-25- #2
—Es un placer y un privilegio contar con vosotros —se dirigió ella a todos—.
Tenemos a un rey ahí fuera que se niega a replegarse a sus dominios del Infierno y que pretende usurpar también el Tártaro y hacerse con el trono del Reino Invisible, vuestro reino.
En este momento, un ejército de demonios nos sitia por tierra y, en el aire, aves infernales esperan que salgamos para devorarnos.
No negaré que estamos en desventaja numérica, pero esta es nuestra tierra y somos la raza más poderosa del mundo vivo y también del mundo muerto.
Tenemos garras, tenemos colmillos y tenemos honor.
¡Sombras de los Muertos, salgamos, pues, y obliguemos a esos usurpadores a volver al fuego y al tormento!
Los gritos y aullidos estallaron en una marea que se volvió incontenible.
Abrieron las puertas y salieron como una bandada de bestias sedientas de sangre.
Yo no fui con ellos. Nuestro plan era más complejo que aquella ofensiva directa.
Mi plan era sacar a Bell y llevarla de vuelta al Infierno.
Me valía cualquier nivel, pero sabía que el más próximo era el de los carroñeros.
Aquel nivel que nos habíamos saltado y al que en ese momento anhelaba poder llegar.
Antes de que mi madre cruzara las puertas, le supliqué:
—Ten cuidado.
Encontré a Sophie junto a ella, cuidándola tal como me había prometido que haría. Marvin me ladró un segundo antes de reconocerme y callar. Me dio miedo de verdad que me saltara y me mordisqueara los tobillos con aquellos afilados minidientes.
—Sigue inconsciente pero su respiración y su corazón son estables.
—Gracias por cuidarla, Sophie.
—De nada. —Luego se acercó y me dio una palmada en el hombro—. Eres un buen chico, Lucien.
Supongo que me emocioné porque tragué saliva y el calor me subió desde el fondo del estómago. Estaba aterrado y me sentía culpable de haber puesto a Bell en aquella situación aunque hubiese sido inconscientemente.
—Lucien.
Marie Mayer entró en aquel momento.
»Suerte —me deseó mientras yo tomaba a Bell en brazos.
—Gracias, Marie.
—Me sigues debiendo un lápiz. —Me guiñó un ojo, aunque la diversión no alcanzó a su rostro—.
Sabes, —parecía dudar si hablar o no—, tú me gustabas al principio, pero…
Elías llegó a gustarme mucho más. Habíamos estado mensajeándonos antes de…
Le gustaba el color de mi pelo. Me dijo que tú eras lo mejor que le había pasado.
Me dijo que… —No pudo terminar la frase y rompió a llorar.
Él también había sido lo mejor que me había pasado.
Entre las lágrimas, Marie siguió hablando: —Si hubiera tenido permiso para entrar en su casa podría haberlo ayudado. Podría haberlo salvado.
Entendía bien su pesar; aquella culpa que te comía por dentro.
—Noche te habría matado.
—Pero habría estado allí con él. Habría… —No pudo más y sin volverse a mirarme, salió de allí y se marchó hacia la batalla que rugía fuera. Como yo, buscaba la redención.
En la antesala me quedé inmóvil. La puerta abierta me mostró lo que ocurría fuera.
La reyerta era encarnizada. Los vampiros luchaban a garra desnuda, y a espada los que la tenían, pero los demonios parecían una masa compacta que se extendía por todas partes.
Y luego estaban esos pájaros malditos, que se lanzaban en picado y atacaban indiscriminadamente todo lo que se movía.
Por fortuna herían más a los demonios que a los vampiros, y las fuerzas parecían más igualadas aunque para nada lo estuvieran.
Me elevé, dando un salto en picado hacia el techo de la bóveda.
Sostenía a Bell entre mis brazos. Sentía el latido de su corazón y su débil aliento sobre mi piel. Eso me animaba.
Volé entre los pájaros, esquivándolos porque nada más podía hacer. No tenía a Bell dando estocadas y no podía arriesgarme a que se me cayera. Por suerte eran pocos los que reparaban en mí, estaban demasiado enardecidos por la sangre que se derramaba abajo y cuyo olor inundaba el aire.
Sobrevolando el río llegamos hasta la puerta.
Noche seguía en su trono, sentado tan pancho.
Erik estaba en su forma lobuna, interponiéndose entre nosotros y la puerta al Infierno de los carroñeros, dispuesto a morir por su amo, a pesar de que su amo estaba dispuesto a desecharlo a la primera de cambio. Estaba esperándome. Esperándonos.
Sentí el rencor quemarme como ácido en la garganta.
—Apártate, Erik, y déjanos pasar.
Erik gruñó y enseñó sus colmillos entre saliva espumosa. Eran unos colmillos enormes. No se movió un ápice.
Me dirigí entonces a Noche.
—Dile a tu perro que se aparte.
—No —dijo sonriendo cínico.
—Tu hija se muere. Tengo que llevarla al Infierno.
—No —repitió sabiendo que tenía la sartén por el mango.
—Por favor —supliqué porque nada me importaba más que ella.
