camioneta de su padre hasta el colegio, sumida en la más absoluta desesperación.

Evitaba a la señora Prentice, como si retrasar cualquier contacto con ella fuera a servir de algo.

«Es todo culpa mía», pensaba Elaine. «Si no me hubiera metido en esa estúpida agencia de modelos, nada de esto habría pasado». Quería destruir a Ronald Eskew, pero no se le ocurría cómo hacerlo sin ir en contra de los deseos de su padre.

Tres días después de visitarlo en la cárcel, una alumna auxiliar se presentó en su clase de historia universal y le pidió que fuera al despacho.

Elaine sabía lo que estaba a punto de pasar. Mientras caminaba por el pasillo, se preguntó cómo se sentiría la señora Prentice al enterarse de que su matrícula todos esos años había salido de la venta de objetos robados. Solo pensarlo la hizo estremecerse.

Cuando entró en el despacho, la señora Prentice estaba sentada a su escritorio. Tenía los ojos rojos e hinchados y un pañuelo arrugado en la mano.

—¿Qué pasa? —preguntó Elaine, invadida por un mal presentimiento.

La señora Prentice salió de detrás del escritorio y se acercó a Elaine con expresión compasiva, sorbiendo por la nariz.

—¿Qué ocurre? —dijo Elaine.

—Tu padre... —la señora Prentice le tomó las manos con fuerza—. Se ha suicidado esta mañana.

Elaine condujo la camioneta hasta casa como una autómata.

Las palabras «Se ha suicidado esta mañana» seguían resonando en sus oídos. Pero no tenían ningún significado. Eran solo ruidos sin sentido.

Miró a su alrededor dentro de la camioneta: los dados de peluche que colgaban del retrovisor, los guantes de trabajo de cuero de su padre, la foto descolorida de ella misma a los ocho años disfrazada de vaquera, sujeta al parasol.

«Sabía que no volvería a verlo», pensó, recordando la sensación que había tenido en la cárcel. Soltó una risa histérica, con el labio inferior temblándole. Luego empezó a hiperventilar y casi se salió de la carretera.

Cuando entró en el camino de la casa, apenas era consciente de lo que hacía. Se sentía como en un sueño, una pesadilla, viéndose a sí misma desde arriba.

Se vio a sí misma abrir la puerta de entrada. Se vio a sí misma cruzar el pequeño salón y bajar las escaleras al sótano. Se vio a sí misma abrir el cajón de abajo del viejo escritorio metálico de su padre y sacar el revólver del 38.

Por orden de su padre, nunca había tocado el arma, pero no parecía muy difícil de manejar. Encontró el botón que liberaba el tambor. Lo hizo girar despacio con los dedos: había balas en las seis recámaras.

Guardó el arma en el bolso, subió las escaleras y salió hacia la camioneta.

Todo era culpa de Ronald Eskew.

Ese bastardo asqueroso iba a pagar.

Mientras Elaine conducía hacia el centro, visualizó la escena.

«Mataste a mi padre», le diría mientras le clavaba el arma en el pecho.

No, bajo el cuello. En la nuez de Adán. Lo haría suplicar por su vida, ponerse de rodillas y gimotear como un crío.

Lo haría arrepentirse del día en que nació.

Lo obligaría a decirle de dónde había salido el dinero falso.

Cuando estuviera satisfecha de haberlo destrozado por completo, llamaría a la policía y lo retendría allí hasta que llegaran.

Estaba anocheciendo cuando se detuvo frente a la entrada principal del edificio de oficinas donde se encontraba la Rising Star Modeling Agency.

Aparcó y salió sin molestarse en cerrar con llave.

Cuando entró en el vestíbulo, el guardia de seguridad se levantó y dijo:

—No puede aparcar ahí, señorita...

Ella ya se dirigía hacia el ascensor.

—¡Oiga, espere! No puede simplemente...

Entró en el ascensor y pulsó el 3.

—¡Deténgase! —dijo el guardia, pero antes de que pudiera llegar, las puertas se cerraron.

Cuando el ascensor llegó al tercer piso, salió con el corazón latiéndole en los oídos, aunque el sonido parecía lejano, muy lejano. Llegó a la puerta principal de la agencia y giró el pomo.

Estaba cerrada con llave. Fue entonces cuando reparó en que las luces de la oficina estaban apagadas.

Elaine frunció el ceño. Ni siquiera eran las seis todavía. ¿Dónde demonios estaban todos?

Las puertas de la escalera se abrieron de golpe y el guardia de seguridad se acercó al trote.

—¿Qué se cree que está haci...?

Se detuvo, miró la puerta y luego de nuevo a Elaine.

—Se han ido.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Elaine.

—Se han ido. Recogieron el chiringuito y se largaron.

Elaine miró por la ventana hacia las oficinas a oscuras. Los escritorios seguían allí, los archivadores, las sillas... pero había basura esparcida por el suelo.

—No dejaron ninguna dirección de contacto, nada —dijo el guardia—. Se largaron sin pagar los últimos seis meses de alquiler.

La miró con compasión.

—¿A usted también le debían dinero?

Elaine estaba atónita. ¡Se habían ido, todos se habían ido! Ronald Eskew debía de haberse enterado de que habían arrestado a su padre.

Se dio la vuelta y recorrió el pasillo aturdida.