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La corona de hielo
Necesitábamos ser más. Necesitábamos reunir en el Tártaro a tantas Sombras de los Muertos como pudiéramos encontrar. Los vampiros de la superficie, del mundo de los vivos, tenían que ser convocados a la batalla.
Llevé a Bell al interior del palacio, a las habitaciones que quedaban lejos del bárbaro sonido de la amenaza de Noche.
El palacio, aun abandonado, conservaba un arcaico esplendor, como si alguna suerte de hechizo hiciera las veces de servicio de limpieza de un hotel. La cama donde tendí a Bell olía a fresco y a limpio. Casi esperé encontrar toallas dobladas en forma de cisne por alguna parte.
—Bell.
Su tacto era cada vez más frío. Acaricié su pelo separándoselo de las sienes.
—Bell —volví a llamarla suavemente—. No quiero convertirte para no perderte. No me apetece tener que beberme tu sangre con sabor a lejía.
No hubo reacción. Y la falta de ella me aterrorizó.
Otra vez era cuestión de tiempo. Ese tiempo que se empeñaba en sublevarse contra mí, en comportarse como mi más férreo enemigo, y el más implacable.
En ese momento entró Sophie, seguida de Marvin, que movía la cola feliz.
—¿Cómo está?
—Igual.
Ese igual que me destrozaba los nervios.
—Ha llegado la hora. Debes ir en busca de refuerzos. La reina te aguarda. —Al ver que titubeaba me prometió—: Yo cuidaré de ella.
Pero sabía bien que era una promesa vana, si se le acababa el tiempo, moriría. La cuidasen o no. Sin embargo, asentí. Antes de irme puse mis labios sobre los de Bell y le susurré las dos palabras que me quemaban.
Encontré a mi madre en la antesala del palacio.
Llevaba una corona en la cabeza. La corona de Hades, la corona de hielo.
Era una visión espectacular. Brillaba como si en lugar de hielo estuviera forjada en diamantes.
Tenía un diseño de ocho puntas afiladas como estalagmitas de corte perfecto.
Se la veía poderosa con ella, pero también angustiada.
Los aullidos de fuera eran para desquiciar a cualquiera.
—Te favorece.
—Es un golpe de efecto. —Me guiñó el ojo—. Si queremos que los vampiros de la superficie no tengan opción de declinar la orden de bajar aquí y presentar batalla. Te habría pedido a ti que asumieras esa carga, pero creo que no es lo que quieres.
—No —asentí con alivio—. No es lo que quiero.
Ella me sonrió y un brillo de diversión afloró a sus ojos que rivalizó con el fulgor de la corona.
—Podríamos abandonar el Tártaro a su suerte.
Sabía que era sarcasmo y no una opción a considerar, pero aun así me sonó tan terriblemente mal que no pude eludir reaccionar.
—¡No! Eso implicaría abandonar a Bell y darle a ese cabrón lo que quiere. ¡No haremos tal cosa! —El entramado de venas negras me quemó en la piel de la cara.
Se acercó a mí y me tocó la mejilla, replegando las venas y devolviéndolas a su cueva. Su rostro se encendió con una amplia sonrisa y afirmó con orgullo:
—Este viaje te ha cambiado, pero aún sigo sin querer verle en ti.
Se refería a mi padre, y tenía razón, el viaje me había cambiado mucho. Todo en mí estaba patas arriba, sobre todo el corazón, que incluso en la muerte no me pertenecía, que aun sin la virtud para hacerlo, se había entregado.
—Noche no podrá arrebatármela. No se lo permitiré.
Y me abrazó como solo saben abrazar las madres.
—No se lo permitiremos. Pero… todavía hay un detalle que debemos solventar.
—Se separó y me miró con una chispa bailando traviesa en sus iris—.
Las huestes necesitan fuerza. Están muy debilitadas por el encierro y la larga malnutrición.
Recuperarían el vigor de antaño si tú… —hizo una pausa dramática, innecesaria a mi parecer pues ya sabía lo que diría— … les dieras tu sangre.
Aun a sabiendas que soltaría aquello, mi cara de espanto debió ser muy cómica porque añadió después de soltar una larga carcajada:
—Hablo de extraerte un poco de sangre, no de dejar que te ordeñen como una vaca.
Bastará un sorbo para que se recuperen. Tu sangre es portentosa, aunque sea gracias a que la esencia de Hades corre por tus venas.
Lo sabía bien. Había lidiado con aquel monstruo como si fuera una doble personalidad durante las últimas semanas.
Solo había sentido que era uno, que era realmente yo cuando la acepté.
Pero no dije nada de aquello, no quería afligirla y me limité a asentir.
Mi madre no necesitó más y al instante desapareció ante mis ojos para aparecer pasados un par de minutos con su instrumental.
—¿Cómo haces eso? —le pregunté maravillado. Era fascinante poder cruzar así de aquel mundo al otro con esa facilidad cuando Bell y yo habíamos pasado un auténtico calvario para llegar allí.
—Es sencillo, solo has de desearlo. Prueba.
Y lo probé.
Y me encontré empujado por una fuerza que me transportó hasta un pequeño cementerio en las montañas.
En una lápida tendida sobre la tierra, adornada con siemprevivas, el nombre de Elías.
Había mensajes de cariño escritos en papel de colores, o de sobrias líneas, que la lluvia, la humedad y el tiempo casi habían borrado.