Pero tampoco quería matar a Erik si existía cualquier otra posibilidad —todavía quería conservar mis principios—.
Y no podía soltar a Bell y atacar a Noche porque entonces nada se interpondría entre ella y aquel traidor.
Era capaz de matarla por el placer de hacerme daño o por el privilegio de agradar a su amo.
—No —repitió Noche por tercera vez.
Cerré los ojos. Bell resistía. Con una de sus respiraciones, con uno de sus latidos me mantenían cuerdo.
—¿Qué quieres a cambio?
Noche se incorporó. Su falsa máscara de calma cayó.
—Dame lo que quiero y podrás dejarla al otro lado. —Miraba mis alas abiertas con codicia—. Deseo tanto poder volver a volar.
—De acuerdo.
Noche se acercó prácticamente saltando de júbilo.
—Déjala en el suelo.
—¡No! —grité. No la soltaría. Quería asegurarme de llevarla al Infierno en cuanto acabara con aquella atrocidad. Sin perder un solo segundo. Y no estaba dispuesto a jugármela con aquellos dos y sus trampas.
—Está bien. Como quieras. —Inclinó su cuello y me lo ofreció—. Bebe. Pero si te pasas… el lobo tiene instrucciones de que tu ángel no salga viva del Tártaro.
Ya imaginaba algo así. No bebería más de lo necesario ni siquiera para matarlo.
Retraje los labios, saqué los colmillos y los clavé en su fétida carne.
El sabor de su sangre me provocó arcadas casi al instante.
Tragué con dificultad. Sabía que no solo le estaba dando alas a Noche, le estaba dando el poder de liderar el Inframundo al completo, el poder de entrar en el palacio de mi padre, el poder de controlar a las Sombras de los Muertos.
Mi madre no me lo perdonaría. Su ejército estaba luchando para salvaguardar el Reino Invisible de Noche, y yo se lo estaba entregando.
Pero lo habría hecho mil veces para salvarla.
Noche gemía de placer.
Estaba excitado.
Pedía más.
Vi a Erik moverse imperceptiblemente por el rabillo del ojo. Ya era suficiente.
Me detuve.
Noche soltó un suspiro largo.
—Ha sido mejor que el sexo, ¡joder! Quiero más.
—No.
Gruñó. Pero entonces recordó que el rito se había completado y haciendo un esfuerzo que creí lo partiría en dos, extrajo unas alas que se parecían demencialmente a las mías. Y pensé en que había cometido un acto abominable.
Escupí los restos de su apestosa sangre de la boca.
Noche se elevó. Hizo piruetas en el aire mientras reía exultante.
—Déjame pasar —le ordené a Erik. Pero él se limitó a gruñir—. Noche, cumple tu parte.
Noche bajó. En su rostro se reflejaba la determinación… el odio.
—No, Lucien, eso no pasará. Morirás aquí y ella se extinguirá contigo.
Sabía que mi muerte entraba en el precio, pero no la muerte de Bell.
Tomé aliento.
—De acuerdo. Lo haremos a tu manera.
Dejé a Bell en el suelo con delicadeza. Ella emitió un sonido de queja. A mí me sonó a música pues era una prueba más de que seguía viva. Que aún había tiempo.
Saqué las garras y los colmillos. Mi piel se volvió negra con los millones de venas que la recorrieron.
El monstruo que era rugió.
Elegía matar.
Elegía morir.
Mis sentidos puestos en Noche, pero sobre todo puestos en Erik. Si realizaba el más mínimo movimiento, la más mínima intención de acercarse a Bell, cambiaría de objetivo.
Noche hizo lo mismo, se preparó. En su imagen vi reflejada la mía. Un monstruo tan parecido a mí que me provocó un escalofrío. Sería una lucha reñida.
Saltamos sobre el otro. Aquel baile que habíamos iniciado en casa de Luc Gautie acabaría allí.
Le clavé las garras en el pecho, él a mí en la espalda.
Gruñíamos de dolor. Volamos y nos esquivamos en el aire.
Pronto descubrí que nuestras fuerzas ya no estaban igualadas, que él mantenía sus poderes demoniacos, poderes de los que yo carecía como el de convertirse en sombra para escapar de mis golpes.
Para aparecerse y desgarrarme la carne, para cortar las membranas de mis alas y hacerlas añicos. El dolor era insoportable.
Caí al suelo.
Él cayó sobre mí.
Me agarró la cabeza y tiró.
Y esta vez sentí que la muerte dolía.
Dolía terriblemente.
Y de repente, la muerte se detuvo, y no fue mi cabeza la que rodó, sino la suya. A su lado, Bell sostenía la espada manchada con su sangre. La espada se deslizó de sus manos y ella se desmayó.
Entonces oí el aullido de Erik, un aullido espantoso mientras se abalanzaba sobre Bell con las fauces abiertas.
Estaba tan atónito que no vi el paso hasta que estuvo ejecutado.
Bell voló por los aires. Su cuerpo se estrelló contra el marco de aquella puerta negra, y se quedó tendida, desmadejada, en una postura contraria a la vida.
Mi grito desolador debió oírse en el Inframundo entero.