Pegada a la piedra con cinta amarillenta que se resistía a perder su poder adhesivo, había un dibujo infantil con la firma de Lynette.
Deseé escapar de allí y volver abajo.
Deseé arañar la tierra.
No había querido visitar aquel lugar cuando Elías falleció.
Fue una pésima idea no estar con él en la despedida, él habría estado allí por mí.
Y fue una peor idea elegir ese punto del mundo para probar que podía ir y venir desde el Tártaro, porque sabía que ya no podría parar de visitarlo y me rompería el corazón mil veces.
—Es un gran poder —le dije a mi madre cuando conseguí apartar mi cuerpo de aquella tumba y regresé al palacio—. ¿Nunca tuviste la tentación de volver cuando «él» aún vivía?
—Sí —rio con un deje de amargura—. Muchas veces.
Cuando el hambre nos seguía a la cama y nos dormíamos con dolor de estómago.
Cuando te veía trabajar sin descanso siendo todavía un niño.
Cuando alguien te trataba mal o te golpeaba.
En esos momentos me decía: «podría ser un rey y lo relegas a la miseria».
Pero luego miraba tu carita inocente, y sabía que estaba haciendo lo correcto.
—Me cogió de los brazos—. Lucien, tú eres noble y bueno.
No mereces este cuento. No mereces ser el villano de la historia.
No es justo que de los reyes que podías haber sido, te tocara ser el más odiado.
¿Qué importaba que me odiaran? A mí me importaba no odiarme yo.
En silencio me cogió el brazo y, con gran pericia, me clavó aquella mariposa.
—Ay, duele —me quejé para hacerla feliz.
—Lucien Lacroix, no seas crío. Solo es un pinchacito.
Ahí estaba mi madre.
Sonreí.
El ejército de la reina Perséfone fue pasándose aquella bolsa con mi sangre como si fuera un odre del que bebían un sorbo generoso y se operaba un instantáneo cambio en ellos.
Como si fueran globos desinflados a los que les hubieran puesto aire.
A los que tenían miembros cercenados no les creció uno nuevo, mi sangre era portentosa, como bien había dicho mi madre, pero no era sangre de lagarto.
Aun así, aullaron y por un segundo los demonios y hasta las aves que acechaban fuera, callaron.
Era buena señal.
Ella les habló con esa fuerza y esa autoridad que a mí me faltaban.
—Resistid. Los Tenebrae no pueden atravesar estos muros, ni tampoco esas aves del averno. Solo una Sombra de los Muertos tiene ese permiso. Y Bell —añadió guiñándome un ojo.
—Y el chihuahua de Sophie —le recordé con mofa.
—Sí, cualquiera se atrevería a decirle a ese perro que no. No he visto nada más fiero que mida menos de un palmo.
Y sin perder más tiempo, partimos. En el mundo de los vivos hacía rato que había caído la noche.
El otoño se dejaba notar en la fría brisa que soplaba contra los árboles y levantaba las hojas secas del suelo.
Habíamos aparecido en la ciudad de París que tanto significaba para nosotros, en el cementerio de Montmartre.
El camposanto era espectacular. Un auténtico reino de los muertos. Era sobrecogedor que un lugar así estuviera tan vivo. No era de extrañar que tantos artistas eligieran descansar eternamente en él.
Buscar vampiros no daba la impresión de ser tarea fácil, y no había tiempo para recorrer el mundo por muy rápidos que fuéramos, o por mucha capacidad para volar que tuviera yo. Pero mi madre guardaba sus ases.
—Venid a mí, Sombras de los Muertos. Vuestra reina os convoca.
La miré alucinado.
—Ya está. —Me dieron ganas de reír. Parecía un juego de niños.
—Claro, ¿qué esperabas? Bell no tiene tiempo.
Yo lo sabía. Lo sabía bien.
Atraídos como un viento, el cementerio comenzó a llenarse de tinieblas. Largas, cortas, anchas, estrechas, las sombras aumentaban. Y en unos minutos, no había rincón de aquel famoso cementerio que no estuviera sumido en la oscuridad que proyectaba la sombra de un vampiro.
—¡Abajo! —les ordenó. Su voz retumbó haciendo que cada uno de ellos fuera alcanzado por una onda expansiva que desdibujó sus siluetas en la oscuridad.
Eran muchos, tantos que dudaba que no fuéramos visibles desde el espacio.
Y abajo fuimos transportados. Y cuando estuvimos en el palacio de nuevo, ya éramos casi un ejército. Había un variopinto batiburrillo de vampiros, todos fuertes y hermosos.
—Nos explican qué pasa aquí.
Uno de ellos se adelantó para que mi madre lo viese bien. Era un ejemplar grande de verdad. Su pelo era largo y rubio; sus rasgos, claramente nórdicos. Llevaba ropa de motero.
—Eres un vikingo —afirmó mi madre acercándose a él.
—Mis antepasados lo fueron. Soy Hallmar —se presentó orgulloso.
—Yo soy la reina Perséfone del Reino Invisible, antigua princesa del reino vikingo de Niflhel.
Hallmar se quedó un instante boquiabierto. Luego se inclinó con respeto y admiración, con una sonrisa que mostraba solemnidad, pero también una nota de picardía. Con él, se inclinó el resto de vampiros de aquella sala.
—A tus órdenes —recitó Hallmar.